Escrito Por: Josué Fiallo
En la primera entrega de esta serie, relaté cómo una reunión en Washington en 2013 me enseñó los fundamentos del método diplomático: preparación, coordinación, dominio del idioma. Lima, nueve años después, añadiría otra dimensión: cómo sostener la verdad cuando la desinformación intenta convertirte en enemigo.
Lima, 6 de octubre de 2022
A poco de iniciar la 52.ª Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos (OEA), estábamos sentados alrededor de una mesa pequeña en el segundo nivel del centro de convenciones de Lima, al pie de unas escaleras. Damaris Patrocinio y cuatro o cinco mujeres vinculadas a grupos religiosos dominicanos me esperaban a solicitud de la diputada Shoraya Suárez. Nos sentamos, ellas vigilantes, preocupadas; yo con la espalda hacia las escaleras, de frente a sus miradas.
El tono fue contenido, distinto al de sus apariciones públicas. Hablaron de sus temores sobre la familia, la niñez, la educación. No repitieron los ataques personales; se limitaron a criticar «la posición del Estado dominicano». Insistían en que se estaban avanzando posiciones extremas sobre temas que en verdad ni siquiera formaban parte de la negociación.
Les expliqué cómo se negocian estas resoluciones en la OEA. Cuál es el rol de los embajadores, de las misiones permanentes, de las cancillerías. Quién manda, quién instruye, quién redacta. Les dije algo que parece obvio pero que habían optado por ignorar: los embajadores no son francotiradores ideológicos; son ejecutores de mandatos. La unidad de posición del Estado no es opcional; es la única forma de que un país pequeño tenga voz en foros multilaterales.
Luego entramos en un tema específico que habían transformado en caricatura: las referencias a identidades sexogenéricas diversas. Ellas hablaban del «cambio de sexo» como una barbaridad inminente. Yo les planteé el problema real de las comunidades intersexuales en el sur de la República Dominicana, donde, por una variación genética en la enzima 5-alfa reductasa, algunos niños nacen con apariencia de niñas y luego desarrollan genitales masculinos. Les hablé de los estigmas, de los problemas de salud mental, de los dilemas legales sobre el estado civil. Les hablé de ciencia y de la naturaleza, no de caprichos o preferencias. No estaban preparadas para esa dosis de otra perspectiva.
Les mostré que esas preocupaciones estaban enfocadas en escenarios imaginados, mientras optaban por no ver a los seres humanos concretos que sí requieren atención del Estado. Les recordé que la promoción de los derechos humanos, con enfoques de igualdad y no discriminación, es un principio rector de nuestra política exterior. Eso no es traición a la familia; es cumplir con los tratados que el país ha firmado. Pero más que eso, era la esencia misma de ser dominicano: solidaridad, empatía, dignidad y amor.
Solo después de esa explicación pasé a otro plano. Les dije:
—Ahora me voy a dirigir específicamente a usted, doña Damaris. Usted me debe una disculpa. Yo tengo un nombre y una carrera; es lo único que tengo. Sus palabras, que se volvieron viral en redes sociales, han sido un atentado contra lo que durante casi veinte años he tratado de cultivar. Ha sido injusta. Usted pudo antes contactarme para aclarar cualquier duda, y prefirió hacer lo que hizo.
Se le quebró la voz. Lloró un instante. Dijo que no había pensado en las consecuencias, que se había indignado por lo que le informaron, que no imaginó el impacto en mi familia y mi entorno. Me pidió disculpas. El grupo guardó silencio.
Poco después, en sus redes sociales, publicó la foto que nos hicimos allí mismo y escribió un mensaje de reconocimiento. Ese mensaje lo vieron muy pocos comparado con el alcance del video dominical. Pero para mí cerraba un círculo: la verdad había sido dicha, la ofensa había sido reconocida.
Meses antes, nuestra Misión ante la OEA negociaba la resolución ómnibus de la Asamblea General. En la sección de derechos humanos reaparecían los temas habituales: derechos de las mujeres y las niñas, derechos sexuales y reproductivos, combate a la violencia de género. La discusión más sensible giraba en torno a la fórmula «mujeres y niñas en toda su diversidad».
