El morbo en aumento, la devoción infinita por la vulgaridad y el placer orgásmico que produce en muchos conocer las falsas o ciertas vergüenzas y miserias ajenas, son instintos animales que sólo la educación, y la regulación de los medios y las redes, con aplicación de un régimen de consecuencias, pueden atenuar.
Destruida la familia tradicional -lo que elimina la educación doméstica-, deficiente la educación formal, digamos que el éxito del morbo y la maledicencia está garantizado.
Y con ese éxito, los humanos regresamos al árbol de nuestros antepasados, solo para atenuar nuestras propias miserias viendo las miserias de los demás.
Conocer las vergüenzas ajenas atrae mucho, y nótese que no hablo del interés por el ser humano en sí, sino de esa enfermiza necesidad de conocer y disfrutar de las miserias del otro, quizás, como forma de justificar las miserias propias.
No es casual. Mientras mayor es el vacío existencial de una persona, mayor es el disfrute y la necesidad consumir el morbo de la comunicación coprológica que las redes y los medios ofrecen.
Las redes sociales todas son la expresión de lo que realmente somos. Ni más, ni menos.

