El complemento importa

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Escrito Por: Margarita Cedeño

Durante años, la discusión sobre los programas sociales ha quedado atrapada en la cuestión de los montos que se transfieren. Esa pregunta importa, pero no basta. La verdadera discusión debería centrarse en qué ocurre con una familia cuando la transferencia termina, qué capacidades quedan instaladas, qué hábitos se fortalecen, qué oportunidades se abren y qué ruta de autonomía se construye.

Una nota reciente de investigadores sobre Bangladesh ofrece una lección poderosa. Los expertos compararon distintas modalidades de protección social, incluyendo transferencias en efectivo, transferencias de alimentos, efectivo acompañado de comunicación para cambio de comportamiento nutricional y alimentos acompañados de ese mismo componente. Ocho años después de terminado el programa, los resultados mostraron que en algunos contextos, el efectivo mantuvo efectos sobre consumo y ahorro; pero los impactos no fueron iguales en todas las regiones ni en todas las modalidades. Más aún, ninguna modalidad produjo efectos sostenidos y estadísticamente significativos sobre activos en el largo plazo. Es decir, ayudar no siempre equivale a transformar, proteger el consumo no siempre significa construir patrimonio y transferir recursos no siempre produce movilidad social.

La conclusión más importante no es que una modalidad sea siempre superior a otra. La conclusión es que el complemento importa, porque la pobreza no es solamente falta de ingreso. Es también falta de información, de redes, de acceso al empleo, de educación, de salud preventiva, de documentación, de cuidado infantil, de transporte, de acompañamiento y de oportunidades reales para convertir una ayuda temporal en un cambio permanente.

Por eso, reducir la política social a una tarjeta, a una transferencia o a una asignación mensual es empobrecer su sentido. La transferencia puede aliviar, puede ordenar el consumo inmediato, puede evitar que una familia caiga más abajo. Pero si no viene acompañada de educación, capacitación, empleabilidad, salud, nutrición, inclusión financiera y seguimiento territorial, corre el riesgo de quedarse en administración de la pobreza y no en superación de la pobreza.

Esa fue precisamente una de las virtudes del enfoque que se venía desarrollando en República Dominicana hasta el año 2020. Los programas sociales no se concebían únicamente como una transferencia monetaria condicionada. Había, con todas sus limitaciones y retos, una visión más integral para acompañar a las familias, vincularlas a procesos de formación, promover educación, articular oportunidades de empleabilidad, trabajar con jóvenes, madres, comunidades y territorios.

En sociedades con desigualdad persistente, informalidad laboral y vulnerabilidad económica, las transferencias cumplen una función necesaria. El problema aparece cuando se les atribuye una capacidad que no tienen por sí solas. La evidencia de Bangladesh ayuda a entenderlo mejor. El efectivo puede ser poderoso porque da libertad de decisión al hogar. Pero esa libertad produce mejores resultados cuando encuentra un entorno que permite convertirla en bienestar duradero. Si una familia recibe dinero, pero no tiene acceso a empleo, formación, servicios básicos eficientes o mercados funcionales, su margen de transformación será limitado. Si recibe alimentos, pero no modifica hábitos nutricionales ni mejora sus condiciones de ingreso, el efecto también puede desvanecerse. Y si recibe acompañamiento, pero el territorio no ofrece oportunidades, el resultado será desigual.

De ahí que el diseño institucional sea tan importante como el monto transferido. Una buena política social no se mide solo por cuántas personas alcanza, sino por cuántas personas logra mover hacia una vida menos dependiente de la asistencia. República Dominicana necesita volver a esa conversación. En tiempos de presión fiscal, endeudamiento, demandas sociales crecientes y restricciones presupuestarias, el país no puede darse el lujo de tener programas sociales que solo repartan sin transformar. Cada peso destinado a protección social debe ser visto como una inversión en capital humano, cohesión social y productividad futura.

Por eso el complemento importa, el acompañamiento, la educación, la empleabilidad y nutrición. También importa el seguimiento, que el Estado no se limite a transferir, sino que se organice para abrir caminos. Una política social fracasa y se desacredita parcialmente cuando solo protege mientras paga, porque hay que enseñar a pescar para no siempre dar el pescado.

Fuente: Listin Diario