El lenguaje que defendíamos no era nuevo. Era prácticamente el mismo que nuestro país, República Dominicana, había impulsado en 2019, cuando, en nuestra capital Santo Domingo, se aprobó la Declaración sobre la Igualdad y la Autonomía en el Ejercicio de los Derechos Políticos de las Mujeres. Lo que en 2019 fue orgullo, en 2022 se convirtió en escándalo.
El momento en que entendí que la discusión técnica se había transformado en espectáculo fue cuando varios amigos me reenviaron un video grabado en la iglesia El Buen Pastor. En él, Damaris Patrocinio había tomado el micrófono para «alertar» a la feligresía sobre lo que supuestamente estábamos a punto de aprobar: interrupción del embarazo en cualquier etapa, pérdida de la patria potestad, procedimientos de cambio de sexo en menores. Poco tiempo después apareció otro video en el que aparecía el Pastor Ezequiel Molina repitiendo lo mismo, y señalando a la ministra de la Mujer, Mayra Jiménez y a mí, como responsables de aquella ignominia. Para poner la tapa al pomo, una docena de diputados y diputadas convocaron a una rueda de prensa en las afueras del Hemiciclo para demandar del gobierno, una respuesta a la situación, no sin antes pedir nuestras destituciones. Nada de lo que argüían estaba sobre la mesa. Nada de eso formaba parte del texto que se negociaba en Washington.
Pocos días después recibí la llamada de monseñor Víctor Masalles, obispo de Baní. Quería saber si lo que había escuchado era cierto. Por lo que describía, supe que se trataba de la versión 3 de un texto que ya iba por la versión 7. En la OEA es normal que los primeros borradores se negocien entre delegados (funcionarios medios); los embajadores entramos cuando los textos están más maduros.
La frase que más me preocupó fue cuando me dijo que ya había hablado con el presidente de la República, quien —según él— se había mostrado sorprendido. El mensaje implícito era claro: se insinuaba que nos habíamos desviado de la línea autorizada. Le respondí que tenía información incompleta, que mi superior jerárquico era el canciller y que, si tenía inquietudes, lo responsable era canalizarlas por la Cancillería.
El tema ya había salido del circuito técnico y entrado al terreno donde los hechos son opcionales y la emoción es obligatoria. La Cancillería acabó emitiendo un comunicado público aclarando la situación.
Llegamos a la Asamblea General cansados, bajo presión. En la plenaria inaugural, la tensión tomó un rostro concreto. Una mujer trans dominicana se acercó desde atrás al asiento del canciller y se colocó de pie a su lado para saludarlo. La sesión ya había empezado; él no respondió de inmediato. Ella insistió, elevando la voz hasta que la sala la escuchó:
—Yo soy dominicana, y mi propia delegación me trata así, que ni siquiera me quiere saludar.
Caminé hacia ella, me incliné y le dije, en voz baja pero firme, que ese no era el momento: la sesión acababa de comenzar, el canciller debía mantener la atención en la plenaria, pero con gusto la recibiríamos fuera de sala. Al poco rato, el canciller se detuvo a conversar con ella. Fue cordial y respetuoso. La conversación fue breve, pero suficiente. Ella terminó por disculparse.
Habíamos desactivado, con unos pocos gestos, una escena que podía haber sido utilizada como símbolo de exclusión. Habíamos cumplido con un principio rector: respeto a la dignidad humana, la protección integral y el fortalecimiento de los vínculos con todos los dominicanos en el exterior, sin discriminación.
Mientras tanto, en un salón contiguo la negociación siguió su curso. La Cancillería decidió que debíamos inscribir una nota al pie al inicio de la resolución para marcar distancia sin romper el consenso general. Hablé con el canciller. Le dije que prefería redactarla yo. No estaba de acuerdo con la idea de la nota, porque la sentía como una fisura en una posición de principios que el país había defendido por años. Pero entendí la necesidad política del gesto.
Redacté la nota parafraseando el Preámbulo y los artículos 38 y 43 de la Constitución dominicana, subrayando el respeto a la dignidad humana como columna vertebral de nuestras posiciones. El equipo que había trabajado durante semanas quedó desmoralizado. Pero a pesar del ruido, ni una coma cambió en el texto sustantivo. La línea de fondo se mantuvo. Minimizamos el daño que representaba para nuestra imagen, alejarnos de nuestra posición histórica en el tema de derechos de las mujeres y las niñas.
