La revictimización no puede sustituir la responsabilidad del Estado
Hay rotundidades indiscretas. Desnudan, aunque luego las maticemos, la opinión que tenemos sobre las cosas, así como los límites de nuestra comprensión. Cuando se trata de violencia de género y su extremo, el feminicidio, la prudencia reflexiva de las autoridades es lo aconsejable. Sobre todo si se ocupa un lugar preponderante en el sistema de protección.
Rotunda fue esta semana la fiscal del Distrito, Rosalba Ramos, cuando, llegada la fecha de los acostumbrados balances del feminicidio, declaró que el silencio de las víctimas genera que la violencia intrafamiliar (no la llamada de género) «se perpetúe y permanezca en el tiempo».
Estadísticas en mano, no vacila tampoco en argumentar que ocho de cada diez mujeres víctimas de feminicidio no denunciaron al maltratador. Queda implícito que, de haberlo hecho, estarían vivas.
No se trata de que la fiscal distrital cuide su lenguaje. Se trata de que cuide sus ideas. Porque las razones del feminicidio no están en el silencio de las víctimas sino, de manera principal, en el poder social y cultural masculino sobre la vida de las mujeres.
A contrapelo de su elusión del fondo, Ramos reconoce implícitamente que a esas dos de cada diez que se atrevieron a denunciar, su desesperada valentía no les sirvió de nada. Terminaron igualmente muertas. De modo que ni las unas ni las otras pueden ser metafóricamente citadas —no deberían serlo— como testigos de descargo de las negligencias del sistema de protección, como tampoco de las complicidades políticas del Estado en la reproducción de la cultura que propicia el feminicidio.
Al hablar como lo hizo, la fiscal refuerza en el imaginario colectivo la idea de que las víctimas son responsables de su trágico destino. Murieron por callar, deja entender. Pero ya nos referimos a la mala pasada que le juega su propia interpretación del problema: reproduce el discurso tras el que la sociedad se escuda para convivir tranquila con la violencia de género. La revictimización es la pila en la que los indiferentes se lavan las manos.
La fiscal, eso sí, también pidió a familiares y vecinos que denuncien si saben de una mujer maltratada. Estamos de acuerdo: deben dejar de fingir que ignoran lo que está a la vista de todos; tan a la vista que en no pocas ocasiones, agrego yo, entretiene el chismorreo en los callejones y salones, aunque luego, frente al cadáver, se repita el vergonzoso mantra de la ignorancia absoluta.
Digamos, sin embargo, que el matiz nos devuelve a las causas eludidas. Que terceros hagan suya la situación de la mujer maltratada y en peligro de muerte obliga a desterrar de la cultura social el convencimiento de que «en pleito de marido y mujer, nadie se debe meter». Vale decir, obliga a romper la carta blanca que el hipócrita respeto a la intimidad extiende a los hombres.
Con el tiempo, el refrán que encabeza este artículo cambió su significado original. Pasó de recomendación de mezcla adecuada en la construcción a exigencia a los albañiles fraudulentos, que ponían más arena, material barato, que cal para ahorrar costos.
Continuar echando más arena que cal en el enfoque de la violencia de género y el feminicidio facilita apelar a la atenuante polivalencia de las estadísticas, pero no cambia los hechos. Seguimos jugando con dados.
Fuente: Diario Libre

