Lecciones de la adversidad

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Escrito por: Margarita Cedeño

Las sociedades, al igual que las personas, suelen descubrir sus verdaderas fortalezas y debilidades en los momentos de dificultad. La historia económica y política de la República Dominicana ofrece numerosos ejemplos de cómo las adversidades han puesto a prueba la capacidad del país para adaptarse, aprender y corregir el rumbo. Sin embargo, también muestra una constante preocupante, que muchas de las turbulencias que enfrentamos hoy son, en esencia, las mismas que hemos enfrentado durante décadas y sus efectos se repiten con una familiaridad inquietante.

A lo largo del tiempo, la economía dominicana ha sido impactada por shocks externos que escapan al control directo de las autoridades nacionales. Crisis financieras internacionales, fluctuaciones abruptas en los precios del petróleo, tensiones geopolíticas que alteran el comercio global, desastres naturales o cambios en las condiciones monetarias internacionales han sido parte del entorno en el que el país ha tenido que desenvolverse. En ese sentido, las adversidades que hoy enfrentamos no son necesariamente nuevas. Son, en gran medida, las mismas fuerzas exógenas que periódicamente golpean a economías abiertas y dependientes de factores externos.

Lo verdaderamente relevante, por tanto, no es solo reconocer la existencia de estos shocks, sino evaluar qué tanto hemos aprendido de ellos.

Las adversidades, cuando se analizan con rigor, pueden convertirse en verdaderas escuelas de política pública. Las crisis anteriores han dejado lecciones sobre la importancia de la disciplina fiscal, sobre la necesidad de contar con instituciones sólidas, sobre el valor de la planificación estratégica y sobre los riesgos de ignorar las señales tempranas de desequilibrio. No obstante, la evidencia sugiere que el país no siempre ha capitalizado esas lecciones con la profundidad necesaria.

Con frecuencia, la respuesta institucional a los shocks externos ha sido más reactiva que preventiva. Las medidas se adoptan cuando la presión ya es evidente, cuando los márgenes de maniobra se han reducido o cuando las decisiones se vuelven políticamente inevitables. En esas circunstancias, las soluciones tienden a ser parciales, temporales o insuficientes para transformar las vulnerabilidades estructurales que hacen al país susceptible a las mismas perturbaciones una y otra vez.

Esto conduce a un ciclo repetitivo donde el shock ocurre, la economía resiste con dificultad, se implementan ajustes de emergencia y, una vez superada la fase más aguda de la crisis, el impulso reformador se diluye. Con el paso del tiempo, las condiciones que dieron origen a la vulnerabilidad vuelven a acumularse. La verdadera lección de la adversidad debería ser, precisamente, romper ese ciclo.

Por ello, escuchar a los expertos no debe interpretarse como una señal de debilidad política, sino como una muestra de madurez institucional. Economistas, planificadores, académicos, especialistas en políticas públicas y en gestión de riesgos pueden aportar perspectivas fundamentales para anticipar escenarios y diseñar respuestas más robustas.

Los países que logran transformar las crisis en oportunidades suelen compartir un rasgo común al utilizar los momentos de adversidad para fortalecer sus instituciones y mejorar sus capacidades de respuesta. Las crisis, en esos casos, se convierten en catalizadores de reformas.

En última instancia, la lección más importante de la adversidad es que ignorar las lecciones del pasado suele ser la forma más segura de repetirlo.

Si algo deberían enseñarnos las turbulencias económicas y políticas que el país ha enfrentado y que, con distintas formas, siguen apareciendo, es que la preparación, el análisis y la apertura al conocimiento experto no son lujos intelectuales. Son condiciones necesarias para construir un Estado capaz de anticipar riesgos, gestionar crisis y proteger de manera efectiva el bienestar de sus ciudadanos.

Fuente: Listin Diario