Siete principios que aprendí en Lima
1. Escuchar incluso cuando te atacan con información falsa. No todo el que grita miente con malicia; algunos mienten por ignorancia. Hay miedos sinceros basados en lecturas fantasiosas. Escuchar no es ceder principios; es entender mejor el terreno.
2. Contener sin humillar. La mujer trans en la plenaria, Damaris en la escalera: cada situación exigía firmeza sin desprecio. El manejo de conflictos morales basados en información falsa requiere más paciencia que el manejo de conflictos técnicos.
3. Anclar cada palabra en seres humanos concretos. La conversación sobre personas intersexuales no fue teoría: era la vida de comunidades específicas (Salinas y Saladillo de la provincia Barahona). Hablar de ellas obligaba a que nuestro discurso se anclara en casos reales.
4. Leer biografías completas, no solo agendas. Damaris no es solo una activista religiosa; es una mujer que actúa desde convicciones morales sinceras. Entender eso permitió un diálogo donde antes solo había gritos.
5. Sostener la verdad con serenidad. Cuando pedí disculpas a Damaris no lo hice desde el enojo, sino desde la certeza de que mi nombre y mi trabajo merecían respeto. La verdad dicha con calma desarma más que la indignación.
6. Cuidar al equipo cuando la política los usa como moneda de cambio. El desánimo tras la nota al pie era comprensible. Parte del liderazgo fue contener, explicar, recordar que el texto sustantivo había resistido.
7. Separar lo profesional de lo personal sin traicionar ninguno. Defender una línea oficial con la que no estaba completamente de acuerdo me exigió claridad ética: lo profesional es mandato legítimo; lo personal es conciencia. La madurez consiste en honrar ambos planos.
Un llamado desde Lima
A quienes levantan la voz en nombre de causas morales, a las iglesias y a los medios: Es legítimo disentir de políticas públicas, cuestionar resoluciones, desconfiar de conceptos nuevos. Lo que no es legítimo es incendiar la conversación con afirmaciones falsas, atribuir intenciones inventadas, lanzar nombres propios a la hoguera sin verificar primero si lo que se dice tiene algún anclaje en la realidad.
Antes de convertir a alguien en símbolo del mal, vale la pena preguntarse: ¿sé de qué estoy hablando o solo estoy amplificando lo que alguien me contó? La democracia y el Estado de derecho que todos decimos defender se debilitan cuando normalizamos el linchamiento moral como método.
Les propongo un pacto: no convertir la desinformación en herramienta de evangelización. Si de verdad queremos construir un país donde convivan distintas visiones morales, necesitamos aprender a discrepar con verdad y con respeto. Eso significa verificar antes de acusar, preguntar antes de condenar, reconocer cuando nos equivocamos.
A quienes están del lado del Estado y a la próxima generación de servidores públicos: Lima deja una tarea clara: escuchar incluso cuando te están calumniando. La defensa de los derechos no puede depender solo de textos aprobados en salones solemnes. Necesita pedagogía paciente, relatos humanos, capacidad de explicar por qué un término en una resolución no es un arma contra nadie, sino un intento imperfecto de proteger a quienes casi nunca tienen voz.
El país necesita mecanismos permanentes de comunicación estratégica, canales institucionalizados para explicar a la ciudadanía qué hace el país en foros multilaterales y por qué. Necesita una política de vinculación ciudadana en la formulación de la política exterior, para que las posiciones del Estado no sean sorpresas que pueden ser tergiversadas.
No se cansen de explicar, de abrir espacios, de recibir ataques basados en mentiras con serenidad, de corregir sin humillar. La historia rara vez aplaude en tiempo real, pero acaba poniendo en su sitio a quienes defendieron la dignidad humana sin miedo al ruido fabricado.
La República Dominicana necesita un servicio exterior que no solo sea profesional en lo técnico, sino también en lo humano y en lo valiente. Que sepa defender posiciones con firmeza incluso cuando eso te convierte en blanco de ataques. Que entienda que la verdadera soberanía no es aislarse del mundo ni ceder ante presiones basadas en desinformación, sino participar en él con dignidad, con preparación y con la certeza de que defendemos valores que trascienden gobiernos y coyunturas: la dignidad de toda persona humana, el respeto al derecho internacional, la búsqueda de la paz.
Ese es el país que merecemos. Ese es el servicio exterior que debemos construir.

