Una reflexión desde la negociación estratégica sobre el eventual entendimiento entre EE. UU. e Irán

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Las cuatro dimensiones para entender el futuro del pacto con Irán

Escrito Por: Nelson Espinal Báez

Los grandes acuerdos internacionales rara vez pueden evaluarse objetivamente el día en que se firman. Sin embargo, la historia suele formular una pregunta distinta: ¿fue aquel acuerdo capaz de construir una paz más estable o simplemente consiguió aplazar el siguiente conflicto?

Esa es, precisamente, la pregunta que merece plantearse frente al eventual entendimiento entre Estados Unidos e Irán.

Según las informaciones disponibles, el instrumento —ya firmado según algunas versiones o próximo a formalizarse según otras— no constituiría un acuerdo definitivo, sino un memorando de entendimiento (Memorandum of Understanding – MOU) destinado a establecer una hoja de ruta para continuar las negociaciones sobre los temas más complejos.

Un memorando de entendimiento expresa la voluntad de seguir negociando; representa el inicio de un proceso más que la conclusión de una negociación.

No basta con alcanzar un entendimiento; hay que diseñar un proceso capaz de producir un acuerdo estable y duradero.

Por ello, proponemos analizar este proceso desde cuatro dimensiones:

  1. Los objetivos que perseguían las partes.
  2. Los intereses subyacentes de las partes.
  3. Los resultados concretos que finalmente obtuvieron.
  4. La sostenibilidad del acuerdo, es decir, su capacidad para construir un sistema de incentivos más estable que el existente antes de la negociación.

Solo después de recorrer esas cuatro dimensiones será posible valorar objetivamente su verdadero alcance.

Y para hacerlo existe un antecedente inevitable: el Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA), el acuerdo nuclear firmado en 2015.

A diferencia del proceso actual, el JCPOA no fue un acuerdo estrictamente bilateral. Fue el resultado de una compleja negociación multilateral liderada diplomática y políticamente por Estados Unidos, en representación de la coalición integrada por Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania, con la Unión Europea desempeñando el papel de coordinadora y facilitadora del proceso.

Más que un entendimiento entre Washington y Teherán, el JCPOA representó la capacidad de Estados Unidos para liderar una amplia coalición internacional alrededor de un objetivo compartido: impedir que Irán desarrollara un arma nuclear sin recurrir a una confrontación militar.

Desde una perspectiva técnica, fue uno de los acuerdos de control de armamentos más sofisticados de las últimas décadas. Limitó el enriquecimiento de uranio, redujo significativamente el número de centrifugadoras operativas, restringió las reservas de uranio enriquecido, transformó instalaciones sensibles, estableció uno de los sistemas de inspección más rigurosos administrados por la Agencia Internacional de Energía Atómica e incorporó un mecanismo para restablecer automáticamente las sanciones en caso de incumplimiento. (Arms Control Association; Council on Foreign Relations; Agencia Internacional de Energía Atómica).

A cambio, Irán obtuvo el levantamiento gradual de las sanciones y la posibilidad de reintegrarse a los mercados internacionales.

Sin embargo, precisamente donde residía su mayor fortaleza aparecía también su principal limitación.

El acuerdo administraba el expediente nuclear, pero dejaba prácticamente intactos otros componentes centrales del conflicto: el programa de misiles balísticos, la competencia entre Irán e Israel, la proyección regional de Teherán a través de organizaciones aliadas y buena parte de los incentivos geopolíticos que alimentaban la confrontación.

El acuerdo fue diseñado para resolver un problema específico, no para transformar el equilibrio de poder en Oriente Medio.

Años después, la decisión del presidente Donald Trump de retirar a Estados Unidos del JCPOA reabrió el debate sobre sus alcances y limitaciones.

Primera dimensión: los objetivos

Estados Unidos buscaba impedir que Irán se convirtiera en una potencia nuclear, fortalecer la seguridad de sus aliados, reducir el riesgo de una guerra regional y preservar un equilibrio regional favorable.

Irán aspiraba al levantamiento de las sanciones, la recuperación económica, la estabilidad del régimen y el reconocimiento de su influencia regional.

Toda evaluación rigurosa debe comenzar comparando esos objetivos con los resultados finalmente obtenidos.

Segunda dimensión: los intereses subyacentes

Las posiciones expresan lo que las partes dicen querer; los intereses subyacentes explican por qué y para qué negocian realmente.

Detrás de las demandas visibles suelen encontrarse necesidades más profundas relacionadas con la seguridad, la legitimidad política, la estabilidad económica, la capacidad de disuasión, la supervivencia del régimen o el liderazgo regional.

Incluso entre adversarios pueden existir intereses compartidos, como evitar una guerra regional o una proliferación nuclear descontrolada. Sobre esos espacios comunes es donde la diplomacia encuentra posibilidades de acuerdo.

Tercera dimensión: los resultados concretos

Un memorando de entendimiento puede responder a objetivos muy distintos: ganar tiempo, modificar el equilibrio de poder, alterar los incentivos de las partes, reducir temporalmente las tensiones o crear condiciones para una negociación posterior. Su verdadero significado dependerá, en última instancia, del propósito que cada actor persiga y del uso que finalmente haga de ese instrumento.

La evaluación definitiva dependerá de su contenido, del eventual acuerdo definitivo y, sobre todo, de su implementación.

Cuarta dimensión: la sostenibilidad del acuerdo

La cuestión decisiva es si este proceso crea incentivos suficientes para cumplir, establece mecanismos eficaces de verificación y construye una arquitectura capaz de sobrevivir a los inevitables cambios políticos y estratégicos.

La experiencia demuestra que los asuntos excluidos suelen regresar con mayor intensidad, que los actores ausentes continúan influyendo sobre el resultado y que un acuerdo técnicamente sólido puede resultar insuficiente si no modifica los incentivos profundos que alimentan el conflicto.

Con frecuencia las negociaciones complejas producen mecanismos para administrar el conflicto mientras se construyen las condiciones para una solución más estable.

Si finalmente existe un memorando de entendimiento, ello reflejará que las partes optaron por ganar tiempo. El uso que cada una haga de ese tiempo, sin embargo, responderá a objetivos que pueden ser profundamente distintos e incluso contrapuestos.

Esa hipótesis no resulta nueva.

En una entrevista concedida recientemente a Pablo McKinney, en su programa McKinney, sostuve que el escenario más probable era precisamente ese: una salida para ganar tiempo, reducir temporalmente las tensiones y modificar las variables bajo las cuales las partes adoptarían sus decisiones futuras.

El tiempo ganado puede utilizarse para negociar un acuerdo más amplio, fortalecer posiciones, esperar un contexto político diferente o modificar las condiciones bajo las cuales el conflicto continuará desarrollándose.

Los acuerdos se firman en un día, pero los procesos pueden durar años y evolucionan constantemente.

Por eso, la verdadera medida de una negociación no está en la fotografía de la firma, sino en la capacidad del proceso para modificar los incentivos de las partes y la trayectoria del conflicto.

Es allí donde comienza la verdadera prueba de toda gran negociación.

Fuente: Diario Libre