La grieta abierta de la protesta del 11 de julio en Cuba: “Tuvo sentido salir a la calle. Me cambió toda la vida”

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Cinco años después de aquella manifestación inédita y masiva, muchos cubanos siguen encarcelados y otros obligados al exilio. La fecha persiste en la conciencia nacional

Cuatro años después, cuando Andy García Lorenzo fue excarcelado, el castrismo todavía estaba ahí, en el poder. El país era un país peor, con menos luz, menos agua y menos comida —o más cara— que antes. El barrio en Santa Clara tampoco era el de siempre, o al menos el que él había conocido hasta sus 23 años, cuando la policía política cubana lo encarceló: la casa permanecía intacta, “como detenida en el tiempo”, pero la abuela había muerto, los padres estaban avejentados, el vecino que dejó siendo un niño ahora era un adolescente, y el que dejó de adolescente ya se había marchado o averiguaba la manera de marcharse de Cuba. García Lorenzo también había cambiado; la prisión no lo domesticó, más bien lo curtió, lo hizo “más libre”. Aquel 11 de julio de 2021 aún le resuena en la cabeza.

“Tuvo sentido salir a la calle. Me cambió toda la vida, me hizo encontrar un propósito”, dice García Lorenzo vía telefónica.

La manifestación no vino a él, fue él quien salió a buscarla. Quería gritar, mezclar su enojo individual con la rabia del pueblo. Se fue al parque, no había nadie, agarró el bulevar, tampoco. Un hombre en bicicleta le avisó que la concentración estaba frente al Tribunal provincial de Villa Clara. Allá se fue. Las noticias hablaban de gente en las calles en casi toda Cuba, algo inédito y real, casi increíble en un país adaptado a no exigir, a no tomar la vía pública.

La vida, una vez más, había llegado a un pico de crisis: el frágil sistema de salud terminó de colapsar por la covid; el cierre de los aeropuertos en pandemia restringió la llegada de turistas; la economía nacional se estrechó mucho más, todo esto mientras aumentaba la represión política que la gente ahora podía ver en vivo en una isla un poco más conectada a internet. Nadie tenía mucho que perder, porque cualquier garantía que antes les hubiera prometido la Revolución, ya la propia Revolución se la había arrebatado.

El 10 de julio de ese año, un usuario bajo el seudónimo de Danilo Roque lanzó una pregunta en un grupo de Facebook a sus vecinos de San Antonio de los Baños, un municipio al suroeste de La Habana: “¿Cansado de no tener corriente? ¿Obstinado porque no te dejan dormir hace 3 días? ¿Harto de aguantar los descaros de un gobierno al que no le importas? Es hora de salir y exigir”, escribió Roque. “Exigimos que, ya que no tenemos comida, al menos nos dejen dormir. A la calle. Váyanse ya del gobierno, comunistas oportunistas. Este domingo 11 de la mañana, Parque de la Iglesia. Nos vemos”.

Protestas en Cuba
Las protestas del 11 de julio de 2021 en La Habana.Ernesto Mastrascusa (EFE)

Nadie, ni siquiera los organizadores, pensó que la propuesta cobraría eco. Ya se habían citado antes sin respuesta de los vecinos, pero ese 11 de julio un grupo de gente cansada y molesta se concentró en el Parque de la Iglesia y caminó hasta la calle Real, como una marea emancipada. Los gritos por la falta de luz, agua o comida se habían convertido en un reclamo mayor y definitivo, en la exigencia de libertad, en el lema de “Patria y Vida”.

La manifestación se replicó rápidamente en unos 62 puntos de casi todo el país. Los cubanos exiliados se concentraron en parques, plazas, embajadas y consulados de todo el mundo. La bandera de Cuba ondeó. La gente hizo lo que por décadas el Gobierno castrista les enseñó que no podían practicar: la desobediencia. Una anciana de 90 años agarró un caldero en las manos y dijo que ya estaba aburrida de pasar tanto trabajo. Hubo quien lloró de felicidad. El presidente, Miguel Díaz-Canel, llegó custodiado a San Antonio de los Baños a diezmar la manifestación y fue recibido a golpe de botellas plásticas de agua.

