Trump regala a Putin un nuevo balón de oxígeno con el acuerdo sobre el diésel

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El pacto, que apenas tendrá impacto en los precios, dinamita la posición común de Occidente y afloja la soga financiera al Kremlin

Un nuevo regalo, uno más, de Donald Trump a Vladímir Putin a las puertas de unas elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos en las que pintan bastos para los republicanos y en las que parece cada vez menos descabellada la idea de una derrota en ambas Cámaras. La intención declarada del pacto entre el magnate del ladrillo y el autócrata ruso para liberar cientos de miles de barriles de diésel es lograr una rebaja del precio del combustible antes de las legislativas del 3 de noviembre. La realidad es otra: el impacto del acuerdo para abaratar los carburantes en el país norteamericano será mínimo y, en cambio, pone punto final a la asfixia económica a la que estaba sometida Rusia como castigo por la invasión de Ucrania. Supone, en fin, un inesperado balón de oxígeno para un Kremlin en horas bajas en lo financiero, que dedica casi la mitad de su presupuesto a defensa y seguridad, y que ahora tendrá más margen para financiar una campaña militar que va camino de eternizarse.

Pese a los cuantiosos daños en sus refinerías, las petroleras rusas ya han enviado un primer cargamento de diésel a EE UU. No será el primero: se esperan más para las próximas semanas y meses, antes y después de las elecciones de mitad de mandato. Los volúmenes son, en todo caso, insuficientes para propiciar un auténtico cambio de rumbo en el mercado interior estadounidense, donde el gasóleo —fundamental para el campo, el transporte de mercancías y la industria— cabalga por encima de los seis dólares por galón, lo nunca visto.

“La primera partida, de unas 300.000 toneladas [de diésel ruso], equivale aproximadamente a solo medio día de consumo estadounidense de destilados, una cantidad insuficiente para alterar significativamente los precios”, escriben los analistas de la consultora Eurasia en un informe para clientes. Del otro lado, añaden, “el impacto sobre el mercado interno ruso, las cuentas públicas y la oferta mundial también es insignificante”.

El pacto, además, habilita a Moscú a colocar gasóleo en otros mercados mundiales sin temor alguno a represalias de Washington. En un giro de 180 grados respecto a la estrategia previa, las sanciones a los países que osaran comprar combustible ruso pasan a mejor vida. También la posición común de Occidente en torno a Rusia: por si quedaba alguna duda, el levantamiento de las cortapisas sobre el gasóleo la han dejado hecha añicos.

Henchido, el Kremlin se ha aprestado a agradecer el presente: uno de los hombres más cercanos a Putin, Kirill Dmitriev, aseguró el miércoles que el pacto abre la puerta a “más oportunidades de cooperación” entre ambas potencias y apeló a “seguir explicando, usando ejemplos concretos, que las sanciones dañan, sobre todo, al pueblo y a los granjeros estadounidenses”. A la vista está, Moscú no ha tenido que ofrecer ninguna contraprestación por este inesperado espaldarazo de Washington.

Precio de la gasolina y el diésel, a finales de septiembre en una estación de servicio cerca de Williams (California).Fred Greaves (REUTERS)

Con la cita con las urnas a la vuelta de la esquina, los republicanos necesitan alguna buena noticia económica a la que asirse para revertir los vaticinios de las encuestas. Pero no a cualquier precio. Al menos, no para seis senadores republicanos que firmaron el martes pasado una carta en la que afean a Trump su pacto con Putin. En la misiva, apoyada también por políticos demócratas, le recuerdan al presidente que el acercamiento con Rusia contraviene una ley de 2022 que prohíbe una compra de este tipo sin notificar previamente al Congreso.

“El acuerdo no logrará fines justos ni beneficiará a los estadounidenses: solo proporciona a Putin más combustible para financiar su maquinaria bélica y permite a Rusia continuar sus brutales ataques contra civiles ucranios”, se lee en la carta.

De los seis firmantes republicanos, solo una se presenta a la reelección el 3 de noviembre: es Susan Collins, en Maine, y está haciendo todo lo posible por desmarcarse de Trump en una contienda que se le ha complicado en estos meses. “Es un regalo para nuestro adversario y una traición para nuestros aliados. Debe ser revocado”, concluye la misiva sobre el pacto con el Kremlin.

Varios candidatos del partido de Trump en las cuatro esquinas del país llevan semanas atreviéndose con mayor o menor arrojo a criticarle por las decisiones que han disparado la inflación y que complican sus opciones de reelección. Ese creciente grupo de críticos coincide en culpar de esta (y de los precios de la gasolina y el diésel) a la decisión de su líder de meter a Estados Unidos en una guerra con Irán que se ha demostrado interminable.

“Necesitamos bajar los precios del diésel, pero no creo que necesitemos hacer un acuerdo con Rusia para hacerlo”, subrayó el miércoles Ashley Hinson, candidata republicana al Senado en representación de Iowa. “No podemos permitir que Putin gane esa guerra”.

Entretanto, Trump culpa a Ucrania por los altos precios. Concretamente, a sus ataques a refinerías. También ha redoblado su presión sobre su presidente, Volodímir Zelenski, llegando a sugerir que los ucranios deberían “buscar a un nuevo líder”. El domingo, Zelenski declaró en una entrevista con la cadena estadounidense ABC que está dispuesto a organizar elecciones si Moscú se compromete a detener las hostilidades durante un periodo de dos meses.

¿Y Putin? El mandatario ruso sigue enrocado en su decisión de no negociar con Ucrania y en su determinación de hacer pagar a ese país por sus ataques durante las elecciones parlamentarias rusas del mes pasado. Ahora, con algo más de margen financiero. Y con una legitimidad renovada, por la gracia de un Trump que, cuando ha tenido que elegir entre Kiev y Moscú, casi siempre se ha inclinado por la segunda opción. El pacto ha cambiado el marco general, acercándolo mucho más al punto donde desea el Kremlin.

Tras el acuerdo con la Casa Blanca —que el domingo anunció una “tregua energética” que no ha entrado en vigor y que nadie se cree—, se han registrado ataques de Moscú tan brutales como el que causó el 10 de octubre la muerte de 22 personas en Zaporiyia, entre ellas cuatro niños. Putin también parece dispuesto a endurecer su campaña militar, en especial sobre objetivos energéticos. Con sus infraestructuras eléctricas y gasistas dañadas, Ucrania se asoma con temor a su quinto invierno de guerra, quizá el más duro para su población civil desde el inicio de la invasión.

Pese a todo, Kiev tampoco se arredra. Este jueves, Zelenski ha dejado claro que, vista la nula disposición del Kremlin a aceptar el alto el fuego sui géneris anunciado por Trump, su ejército seguirá golpeando refinerías en Rusia. Un peligroso efecto bumerán se cierne sobre Trump: por mucho que quiera exportar, el margen exportador de Moscú —que se las ve y se las desea para abastecer su propio mercado— seguirá siendo escaso.

“El alivio de las sanciones y la liberación de reservas pueden reducir brevemente la prima de escasez, pero no resolverán la insuficiencia estructural de inventarios, capacidad de refino o flexibilidad logística mientras no haya un alto el fuego”, avisan los analistas del Bank of America. “No hay soluciones mágicas para el diésel”.

Fuente: EL PAIS