El presidente desclasifica información en parte ya conocida y no vinculante, que incluye archivos de la CIA sobre Venezuela. El republicano está en una cruzada para arrojar dudas sobre las ‘midterms’, en las que los suyos llevan las de perder
Donald Trump, líder de un país en guerra y con el coste de la vida en alza, se dirigió este jueves por la noche a la nación para hablar de las elecciones… de hace seis años. No fue solo un intento de ajuste de cuentas con un fracaso personal; el presidente de Estados Unidos, cuya impopularidad bate récords, habló con la vista puesta en la cita con las urnas de dentro de algo menos de cuatro meses. Son las legislativas de medio mandato, conocidas como midterms, en la que las encuestas vaticinan un triunfo demócrata que, en el mejor de los casos, Trump está tratando de evitar, y en el peor, no parece dispuesto a admitir.
El republicano resucitó así una de sus viejas y más recurrentes obsesiones: el bulo de que su rival entonces, Joe Biden, le robó las elecciones de 2020, en las que este le sacó una ventaja de siete millones de votos. Y Trump lo hizo en horario de máxima audiencia (21:00, hora de Washington; seis más en la España peninsular) y con un formato que los presidentes han reservado tradicionalmente para las ocasiones más solemnes; para tranquilizar a los suyos desde la atalaya de la autoridad en mitad de las más preocupantes crisis; o para subrayar los momentos más trascendentales de una historia compartida.
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Este jueves, la solemnidad sirvió al orador para agitar el fantasma de la intervención extranjera en las elecciones de 2020 y exagerar sus efectos. En un discurso de algo menos de 30 minutos en el que adoptó un tono sombrío mientras leía de pie de un telepromter horas después de despedir uno de sus técnicos por usar información privilegiada para enriquecerse apostando sobre los mensajes presidenciales, Trump anunció la “desclasificación y divulgación inmediata de información de inteligencia crítica que revela vulnerabilidades alarmantes” en el sistema electoral. “Sin confianza [en las elecciones], no hay grandeza posible”, sentenció.

El presidente prometió grandes revelaciones. Reunidas por algo llamado Grupo de Trabajo de la Casa Blanca para la Transparencia, quedaron alojadas, bajo el título de Integridad electoral, en la web de la presidencia, página que colapsó mientras Trump hablaba. Un primer análisis de esos papeles considerablemente censurados y en parte ya conocidos −como los relativos a una vieja querella en torno a los colegios electorales de Muskegon (Míchigan)−, indica que estos prueban el proyecto de China para influir en las elecciones y el escepticismo de su Gobierno sobre Trump, pero no demuestran que esos esfuerzos tuvieran un reflejo decisivo en su derrota. Durante su intervención, el propio presidente no fue tan lejos como para extraer esa conclusión.
La acusación más fundada fue sobre Nicolás Maduro, presidente de Venezuela encarcelado en Nueva York tras su captura en enero en Caracas. El lote de documentos incluye un archivo de seis páginas de la CIA sobre “un complot específico para manipular masivamente los resultados a favor del corrupto régimen de Maduro en Venezuela “, dijo Trump. Irónicamente, fue la cita con las urnas del país sudamericano en 2020 la única que este se atrevió a decir en su discurso que fue ”amañada». No está ni mucho menos probado que el chavismo tuviera la capacidad para influir en el sistema estadounidense, pese a la recurrencia de esa conspiranoia en la extrema derecha local.
El presidente de Estados Unidos se centró en China en buena parte de su discurso, en el que aplicó su clásica técnica de la tinta de calamar: soltar acusaciones de apariencia alarmante con el fin de enturbiar las aguas del debate político. Acusó a la potencia rival de llevar a cabo “lo que se considera la mayor filtración de datos electorales de la historia”, cuando Pekín “adquirió ilícitamente” los registros de “220 millones de votantes estadounidenses”, aseguró Trump.

También acusó a Pekín de sobornar a periodistas críticos con el entonces candidato republicano para que escribieran en su contra, porque, añadió, China prefería que no ganara él. Lo consideraban “demasiado listo”, dijo, y sus autoridades temían que les impusiera nuevos aranceles.
Trump habló asimismo de un complot de miembros del “Estado profundo”, uno de sus tropos conspirativos favoritos. Los definió como “un grupo de personas sumamente conocidas”, y los acusó de trabajar “activamente para ocultar y restar importancia a la información sobre el alcance de la siniestra injerencia de China en las elecciones”. El presidente de Estados Unidos pidió a su Administración que investigue “cómo y por qué se ocultó algo tan crucial”, “que se despida a los implicados en el encubrimiento” y que “se presenten cargos penales contra estas personas, si procede”.
Citó además entre los documentos, producidos por la CIA, el FBI, el Consejo Nacional de Inteligencia y la Agencia de Ciberseguridad y Seguridad de las Infraestructuras (CISA son sus siglas en ingles), un análisis del Departamento de Seguridad Nacional. Encargado a una firma privada de dudosa fiabilidad, cifra en “aproximadamente 278.000 los no ciudadanos registrados para votar en las elecciones generales”. Ese cálculo contradice cualquier estudio anterior, incluidos los gubernamentales, sobre un problema que obsesiona a la actual Administración, pero al que los expertos restan importancia.

