¿Y si ese después nunca llega?

0
8
Comparte esto:

Escrito Por: Margarita Cedeño

Hay días en que cumplimos con todo y, al acostarnos, sentimos que algo importante quedó pendiente. Respondimos mensajes, resolvimos problemas, atendimos compromisos. Sin embargo, no encontramos unos minutos para conversar con alguien querido, ocuparnos de una inquietud propia o disfrutar, sin culpa, de un momento de tranquilidad.

Leyendo “Nacimos para vivir”, del doctor Juan Batlle Pichardo, me detuve a pensar en todo aquello que vamos dejando para después. Sus reflexiones me llevaron a preguntarme cuánto espacio reservamos, entre tantas obligaciones, para lo que más nos importa.

Esa pregunta merece atención. Hemos aprendido a organizar los compromisos, pero muchas veces dejamos nuestros deseos sin fecha. “Después lo haré”, nos repetimos. Después visitaré a esa amiga. Después retomaré mis estudios. Después descansaré. Siempre aparece una razón atendible para esperar. El problema comienza cuando esa espera se vuelve nuestra manera habitual de existir y terminamos tratando lo más personal como si fuera prescindible.

Hay responsabilidades que no podemos eludir. Sostener una familia, acompañar a una persona enferma o procurar el sustento exige entrega y, muchas veces, renuncias. Sería injusto decirle a quien apenas consigue resolver lo indispensable que todo depende de administrar mejor sus horas. Las circunstancias también determinan cuánto podemos elegir.

Pero incluso dentro de esos límites conviene preguntarnos si todo lo que hacemos responde a una necesidad real. ¿Cuánto nace del temor a decepcionar, de la costumbre o de la búsqueda de aprobación?

A veces seguimos cumpliendo expectativas que nadie nos exige ya. Conservamos compromisos que han perdido sentido. Nos sentimos obligados a sostener una imagen de fortaleza que apenas nos permite reconocer el cansancio. Hemos aprendido a responder “yo puedo”, aun cuando necesitamos compañía o ayuda.

A muchas mujeres nos cuesta especialmente revisar esa conducta. Estar disponibles se convierte en una medida de nuestro cariño. Decir que necesitamos tiempo propio parece una falta de consideración. Así podemos pasar años cuidando las necesidades de todos, sin concedernos el mismo derecho a ser escuchadas.

Hay una pregunta difícil detrás de esa entrega: ¿quién soy cuando no estoy resolviendo algo para alguien?

Encontrar una respuesta requiere honestidad. Quizás descubramos intereses abandonados, decisiones tomadas para complacer o vínculos sostenidos por obligación. Reconocerlo puede doler, porque implica admitir que algunas elecciones dejaron de representarnos. También abre una posibilidad: decidir de otra manera.

Cambiar no significa desconocer lo construido. Podemos agradecer una etapa y aceptar que necesitamos algo distinto. Podemos querer profundamente a nuestra familia y reservarnos un espacio. Podemos comprometernos con una responsabilidad y establecer límites para cumplirla sin agotarnos.

La conciencia del tiempo vuelve más seria esta conversación. Habitualmente hacemos planes como si siempre pudiéramos reprogramar lo importante. Pero una relación desatendida puede enfriarse; una oportunidad puede cerrarse; las palabras que hoy podemos decir quizás mañana no encuentren a quien debía escucharlas.

Aceptar esa incertidumbre debería ayudarnos a elegir con mayor cuidado. Hay discusiones que no justifican el desgaste que provocan. Hay afectos que necesitan demostraciones concretas. Hay decisiones que merecen una fecha, porque mantenerlas indefinidamente pendientes también tiene consecuencias.

Tampoco necesitamos convertir el disfrute en otra exigencia. Habrá temporadas difíciles, días grises y asuntos que no podremos resolver. Reconocerlos forma parte de una relación honesta con nosotros mismos. No tenemos que sentirnos felices a cada momento para considerar valiosa nuestra existencia.

Lo que sí podemos procurar es una mayor correspondencia entre aquello que decimos apreciar y la atención que le damos. Si alguien nos importa, hagámosle espacio. Si deseamos aprender, comencemos con lo posible. Si estamos exhaustos, admitámoslo antes de que el cuerpo nos obligue a detenernos.

Esta noche, al revisar lo que quedó pendiente, incluyámonos también. Quizás haya una llamada que podamos hacer, una negativa que debamos expresar o una decisión que ya merece dejar de esperar. Atendernos forma parte de nuestras responsabilidades. Y también necesita un lugar en la agenda.

Fuente: Listín Diario