Con García Lorenzo cargó la policía. Lo hicieron preso político, como a más de 1.500 personas: madres, padres, menores de edad, enfermos, embarazadas… Algunos fueron condenados a hasta 20 años de prisión sin derecho a reclamos. García Lorenzo fue sentenciado a cuatro años de prisión por los supuestos delitos de desacato, desorden público y atentado. Aún cierra los ojos y puede sentir los golpes en las rejas y los gritos de los guardias en la cárcel de Guajamal, recordar el dolor del hambre cuando decidió que entraba en inanición a modo de protesta o revivir la soledad de la celda de castigo y el maltrato.

Entró en prisión con 23 años, salió con 27 y ahora tiene 28. Le queda mucho. De hecho, sabe que tiene suficiente vida como para ver a Cuba libre. “Estamos viviendo en una película de postguerra, como si hubiesen caído bombas, como si a Cuba le hubiera pasado una guerra por encima”, dice. “Pero nada es eterno, Cuba cambiará, es inevitable, y existirá un día con un poco más de luz”. Ahora mismo, cuando lo cuenta, lleva varias horas sin electricidad.

El dolor de una madre

“Después de cinco años me sigo haciendo la misma pregunta: ¿cómo una madre no puede arrancar a su hijo de ese mal? ¿Cómo una madre no puede salvar a su hijo de una injusticia tan grande?”. Quien habla es Yenisey Taboada, y podría enumerar todo lo que el Gobierno le ha arrebatado desde que arrestaron a su hijo, Duannis León Taboada, de 26 años, cuando se unió a la manifestación de aquel 11 de julio en el municipio habanero de Diez de Octubre. Hace el recuento con aplomo: “Nos han quitado todo, las fechas importantes, han fallecido personas cercanas y no han podido ver más a mi hijo, o mi hijo no ha podido estar en sus funerales, como el día en que murieron sus tíos abuelos, que lo vieron crecer”, dice. “Hemos perdido los días de las madres juntos, que mi mamá sufriera un preinfarto por aguantar tantas cosas. No hemos podido ver a Duanni hacer su propia familia. Hemos perdido demasiado”.

Yenisey Taboada, madre del preso político Duannis León Taboada, en La Habana.MARCEL VILLA

Del penal hacia dentro, los presos habitan un país tan demacrado como el país que se vive de la cárcel hacia afuera. Apenas hay luz eléctrica y les permitieron recibir lámparas recargables de parte de sus familiares. El agua la ponen una vez al día, y cuando no llega, les reparten dos cubetas por reo.

Afuera, Taboada no la pasa mejor. Hace unos días, el 4 de julio, fue la última visita a su hijo en la prisión del Combinado del Este, en la periferia de La Habana. “Llevo varias visitas en las que se me hace difícil conseguir un transporte”, se queja. A Cuba apenas ha entrado combustible desde que a inicios de año la Administración de Donald Trump decretara un cerco petrolero para privar al Gobierno de La Habana de cualquier provisión externa. No es lo único con lo que lidia la madre: estuvo los cuatro últimos días sin electricidad, como ya es común en casi todo el país.

Si se pone a pensar, no es que antes Cuba fuera un lugar mejor, pero ahora, dice Taboada, “Cuba no es Cuba”. “Después del 11 de julio vivo constantemente con la sensación de que mi vida hizo una pausa y ahí nos quedamos. En los últimos cinco años, Cuba empezó a deteriorarse más; nos estamos quedando sin país. Tengo la sensación de que estamos a la deriva, que nadie nos gobierna, que estamos solos, tratando de amanecer vivos”.

Hace unos días, por la calzada, Taboada vio algo que jamás había presenciado: “Vi a personas quitar la alcantarilla y sacar agua, porque no tenemos ni agua. Es la sensación de que mi país está en medio de un apocalipsis. Ves a las personas como zombis mirando hacia el piso. Escuchas por las noches a los niños llorar de calor y eso te da una sensación de impotencia. Todos los días sientes calderas sonar; es el grito de auxilio que está dando el cubano”.

Después del 11 de julio, Cuba nunca más ha estado en silencio. Las personas gritan en los cacerolazos, en las denuncias constantes en redes sociales y en las protestas que estallan como pólvora en todo el país. La respuesta de las autoridades también se ha acrecentado, porque la represión no acabó en aquella protesta masiva. El Observatorio Cubano de Derechos Humanos habla de al menos 1.949 acciones represivas en el primer semestre de 2026 y de unas 257 detenciones arbitrarias. La organización Prisoners Defenders registra más de 175 personas convertidas en nuevos presos políticos durante el primer semestre de este año, lo cual eleva el total a más de mil.

