La catástrofe provocada por los recientes terremotos en Venezuela ha desatado una inusitada respuesta ciudadana en redes sociales, que los periodistas independientes han transformado en una “esfera pública de emergencia” gracias al rigor, la verificación y el contexto
Los terremotos que sacudieron a Venezuela tuvieron mil réplicas, pero se han vivido millones de veces en los videos grabados con teléfonos que circulan por redes sociales desde el 24 de junio. A través de ellos hemos conocido a los sobrevivientes, las víctimas, los rescatistas; nos hemos alegrado con los rescates prodigiosos, sufrido con la pérdida de vidas e indignado con la falta de auxilio del gobierno y los abusos de autoridades y efectivos de seguridad. También hemos conocido a los venezolanos que se aferran a la esperanza de hallar a sus seres queridos muchos días después y a decenas de héroes anónimos que se han entregado en cuerpo y alma a la emergencia. Estos videos nos han mantenido insomnes, con los ojos pegados a la pantalla mucho más allá de lo aconsejable. Nos han inspirado y conmovido hasta las lágrimas mostrándonos la catástrofe de un modo inédito.
Pero hay que decirlo con claridad: esos videos no son periodismo. Son materia prima, un testimonio crudo y, por eso, invaluable. El periodismo empieza cuando el instinto se disciplina y la información se somete al método: cuando alguien, con o sin carnet de prensa, decide contextualizar, contrastar, explicar y verificar. Eso es lo que ha distinguido esta emergencia: no solo la cantidad de material audiovisual que ha circulado, sino el instinto cívico de quienes entendieron la magnitud de lo ocurrido antes de que el propio Estado la reconociera y decidieron informar.
De esa reacción surgió una auténtica esfera pública de emergencia: una red de periodistas, rescatistas, creadores de contenido y ciudadanos comunes que, a partir de una avalancha de imágenes, testimonios y reportes dispersos, terminó convirtiéndose en uno de los principales mecanismos para entender la tragedia en tiempo real. El periodismo ha sido solo uno de sus elementos, pero uno esencial.
Del instinto al método
Uno de los primeros en demostrarlo fue Román Camacho, reportero de sucesos de Circuito Unión Radio, quien empezó a transmitir desde los edificios desplomados de Caracas y La Guaira el mismo 24 de junio, cuando aún era casi imposible informar por la caída de la telefonía celular. Con un estilo sobrio y respetuoso, Camacho se ha acercado a sobrevivientes y rescatistas voluntarios —muchos de ellos ambas cosas—, rodeados de escombros o en camas hospitalarias, para ofrecernos su experiencia en sus propias palabras: son las voces del temblor, y merecen el mejor trato. Su cobertura ha abarcado incluso el drama animal. En un post reciente, recorrió uno de los refugios de La Guaira que ha recibido a más de 400 mascotas –entre perros y gatos– sobrevivientes que esperan reunirse con sus dueños o ser adoptadas.
Detrás de Camacho hay periodistas de larga trayectoria —Aymara Lorenzo, Shirley Vernagy, Patricia Marcano, Valentina Lares, entre muchos otros— que le han tomado el pulso a la tragedia revelando dramas humanos y, en algunos casos, las corruptelas detrás de la construcción de los complejos de vivienda que se desplomaron. Medios como El Pitazo, Tal Cual, Efecto Cocuyo, Armando.info y RunRunes no solo han hecho coberturas: son un ejemplo de resistencia frente a la censura que el chavismo impone desde hace años, y varios de ellos figuran hoy entre los más de 200 dominios bloqueados en el país, 94 de los cuales son plataformas de noticias, según el registro más reciente de Espacio Público. Junto a ellos han estado los creadores de contenido. Karen Brewer-Carías (Karenexplora), por ejemplo, ha llevado adelante una labor didáctica notable, con guías visuales para socorrer mejor a las víctimas o evitar el riesgo biológico que implica la remoción de cadáveres.