El discurso de este jueves, dirigido a una nación que lo recibió, también desde la derecha, con algo bastante parecido a un encogimiento de hombros (fue notoria la indiferencia de Fox News), fue el último intento de Trump de minar la confianza de sus compatriotas en las reglas democráticas. Sus críticos y los activistas por el derecho al voto denuncian estos como maniobras para entorpecer la celebración de unas elecciones libres y justas, y nadie está en condiciones de descartar que se declare algún tipo de estado de emergencia para incidir en ellas.
Desde que regresó al poder, Trump ha dictado órdenes ejecutivas para dificultar el voto por correo, ha dicho que ha llegado la hora de “nacionalizar las elecciones”, pese a que la Constitución señala a los Estados como los únicos responsables de organizarlas, ha tratado de recabar de estos la información de sus registros de votantes y ha cesado a los demócratas de la Comisión de Asistencia Electoral. Casi todas esas iniciativas se han topado con el muro de los jueces.
Empeño con una reforma
Aunque en ningún otro asunto está el presidente empeñando mayor capital político que en presionar a los republicanos del congreso a que saquen adelante una ambiciosa reforma electoral bautizada SAVE America Art (la ley salvemos Estados Unidos), que prevé endurecer los requisitos de identificación en las urnas y medidas para evitar el sufragio de los indocumentados. El presidente usó el discurso de este jueves para presionar a los suyos en el Capitolio para que actúen antes de las midterms. De momento, la norma está atascada en el Senado, donde necesita una mayoría cualificada con la que no cuenta.
El tema del discurso estuvo claro desde días antes. El martes pasado, en una comparecencia ante los reporteros de la Casa Blanca, dijo: “[Daré] una noticia realmente importante, que hará que nuestro país se tenga que poner las pilas”, dijo. “No hay nada más relevante, porque sin elecciones libres y justas, pierdes el país”.
La sospecha de que se disponía a dirigirse a sus compatriotas para mentirles hizo que las principales cadenas televisivas de Estados Unidos, NBC, CNN y ABC, entre ellas, decidieran negarse a emitir en directo, y sin filtros, sus palabras. No era la primera vez que algo así sucedía: en 2022, algunas de ellas tampoco pincharon un discurso de Biden sobre los peligros para la democracia por considerarlo “demasiado político”.

Las agencias de inteligencia estadounidenses condujeron investigaciones sobre las elecciones de hace seis años y concluyeron en 2021 que, aunque hubo intentos de Irán, Rusia y China, no se dieron interferencias extranjeras significativas ni manipulación de las máquinas de conteo de votos. Esas teorías, tumbadas repetidamente en los tribunales, fueron las que defendieron el aún presidente y su círculo MAGA más cercano en esas semanas, que condujeron al asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 por una turba de simpatizantes de Trump que se creyeron el bulo que se bautizó como la “Gran Mentira”.
Ganar con claridad
Sobre el resultado de las elecciones de 2024, que el republicano ganó con claridad, este nunca ha tenido objeciones, pero su fijación con la derrota de cuatro años antes, lejos de aflojar con el tiempo, no ha dejado de crecer. Trump, que nunca ha parecido alguien dispuesto a pasar la página de un fracaso, tampoco a admitirlo, repite una y otra vez el bulo de que ganó entonces, también en foros internacionales como reuniones de la OTAN o de la ONU.
Tras su regreso al poder, encargó a su primera Directora Nacional de Inteligencia, Tulsi Gabbard, dimitida en mayo, que investigara máquinas de conteo en Puerto Rico (una investigación cuyas conclusiones aún no se han hecho públicas), y esta además viajó a Georgia para incautarse de miles de papeletas guardadas desde aquella elección para un nuevo escrutinio. La Administración de Trump también ha vuelto sobre los resultados de otros Estados en los que el partido perdió aquella presidencia, como Milwaukee y Arizona, pero ningún otro lugar condensa más las frustraciones de Trump que el condado de Fulton, que incluye la gran ciudad de Atlanta. Allí está previsto que el presidente viaje la semana que viene.
Políticos republicanos han expresado durante esta semana su disgusto, en público y en privado, por el discurso a la nación de este jueves. Resucitar fantasmas del pasado en mitad de un presente de altos precios de la gasolina, impopularidad de su líder y una guerra en Irán sin aparente salida no es lo que muchos de ellos necesitan para asegurarse la reelección en noviembre.
Fuente: EL PAIS

