Un cerebro dañado, disfuncional, psicorrígido y vertical que, no sabe ni aprende a resolver problemas, termina adoptando sistema de creencias distorsionadas y límites donde se personalizan las diferencias
Escrito Por: José Miguel Gómez
El cerebro alcanza su madurez después de los veinticinco años. En la adolescencia madura más rápido el área límbica donde se encuentran las emociones. Pero le corresponde a la corteza prefrontal madurar para servir de protección al ser humano en la toma de decisiones frente a la vida, a las circunstancias, incertidumbres y las adversidades.
Los comportamientos sociales y actitudes personales de alto riesgo, de conflictividad psicosocial, por su alta recurrencia, predicen o reflejan de la inmadurez de un cerebro de pobre flexibilidad cognitiva para resolver problemas.
Podemos presentar cientos de ejemplos cotidianos donde quedan registrados a través de los homicidios, violencia social, intrafamiliar y de pareja que pudieron resolverse con un cerebro sano, con regulación emocional, flexible y que pudiera aprender a discriminar, poner límite, medir proporcionalidad, ponderar riesgos y consecuencia para proteger la vida y la de otras personas.
Un país donde los ciudadanos pierden la vida por un roce o choque vial, por un parqueo, por una fila, por una confrontación o discusión política, relación afectiva, amorosa, de negocio o desacuerdo en una familia, manda la señal de cerebros que no ayudan a resolver problemas.
Un cerebro dañado, disfuncional, psicorrígido y vertical que, no sabe ni aprende a resolver problemas, termina adoptando sistema de creencias distorsionadas y límites donde se personalizan las diferencias, se tiene neblinas mentales, sesgo cognitivo, intolerancia y desregulación emocional. Es decir, es un cerebro que va perdiendo habilidades, destreza y enfoque para resolver problemas cotidianos, a veces triviales, debido a que el cerebro está muy estresado, hiperactivo, “quemado” “cargado”, “pesado” o condicionado por actitudes emocionales negativas: ira, rabia, enojo, remordimiento, resentimiento, culpa, odio, etc.
Pero también pueden aparecer sentimiento de sentirse insuficiente, de culpa, de ingratitudes invisibles y de sensibilidad desproporcionada a la conflictividad social.
El cerebro que resuelve problemas es un cerebro preventivo, regulado y educado emocionalmente que se toma tiempo, que hace silencio, pausa, que respira y se calma para ser reflexivo y analítico en administrar el enojo, los traumas, los conflictos, las adversidades, las frustraciones y las decepciones de la vida.
Un cerebro que resuelve problemas está enfocado a gerenciar la conflictividad, lo hace a través de la empatía cognitiva, emocional y social. Además, aprende de los límites y las actitudes emocionales positivas: autocompasión, misericordia, bondad, altruismo, reciprocidad, solidaridad, etc. El silencio, el distanciamiento positivo y las pausas inteligentes permiten la reflexión, las otras miradas, el territorio, las motivaciones y necesidades que sirvieron de detonantes emocionales.
Los homicidios, feminicidios, la violencia vial y otras tantas expresiones de agresiones y la conflictividad social son las que predicen la normalización de la violencia y del cerebro estresado y precondicionado a usar la violencia antes que otras soluciones practicas para resolver los conflictos a través del diálogo, los buenos tratos o valorando los riegos y las consecuencias.
El cerebro, para resolver problemas, tiene un aprendizaje condicionado y reforzado que le dice: “Los conflictos tienen soluciones”, las dificultades se le busca la vuelta”, “lo que no puedo controlar, lo dejo ir”, “nadie tiene el control y la certeza de que no va a vivir incertidumbre”, “es mejor evitar y prevenir que ser lastimado”.
Las personas con un cerebro inteligente y reflexivo aprenden a salir bien cuando a otros les va mal.
Fuente: Hoy

