Estudiar en Cuba en medio de su peor crisis: sin uniformes ni maestros y llevando lámparas recargables

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Muchos padres cubanos están optando por no enviar a sus hijos a la escuela en medio de los apagones, la falta de maestros y la crisis sistémica en Cuba

Su Revolución no llegaba todavía al primer año y Fidel Castro, vestido con el mismo traje militar que usó el resto de su vida, habló frente a la multitud aquel 14 de septiembre de 1959: “¿Ustedes creen que la Revolución se hizo ya?”, preguntó a los niños congregados, el día en que convirtió el Campamento de Columbia, sede del poder militar del Gobierno de Fulgencio Batista, en la escuela Ciudad Libertad. La educación era una de las premisas claves de su proyecto social: una educación gratuita, universal, para hacer de Cuba “el primer territorio libre de analfabetismo en América Latina”. Durante aquel discurso, Castro volvió a preguntar a los niños: “¿Ustedes quieren ser buenos revolucionarios? ¿Qué es lo primero que tie­nen que hacer?… ¡Ah!, estudiar. Entonces, el niño que no estudie no es un buen revolu­cionario”.

El nuevo Gobierno cubano democratizó la enseñanza, redujo el analfabetismo hasta un 3,9%, formó contingentes de maestros, llevó el aprendizaje al campo, y Castro, como hizo con el sector de la salud, presumió de que los cubanos eran, según él, “el pueblo más culto del mundo”. Ciertamente, la Revolución había garantizado la educación, hasta que la Revolución no pudo dar más. El último curso escolar en la isla, más de medio siglo después de aquel discurso, ha empezado con pocos maestros, poco material de estudio y madres dispuestas a dejar de enviar a sus hijos a clases.

Pagarle un corte de pelo al niño para el primer día de escuela a la China le costaría, dice, 1.000 pesos cubanos (poco más de un dólar). “No hay economía que aguante”, asegura la madre por teléfono. Hace más de 30 horas que no llega la electricidad a la casa en el municipio Regla, en La Habana, y no quiere despertar a su hijo de 9 años para que vaya cansado a iniciar su cuarto grado. “¿Cómo le iba a enfriar el refresco y el agua? Y para acabar de completar, sin pan de nuevo en la panadería”, se queja. “Lo más duro de este curso es que los niños tengan que ir con el estómago vacío y que no puedan dormir en las noches”.

La China —pide que la llamen con su apodo— podría enumerar otra lista de calamidades que debe encarar: lava a puño la ropa a falta de poder conectar la lavadora, y solo cuando llega el agua; tiene que conseguir los uniformes escolares por precios exorbitantes (blusas y camisas entre 1.000 y 2.000 pesos, sayas y shorts entre 2.000 y 4.000); o ver cómo su hijo, que padece un trastorno por déficit de atención con hiperactividad, se altera cuando no tiene las medicinas o no puede ver el televisor ni tomar agua fría. “Solo una sabe lo que pesa el alma al ver a tu propio hijo pasar trabajo para poder estudiar en medio de tantos apagones, escasez y necesidades”, sostiene. “Detrás de cada libreta y de sus horas de sueño robadas por el calor y los cortes de luz, hay una madre agotada”.

Niños y padres de famila camino al primer día de clases, en La Habana, este martes.Norlys Perez (REUTERS)

Aun así, en la escuela primaria Camilo Cienfuegos, en la provincia de Pinar del Río, muchos fueron los estudiantes que amanecieron este martes con un acto patriótico que celebraba su regreso a las aulas. Niños recitando o danzando delante de los padres y funcionarios del Partido Comunista, mientras la directora les daba la bienvenida: “Dijeron que no se podía y la presencia hoy de ustedes aquí confirma que sí se puede”, aseguró delante de todos. Se refería, sin mencionarlo directamente, al asedio económico de Washington. En el mismo país que ha sufrido este año al menos siete colapsos totales del Sistema Eléctrico Nacional, el Gobierno ha acudido a la retórica de siempre: el Partido Comunista describió el regreso a la escuela como “otro acto de heroísmo”, y el gobernante Miguel Díaz-Canel defendió en X el hecho de que los estudiantes cubanos iniciaran el curso “que el imperio pretendió impedir con su plan de asfixia”.

El inicio del curso escolar este 1 de septiembre no podía ser de otro modo, en un país que viene arrastrando una crisis sistémica de años, a la que se ha sumado el cerco petrolero y las múltiples sanciones que desde finales del pasado mes de enero impuso la Administración de Donald Trump. La gente no da más. Los resultados de un reciente estudio del Observatorio Cubano de Derechos Humanos (OCDH) muestran que la extrema pobreza asciende al 94% de la población; el 68% de los encuestados declaró ingresos mensuales inferiores a 20.000 pesos cubanos (unos 30 dólares) y 8 de cada 10 cubanos aseguraron que han dejado de desayunar, almorzar o comer, debido a la falta de dinero o a la escasez de alimentos. Las cifras cobran vida en la calle: gente que mendiga, padres pidiendo ayuda para sus hijos, muchos al borde de la desesperación.

