Estados Unidos versus Irán, la guerra de fuerzas desiguales que ningún bando pudo ganar

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La combinación de tácticas militares asimétricas y objetivos civiles fuera del campo de batalla ofreció al régimen iraní una ventaja competitiva y psicológica, pese a su evidente inferioridad frente a la primera potencia del mundo

Un ejemplo sencillo de guerra asimétrica: un dron iraní vuela para golpear instalaciones gasísticas en Qatar. El coste del proyectil, según modelo y año, está entre los 17.000 y 43.000 euros. Un interceptor de una batería antiaérea de fabricación estadounidense Patriot sale a su encuentro para fulminarlo. Cada unidad de este tipo de misil ronda los 3,2 millones de euros. Además, para asegurar el tiro, generalmente se lanzan dos proyectiles. La relación coste-beneficio de la interceptación puede llegar a ser de 1 a 10 a favor de la aeronave de ataque no tripulada. Es más caro derribar un dron (con medios cinéticos, no electrónicos) que hacerlo volar. Y este ejemplo explica, en parte, lo que ha sucedido en la guerra que ha enfrentado a Estados Unidos —junto a Israel— e Irán.

Un conflicto de fuerzas desiguales en el que el bando más débil, el régimen iraní, supo mantenerse en la contienda a través de una mezcla de capacidades militares mejoradas durante décadas, de alto y bajo coste, y una estrategia de escalada horizontal (extensión del conflicto lejos del campo de batalla; en este caso, al sector energético internacional con el control del tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz) que puso patas arriba las arcas del Departamento de Defensa estadounidense y de la economía mundial

El ejemplo del dron en Qatar podría ser de un ataque frustrado, pero mucha munición alcanzó su objetivo durante los 39 días de la contienda y en las violaciones más recientes del alto el fuego alcanzado el 8 de abril: prueba de ello es que el martilleo iraní paralizó el 17% de los envíos del gas natural licuado catarí, es decir, cerca de 15.000 millones de euros en ingresos. “Irán se enfrentaba a una tarea titánica frente a un ejército mucho más grande y avanzado”, señala en un intercambio de correos Steven Feldstein, del centro de análisis Carnegie Endowment for International Peace. “Rápidamente comprendió que luchar en los términos de Estados Unidos o Israel lo llevaría a una derrota catastrófica”.

Teherán activó entonces una estrategia descentralizada de toma de decisiones militares, diseñada ya hace 20 años por el general Mohammad Jafari, para suplir la muerte de sus mandos y ejecutar una ofensiva múltiple: misiles balísticos de precisión, drones de ataque de bajo coste, y terror en aguas del Golfo a manos del brazo naval de la Guardia Revolucionaria iraní. Todo un manual de guerra frente a la mayor potencia militar del mundo que otras contiendas podrán utilizar de referente.

El portaaviones estadounidense ‘USS Gerald R Ford’, el pasado 22 de marzo en el Mediterráneo Oriental.CONTACTO/Europa Press

Las fuerzas armadas iraníes han sometido a un gran estrés las capacidades ofensivas y defensivas desplegadas por Estados Unidos en la región. Era la primera vez que sistemas de defensa antiaérea estadounidenses instalados en los países aliados del Golfo sufrían ataques en enjambre, es decir, ofensivas combinadas de aeronaves bomba no tripuladas y misiles, balísticos o de crucero, para saturar los escudos de protección de Kuwait, Baréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí.

Según cálculos de Mark F. Cancian y Chris H. Park para el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, en sus siglas en inglés), Estados Unidos utilizó entre 3.710 (en su horquilla más baja) y 4.510 unidades de siete de los misiles más preciados en sus arsenales —a los que se sumaron municiones como los drones LUCAS o las bombas con sistemas de guiado—. En cuatro de estos modelos de proyectiles, el Pentágono supuestamente ha agotado la mitad del inventario (entre ellos, los interceptores Patriot y THAAD, tan preciados por socios como Ucrania).

Cancian y Park estiman que devolver los almacenes de misiles a niveles anteriores a la guerra con Irán podría llevar entre uno y cuatro años. Una presión en el seno del Pentágono que fue in crescendo ya desde las primeras semanas de operaciones, las más exigentes para los sistemas de defensas estadounidenses instalados en el Golfo. Es por esto por lo que la Administración de Donald Trump, que aspira a un aumento del gasto militar de un 40%, hasta los 1,3 billones de euros, ha instado a los fabricantes de armas estadounidenses a que trabajen más rápido y más barato.

La guerra asimétrica no es nueva. Como menciona Feldstein, la historia militar recuerda, sirvan de ejemplos, la contraofensiva ucrania tras la gran invasión rusa de 2022; algunas fases del conflicto israelo-palestino; las guerras en Afganistán, contra el ejército de la Unión Soviética o Estados Unidos, o la estrategia del Frente de Liberación Nacional argelino en su lucha contra Francia en los años cincuenta del siglo pasado. Con una diferencia: el momento. La confrontación actual en Oriente Próximo tiene lugar en plena explosión de armamento letal de bajo coste, con los drones a la cabeza, y una economía mundial interconectada y en ese sentido más vulnerable. Todo ello hace aún más dañina para el adversario la escalada horizontal emprendida por el régimen de Mojtaba Jameneí y la Guardia Revolucionaria.