Una foto de Duannis con 16 años. 28 de julio de 2025, en Arroyo Naranjo, La Habana (Cuba).
Una foto de Duannis con 16 años, en Arroyo Naranjo, La Habana.El País

“Desde 2021 hasta 2026 la crisis social y económica se ha recrudecido y, en esa medida, la represión también ha aumentado exponencialmente”, explica el abogado cubano Raudiel Peña Barrios, miembro del grupo de asesoría legal Cubalex. “Incluso después del 11 de julio se puede rastrear que hay un aumento de las protestas sociales, no tan extendidas como las de ese momento, pero sí hay otras grandes. Eso hace que la represión aumente y el número de presos políticos también haya crecido desde entonces”.

En cada una de las visitas al penal, Duanni le pregunta a su madre lo mismo: “Mamá, ¿hay algo nuevo? ¿Algo sobre nosotros? ¿Qué se dice del país? ¿Qué se dice de los manifestantes?”. Es un pedido para que la gente no olvide de que muchos siguen detenidos. De hecho, la mayoría de los presos políticos del 11 de julio permanecen en prisión. Los excarcelados, por su parte, no escapan a la persecución de las autoridades. “Los que han cumplido sentencia siguen sufriendo vigilancia, amenazas, visitas, citaciones, detenciones, persecución, impedimentos para trabajar”, asegura Javier Larrondo, director de Prisoners Defenders. “El régimen los ve como enemigos y los prefiere fuera de la isla”.

El camino del exilio

Ni ese otro territorio que es el exilio ha salvado a Sissi Abascal de la tristeza. “Hoy, a cinco años de distancia de aquel 11 de julio, ese recuerdo no es solo nostalgia. Es una mezcla de tristeza por los que aún sufren prisión, rabia por la realidad que sigue viviendo la isla, pero, sobre todo, un orgullo inmenso”.

Llegó en mayo a Miami, como condición del Gobierno cubano para sacarla de la prisión de mujeres La Bellotex, en Matanzas, donde terminó por los delitos de desacato, atentado y desórdenes públicos al sumarse a las protestas en Jovellanos. Había salido a las calles, ella, la miembro más joven del grupo Damas de Blanco. Tenía entonces 22 años.

Su salud ahora estaba debilitada, tras cuatro años y medio recluida. Aceptó la salida definitiva de su país, como el Gobierno cubano ha obligado a otros, poniéndolos a elegir entre la cárcel o el destierro. El año pasado fue José Daniel Ferrer García, el reconocido líder del oriente cubano detenido en las protestas de 2021 en Santiago de Cuba, quien se había negado siempre a cualquier negociación que implicara el abandono del país. Tuvo, finalmente, que ceder. “Ante las constantes manifestaciones de la policía política para que nos fuéramos de Cuba, terminé aceptando la salida del exilio”, dijo en una carta escrita a mano que logró visibilizar desde la prisión de Mar Verde.

Sissi Abascal.EL PAÍS

Ahora se espera la salida de Luis Manuel Otero Alcántara, artista y líder del Movimiento San Isidro, el joven que logró acaparar la atención del pueblo haciendo del arte una protesta y de la protesta un arte. El 9 de julio cumplió su condena de cinco años y hoy, cuando se supo extraoficialmente que lo habían sacado de la prisión de Guanajay, al sureste de La Habana, la gente desconoce cuál es su paradero. El artista ha dicho antes que acepta su salida al exilio.

Así ha hecho el Gobierno cubano para intentar cerrar la grieta profunda que abrió el 11 de julio en el país: ha encarcelado o ha expulsado a quien ya no puede mantener tras las rejas. Pero el 11 de julio, antes una fecha ordinaria, que aún la historia no había secuestrado, se volvió un sello en la conciencia nacional.

“Los sentimientos se agolpan al recordar ese día”, cuenta Abascal. “Me queda, en primer lugar, el recuerdo imborrable del asombro y la esperanza. Ver a nuestra gente perder el miedo de golpe, salir a las calles abrumadoramente, de manera pacífica, al grito de libertad. Fue algo que me hizo sentir que el futuro era posible por primera vez en muchos años”, asegura. “Pero también guardo la memoria del dolor y la impotencia. El momento en que la alegría se transformó en tensión por la represión, los cortes de comunicación, los arrestos arbitrarios y la dureza de las condenas. El 11 de julio simboliza la lucha por la justicia y el respeto a la dignidad humana. Que esta fecha sirva para mantener encendida la chispa de la valentía”.

Fuente: EL PAIS