Un café banilejo por el país

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Escrito Por: Pablo McKinney

Entre lluvias, inundaciones, y el mundo en vilo porque el presidente gringo no respeta ya ni siquiera al santo Papa de los católicos, el pasado fin de semana el Día del Café transcurrió sin que los dominicanos rindiéramos el merecido homenaje a ese néctar de los dioses morenos. 

Casi todos los dominicanos debemos demasiado al café y sus bares. Gracias al Café Gijón, en Madrid pudo uno conocer a Francisco Umbral para luego entrevistarlo. Posteriormente, lo mismo ocurrió con Mario Benedetti en un desaparecido café de La gran vía, frente a Callao. En el Café de Flore, en París, pudo uno saludar a Sartre después de muerto. Como tampoco hubiera conocido a Borges, ya difunto, si no hubiese entrado por un cortado al Café Tortoni de Buenos Aires, que es una especie de Café Central con un tango de fondo. 

Desde el siglo XIX, el café, y los bares que así se llaman, han sido fundamentales para todo lo importante, pues tiene el don mágico de encontrar la “utilidad de lo inútil”, celebrando la bendita palabra. Frente a una taza de café se ha destruido, reinventado y vuelto a construir el mundo más de una vez. 

Instrumento de socialización de primer orden, el café ha sido fundamental para los negocios, y especialmente para el amor, y ya me explico: Es cierto que por las facilidades que existen hoy para el “santo fornicio”, nuestros jóvenes desconocen que no hace aún mucho tiempo, cuando un hombre tímido y torpe en los asuntos del querer no se atrevía a invitar a una copa de vino a una damisela esquiva, primero la invitaba a un café, con cualquier pretexto, político, literario o de comunicación… y que los mayores hagan memoria y regresen a aquel café San Gil del Malecón, entre murallas y nostalgias, con el mar Caribe como único testigo. 

Como le fue tan mal en su cita con Danilo Medina, uno aconseja al gobierno que, en las próximas visitas, lleve como presente una libra del Café Gourmet Santo Domingo, de INDUBAN para, antes de antes de comenzar a hablar de unidad para enfrentar esta crisis de incertidumbre, decadencia y locura, antes brinden por el país. Al fin, el acuerdo que no logra el aroma de una taza de café, no hoy político, brujo, monseñor ni argumento bíblico que lo alcance. Un café banilejo por el país, por el país.