El Gobierno cubano, incluso, reconoció días antes del regreso a clases que las escuelas funcionarían en condiciones “muy difíciles” y “tremendas dificultades”. La ministra de Educación, Naima Trujillo, dijo que ha sido un reto cubrir la demanda de uniformes de los casi 1,4 millones de estudiantes cubanos. “Sin corriente no hay taller que pueda funcionar. Sin combustible no podemos llevar el tejido de un lugar a otro del país. Sin dinero y sin posibilidades de importación tampoco entran tejidos”, sostuvo.

También ha resultado un problema el déficit de maestros, con el que el Gobierno venía lidiando desde hace años por el éxodo profesional a otros sectores mejor remunerados, o la grieta que ha dejado la emigración en los últimos años. Trujillo informó que hay un faltante de 21.000 profesores, por lo que la cobertura docente alcanza actualmente solo el 73%. En La Habana han tenido que reubicar a unos 3.000 profesores desde el oriente del país, y otras cifras oficiales hablan de casi esa misma cantidad de profesores en falta en provincias como Camagüey u Holguín. Los bajos salarios (unos 12 dólares al mes) o la falta de transporte para trasladarlos han hecho que algunos renuncien a dar clases.

El hijo de Jessika (quien ha pedido que se identifique solo por su nombre) cursará este año el 12.º grado en el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas Vladímir Ilich Lenin, uno de los proyectos insignes de la Revolución, una escuela para formar a estudiantes de élite en La Habana. A pesar de que, según la madre, en ese centro siguen garantizando la calidad de la enseñanza, ha sido muy difícil mantener a su hijo internado, con pases semanales. Este año, la escuela demorará una semana en recibir estudiantes por la falta de agua. “Ahora mismo no hay abasto de agua porque la turbina está rota”, dice la madre. Ella y otros padres también han denunciado un faltante de 400 colchones para dormir. El director de la institución exigió, por su parte, que cada estudiante cargara consigo una lámpara recargable. “Para que se alumbren en las noches para poder estudiar, porque la Lenin sufre las mismas 20 y 22 horas de apagones que el resto del país”, cuenta la madre.

Estudiantes en una escuela de La Habana, este martes.Angelo Mastrascusa (Anadolu vía Getty Images)

Hay días en que Jessika siente que no puede más. Tuvo que comenzar a “vender lo que aparezca”, o sea, croquetas, empanadas, hacer manualidades. “Hoy mismo le compré los tenis de la escuela en 15.600 pesos (más de 22 dólares) y aún me falta todo lo de aseo que tiene que llevar, y las medias, los calzoncillos y la comida. Yo sinceramente tengo días en que me dan deseos de morir, porque me siento frustrada como madre de no poder darle a mi hijo todo lo que necesita, solo lo básico”.

La socióloga Elaine Acosta González, investigadora asociada al Instituto Cubano de Investigación, aseguró a este diario que “son incalculables” las consecuencias de la actual crisis y el agravamiento de la vida en Cuba, sobre todo en los últimos meses. “Esto está teniendo graves afectaciones sobre la salud mental, no solo en niños, niñas y adolescentes, sino también en las personas que cuidan, fundamentalmente mujeres”, sostiene. “Hay un coste de estrés cotidiano altísimo, altos niveles de depresión, los estudiantes no pueden responder a las exigencias académicas, los cambios en la rutina familiar, el ambiente de preocupación que perciben en el hogar, es un conjunto de problemas que no viene sino a agravar la crisis de cuidado ya existente para la que el Estado cubano no ha ofrecido un paquete de medidas sostenibles y razonables que pueda responder adecuadamente a la gravedad y urgencia de la situación”.

Por estos días se ha visto todo un mercado negro en función, tomando el rol que el Estado no puede ahora mismo ocupar: negocios en los que se vende todo tipo de material escolar traído desde el exterior por precios para muchos inalcanzables; otros que ofrecen reimprimir los propios libros de texto escolares, que las escuelas muchas veces no pueden garantizar; madres que han elegido enviar a sus hijos en ropa de civil a falta de uniformes, y otras que aceptan el hecho de que sus hijos no vayan a clase. El Gobierno apenas puede garantizar ya el bienestar de los cubanos.

“Es una manifestación más de la crisis estructural en la que está sumido el modelo político, económico y social existente”, sostiene Díaz. “Frente a la retirada del Estado, buena parte de los servicios que se ofrecen en el ámbito laboral se han mercantilizado. Se han ido transfiriendo a las familias la provisión de la alimentación, el vestuario y otras cuestiones que se requieren para recibir una educación adecuada. Aquella promesa de la universalización como la equidad está siendo cada vez más afectada en las condiciones de crisis estructural que vive la sociedad cubana”.

Fuente: EL PAIS