Ninguno esperó una acreditación para hacer lo que había que hacer. Junto a ellos, se fue formando una red informativa más amplia en la que también participaron los medios internacionales al ofrecer otra mirada sobre la magnitud de la tragedia.
La cobertura internacional ha estado encabezada desde ángulos muy distintos por El País y The New York Times, aunque tampoco se ha desplegado sin fricción: la prensa extranjera debió acreditarse, recibir un brazalete, consignar su tipo de sangre y desplazarse solo en camiones oficiales con horarios fijos al día. Algunos debieron permanecer a la espera de una “visa” interna, sin duración precisa.
Quién decide qué se ve
El acceso a La Guaira, la zona cero del doblete sísmico, ha sido el mejor termómetro de esa vocación de control. Desde el 26 de junio, Diosdado Cabello, el hombre fuerte del régimen, exigió acreditación para acceder al área del desastre. Esa ha sido otra manera de recordarle a la prensa quién decide qué se puede ver y qué no. Conatel —el brazo institucional de la censura — y la Guardia Nacional —el brazo armado— no deciden nada por su cuenta: ejecutan una decisión que toman otros. El periodista Johan Álvarez, de VPITV, lo denunció sin rodeos: la orden de impedir el acercamiento de la prensa parecía obedecer una instrucción “de arriba”. Gabriel Tinoco, un locutor que transmitía en vivo desde un edificio derrumbado en Caracas, fue amenazado con ser detenido por un comisario del Sebin, que forcejeó con él para quitarle el teléfono, una escena que cualquiera puede encontrar hoy en internet. Los periodistas internacionales tampoco estuvieron exentos del acoso y el amedrentamiento.
Todos estos comunicadores, sean periodistas profesionales o no, han formado un ecosistema que ha permitido narrar el drama descomunal de un cataclismo a través de sus propios protagonistas.
Ante los bloqueos de los medios venezolanos por parte del régimen, las redes —algunas todavía inaccesibles— se han convertido en refugio de quienes informan y en canal confiable para un público sediento en el desierto informativo que promueve el gobierno, aun si vemos a grandes cabeceras moverse entre escombros o hacerle preguntas incómodas a la presidenta interina, Delcy Rodríguez.
Espacio Público ha calificado la emergencia como “una prueba de estrés para el derecho a la información en un entorno ya severamente restringido”. Esta ONG documentó periodistas amenazados con ser detenidos, equipos obstaculizados en hospitales y zonas de rescate, y un cerco administrativo que se ajusta y afloja según convenga. La libertad de prensa todavía está lejos.
Lo que falta
En una época en que la información es tan vital como el agua o la electricidad, bloquearla en medio de una emergencia no es solo absurdo. Puede costar vidas y llegar a ser un crimen. Pero el terremoto también dejó al descubierto algo que va más allá de la censura. La emergencia demostró que cuando el Estado falla, la sociedad puede encontrar formas de informarse, organizarse y narrarse a sí misma: documentar una catástrofe casi en tiempo real. ¿Durará esta esfera pública que surgió tan orgánicamente de la emergencia? Es difícil saberlo. Tras el terremoto de Ciudad de México en 1985, emergió una sociedad civil con demandas democráticas. El periodismo, entonces, fue esencial para conectar a líderes sociales y dar a conocer organizaciones, como lo muestran admirablemente los libros Las voces del temblor, de Elena Poniatowska, y A ustedes les consta. Crónicas de una sociedad que se organiza de Carlos Monsiváis. Y esos movimientos contribuyeron de manera significativa al fin a los 70 años de gobierno del Partido Revolucionario Institucional, PRI, que Mario Vargas Llosa llamó la “dictadura perfecta”.
Nada de esto hace menos urgente poner fin a la censura. Al contrario. Si esta tragedia prueba algo, es el valor de una sociedad capaz de producir información confiable bajo presión, incluso en medio de restricciones, bloqueos y amenazas. Los venezolanos necesitan hoy más que nunca una prensa libre y robusta. Desbloquear los más de 200 sitios bloqueados sería el mínimo exigible a un Estado en emergencia.
Fuente: EL PAIS