El despliegue de Estados Unidos ha sido mayúsculo, el mayor desde la invasión de Irak hace más de dos décadas. Washington envió a Oriente Próximo a cerca del 40% de sus barcos operativos. Una fuerza suficiente, con soldados de élite y buques anfibios de asalto, para poner pies en territorio iraní. Pero ese no era el plan. “[El presidente de Estados Unidos, Donald] Trump nunca convenció a sus seguidores, y mucho menos al país, de la necesidad de la guerra, por lo que el riesgo de una invasión terrestre que se estancara y provocara numerosas bajas estadounidenses era políticamente inaceptable”, continúa Feldstein. Y sin pisar suelo del enemigo, es difícil garantizar posiciones militares y declarar una victoria plena.

Una lancha del régimen iraní lanza un misil en un ejercicio militar en el estrecho de Ormuz, el pasado 16 de febrero.CONTACTO / Europa Press

Se abrió entonces una guerra de desgaste a golpe de artillería. Estados Unidos cifra en 13.000 los objetivos alcanzados con sus misiles, drones y bombas guiadas. Irán lanzó en torno a 1.300 proyectiles y 4.400 drones de ataque contra Israel, los vecinos de la región y barcos en aguas del Golfo. Sobra decir que el contendiente más pequeño ha sido el que más ha perdido en el campo de batalla. Teherán calcula que la ofensiva causó al menos unas pérdidas de 230.000 millones de euros (57% del PIB). El mando central estadounidense en la región ha reiterado que ha aniquilado gran parte del aparato misilístico iraní, seña de identidad de la defensa del país. El daño ha sido muy significativo, pero no hay evidencias de que fuera definitivo.

A principios de mayo, el diario The New York Times informó, citando fuentes de inteligencia estadounidenses, de que el régimen ha restablecido el acceso operativo a 30 de las 33 bases de misiles que mantiene a lo largo del estrecho de Ormuz, así como el 90% de sus instalaciones subterráneas de almacenamiento y lanzamiento. Como señaló en un breve análisis el jueves Matthew Savill, del Royal United Services Institute, en el memorando de paz alcanzado entre Washington y Teherán no hay ni rastro del programa de misiles balísticos iraní, objetivo de guerra para Estados Unidos e Israel. Es y seguirá siendo innegociable para el régimen iraní.

Parte del poderío que ha desplegado Irán tiene que ver con la falta de información sobre sus arsenales, puntos de lanzamiento y centros de producción. Cosa muy diferente a los objetivos del enemigo, localizados con facilidad, bien fueran bases estadounidenses o instalaciones energéticas en los vecinos de la región. Expertos militares han cuestionado además los éxitos de Estados Unidos. Si bien el mando central estadounidense en la región (Centcom) ha emitido vídeos de bombardeos contra lanzaderas, fábricas armamentísticas o puestos militares, se desconoce si cada golpe publicado en la red aniquiló por completo las capacidades defensivas del enemigo. Sin botas en el terreno, el análisis se presta a las elucubraciones.

Escalada horizontal

Se estima que las fuerzas de defensa iraníes han sufrido un gran golpe en sus inventarios, además de la pérdida de al menos una docena de altos mandos militares. El régimen, no obstante, podría mantener un stock de misiles de entre 2.500 y 4.400 unidades. Suficientes para mantener capacidad de tiro. Otra cosa es el apartado que gana peso en los conflictos del mundo: los drones. La fabricación iraní es a gran escala —aún capaz de surtir al aliado ruso—. Antes de esta guerra, el número de estos aparatos de ataque disponibles en sus almacenes rondaba los 80.000.

Peso a todo y con los números en la mano, Estados Unidos, primera potencia militar del mundo, tenía capacidad sobre el papel para mantener sus operaciones en la región, entre ellas el bloqueo del estrecho de Ormuz, para lo que destinaba 15.000 uniformados. Pero Irán pulsó el botón de pánico psicológico a través de una escalada horizontal en dos sentidos: en primer lugar, la amenaza de ataque sobre las aguas del Golfo. Como bien señalaba recientemente Mike Plunket, analista de la firma de inteligencia Janes, causaba el mismo efecto encontrar una mina que muchas. El tráfico marítimo estaba agarrotado ante la posibilidad de chocar con una de estas bombas —los almacenes iraníes guardan entre 5.000 y 6.000 unidades de este tipo de artefacto— o sufrir el impacto de un dron iraní.

En segundo lugar, Teherán bordeó las reglas de la guerra redactadas en gran medida tras la II Guerra Mundial para poner en su mira objetivos civiles como instalaciones energéticas, aeropuertos e incluso plantas desalinizadoras. Acertó el tiro y causó pavor entre los aliados árabes de Estados Unidos en la región, que se sintieron desprotegidos.

El resultado de esta doble estrategia de escalada horizontal lo resume a la perfección Feldstein: “Irán aprovechó el coste psicológico de la guerra de manera vigorosa y exitosa. La estrategia fue efectiva; estableció una narrativa entre las audiencias estadounidenses y globales de que Estados Unidos no estaba cumpliendo sus objetivos y abrió un camino para que Irán esperara a Estados Unidos y se conformara con un mejor acuerdo en lugar de ceder en las primeras semanas y renunciar a concesiones importantes”. Así fue.

Fuente: EL PAIS