La crisis global de deuda

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Escrito Por: Juan Ariel Jiménez

En los últimos años, la deuda pública ha vuelto a colocarse en el centro del debate económico mundial. No es un tema nuevo, pero sí uno que hoy exige una mirada más profunda. La combinación de bajas tasas de interés durante las primeras dos décadas del siglo XXI y la pandemia del COVID-19 produjo un aumento significativo del endeudamiento a nivel global.

Según el Fondo Monetario Internacional, la deuda pública mundial ya supera el 94% del PIB global y se proyecta que alcance el 100% en los próximos años. En América Latina se ubica en torno a 71.6% del PIB en promedio, un porcentaje por debajo del nivel global, pero igualmente elevado. Estas cifras, más que alarmar, deben invitarnos a reflexionar con seriedad sobre lo que viene.

Y lo que viene no luce sencillo.

A modo de ejemplo, en Estados Unidos cerca de un tercio de la deuda pública vencerá entre 2026 y 2027. Se trata de obligaciones emitidas en un momento muy particular, cuando las tasas de interés estaban prácticamente en cero. Hoy, esas tasas rondan entre 4% y 5%, lo que implica que refinanciar será considerablemente más costoso, aumentando la presión sobre las finanzas públicas. Una situación similar enfrentan varias economías europeas y algunas asiáticas.

Ante este panorama, es natural mirar hacia atrás y preguntarse: ¿cómo han manejado los países situaciones similares en el pasado?

La historia económica ofrece algunas respuestas. Los grandes episodios de endeudamiento —especialmente después de la Primera y la Segunda Guerra Mundial— fueron seguidos por procesos graduales de reducción. Estudios de economistas como Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff muestran que esos momentos extraordinarios dejaron como herencia niveles muy altos de deuda, similares a los actuales. Estos autores han identificado cuatro mecanismos que ayudaron a reducirla: crecimiento económico acelerado, inflación, represión financiera y ajustes fiscales sostenidos.

El crecimiento económico, sin duda, fue el factor más importante. Las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial estuvieron marcadas por una expansión excepcional. El comercio internacional creció con fuerza, la productividad aumentó gracias a avances tecnológicos, el boom demográfico amplió la fuerza laboral y millones de mujeres se incorporaron al mercado de trabajo. Todo esto permitió que las economías crecieran rápidamente, reduciendo el peso relativo de la deuda.

Sin embargo, aquí aparece la primera gran diferencia con el presente.

Replicar hoy ese contexto es mucho más difícil. Las tensiones comerciales entre grandes potencias han debilitado el dinamismo del comercio internacional. Muchas economías enfrentan un envejecimiento poblacional acelerado, lo que limita el crecimiento de la fuerza laboral y aumenta las presiones sobre el gasto público en pensiones y salud. Y aunque la inteligencia artificial promete avances importantes, todavía no está claro cómo impactará el crecimiento y el empleo.

Otro de los mecanismos utilizados en el pasado fue la represión financiera: mantener tasas de interés artificialmente bajas mediante regulaciones y controles. Esto permitió a los gobiernos financiarse a costos reducidos durante largos períodos, haciendo que el refinanciamiento fuera cada vez menos oneroso. Pero en el mundo actual, con mercados financieros sofisticados, integrados y capitales que se mueven en segundos, aplicar este tipo de políticas es mucho más complejo y riesgoso. Si un país intenta forzar tasas bajas, los inversionistas simplemente buscan mejores rendimientos en otro lugar o en otros activos.

La inflación también jugó un rol en la reducción de los préstamos, en lo que se conoció como “licuar la deuda”. Al aumentar los precios, el valor real de las obligaciones disminuye, y si se combina con represión financiera, se logra una tasa de interés real negativa, equivalente a un subsidio de los ahorrantes a los gobiernos. Sin embargo, hoy este camino es altamente riesgoso. En economías modernas, la inflación suele traducirse rápidamente en mayores tasas de interés, encareciendo el financiamiento.

Esto nos deja con el cuarto mecanismo: los ajustes fiscales, es decir, mejorar las cuentas públicas aumentando ingresos o reduciendo gastos. Pero aquí surge un desafío político importante. En muchas democracias, las sociedades son cada vez menos tolerantes a pagar los costos de errores fiscales del pasado. Las demandas sociales crecen, la presión por mayor gasto aumenta y la polarización dificulta los acuerdos necesarios para los ajustes fiscales.

En otras palabras, como dicen los economistas Rogoff y Reinhart: “esta vez es diferente”. O quizás más precisamente, “esta vez es mucho más complejo”. En términos dominicanos, mirar al pasado ayuda, pero no resuelve. Porque el contexto actual es, en muchos sentidos, más desafiante que el de hace 70 años.

Por si todo esto fuera poco, hay un elemento adicional que agrava la situación: no solo los gobiernos están altamente endeudados, también lo están las empresas y los hogares. Según el FMI, la deuda privada global alcanzó alrededor de 143% del PIB en 2024. Si se suma la deuda pública, el endeudamiento total asciende a aproximadamente 235% del PIB, más del doble de lo observado después de la Segunda Guerra Mundial.

Esto cambia completamente la naturaleza del problema. Ya no se trata únicamente de ajustar cuentas fiscales, sino de gestionar un sistema económico global altamente apalancado, más sensible a los cambios en tasas de interés y más vulnerable a choques externos.

Ante este panorama tan complejo, el mundo no necesita más ruido, necesita liderazgo. Liderazgo de verdad. Estadistas capaces de ponerse por encima de los intereses particulares y de las trincheras políticas, para construir los consensos que exige un reto fiscal de esta magnitud. Líderes que entiendan que gobernar no es reaccionar al aplauso del momento, sino tomar decisiones que resistan el juicio del tiempo.

El problema es que esa es, precisamente, otra de las grandes diferencias de nuestro tiempo: mientras los desafíos son cada vez más complejos, los estadistas son cada vez más escasos… y los influencers políticos, cada vez más visibles.

Fuente: Listin Diario