La popularidad digital puede fabricar espejismos de centralidad, pero no sustituye la formación ni el criterio para gobernar. Por eso, que la política haya decepcionado no significa que cualquier reemplazo esté a la altura.
Escrito Por: Guido Gómez Mazara
La popularidad digital puede fabricar espejismos de centralidad, pero no sustituye la formación ni el criterio para gobernar. Por eso, que la política haya decepcionado no significa que cualquier reemplazo esté a la altura.
El espectro digital ha servido de trampolín para la banalidad de quienes confunden clicks con respetabilidad. Aunque los esquemas invertidos pretenden transformar en milagro el barro, los pueblos tienen un instinto inteligente y ponen cada cosa en su lugar.
Ahora que la procacidad exhibe niveles aspiracionales, vale la pena recordar que quienes encuentran en el insulto una vía de notoriedad terminan revelando allí mismo sus propias limitaciones. Confirman así por qué el proceso de formación y adiestramiento resulta indispensable para las tareas públicas, porque en múltiples oportunidades la ausencia de valores, sumada a vacíos existenciales, puede convertirse en fuente de amarguras eternas.
La desgracia de la era digital es que esa confusión trastorna mentalidades en la medida que ciertos exponentes se atribuyen una estelaridad sin relación con los núcleos decisivos de la sociedad, presumiendo una “principalía” lógica en su entorno, aunque se encuentren a mil kilómetros de las franjas determinantes en la definición de los criterios éticos y los valores consustanciales con la nación que todos aspiramos a construir.
Pero la tragedia de los insuficientes con ribetes aspiracionales es que no llegaron solos hasta allí. Recibieron la complicidad de muchos, gozaron de auxilios publicitarios, se les hizo creer que los likes se traducen en votos, se inflaron estructuras mediáticas, obviamos reaccionar ante sus faltas de respeto, callamos el insulto a capitales forjados con el trabajo decente. Por eso se presumen paladines.
Y, en su analfabetismo funcional y su desdén por el conocimiento, sienten que pueden someterse al concurso electoral de los ciudadanos. Desconocen aspectos básicos sobre economía, permanecen ajenos a la geopolítica, poco han procurado comprender la realidad migratoria y exhiben un conocimiento precario de la complejidad social que pretenden gobernar. Creerse “popular” en la procacidad no produce una aspiración política de respeto. Ojalá sea de verdad, y le cuenten los votos. Al final de cuentas, la sociedad lo pondrá de su tamaño.
Es innegable que las tareas públicas han sido descarriladas por reconocidos rufianes y corruptos. Ahora bien, pretender que esas fallas injustificables conviertan el descontento ciudadano en credencial suficiente para gobernar es una locura.
Fuente: Hoy

