Cualquier país se parece al nuestro, pero la República Dominicana no se parece a ninguno. Así, la histórica propensión de creer posible reproducir fenómenos en el orden social, político y económico no tiene como destino un puerto seguro.
Escrito Por: Guido Gómez Mazara
Cualquier país se parece al nuestro, pero la República Dominicana no se parece a ninguno. Así, la histórica propensión de creer posible reproducir fenómenos en el orden social, político y económico no tiene como destino un puerto seguro. Por el contrario, el afán de calco conduce a proyecciones distantes de la realidad y dinámica dominicanas. Y los intentos en la jurisdicción partidaria exhiben precedentes abundantes, en múltiples ocasiones con escenarios y actores diferentes, retratando siempre destinos fatales.
La evolución de toda sociedad reordena sus parámetros esenciales. Por eso, el protagonismo digital ha ido vertebrando las modalidades de acceso y penetración, inimaginables para los liderazgos surgidos treinta años atrás. Y en ese orden, se generan niveles de turbación en capacidad de confundir al beneficiario de la atención tecnológica y, de inmediato, sentirse celebridad con habilidad para convertirse en amo del universo.
Confundir el alcance y capacidad de enganchar con amplios grupos urbanos, o presumir que los “likes” se asocian con lealtades ciegas están turbando el entendimiento de los nuevos fenómenos del siglo 21. La adhesión a un artista o la idolatría hacia un atleta de alto rendimiento reproducen una noción de admiración muy distinta a la pautada por preferencias políticas. Ahora bien, lo que habilita el interés aspiracional de los seducidos por el aplauso coyuntural resulta del ambiente de descreimiento actual en la política. Es ahí donde se cocinan los deseos de las corrientes estructuradas y/o decididas a dinamitar el sistema de partidos. Poseen razones y tienen terreno fértil.
La mirada y énfasis por allanar opciones diferentes anda relacionada con franjas que solamente apuestan al desencanto, sin validar sus intenciones alrededor de un pliego de propuestas bien estructuradas y en capacidad de marcar una real diferencia. La lógica del derribo puro y simple podría hacer la cura más cara que la enfermedad.
No obstante, sus reclamos e impugnaciones poseen una carga de respetabilidad en la medida en que no actúan como caja de resonancia de agendas partidarias.
Para vencer en esta batalla, los sectores impactados por el vendaval de cuestionamientos tienen la oportunidad de la rectificación inteligente, desistiendo de aquellas respuestas circunscritas a los ámbitos mediáticos que obstruyan la verdadera posibilidad de arribar a soluciones efectivas. Al final, es el país de todos, y contamos con la madurez cívica para deslindar los campos entre los ruidos estridentes y el trabajo silencioso de resolver las urgencias sociales dilatadas por tantos años.
Fuente: Hoy

