Cuando la víctima termina convertida en culpable
Escrito Por: Clotilde Parra
No estoy convencida de que la muerte de una niña de catorce años que creyó encontrar en el río la manera de escapar de su agresor nos haya impactado lo suficiente. En cambio, constato en los comentarios en las redes sobre la tragedia la voracidad córvida de una sociedad deshumanizada.
Erigidas en tribunal, las redes no se cansan de preguntar sobre la conducta de la víctima, de atribuirle procederes poco infantiles y casi prostibularios; de cebarse en los padres, a quienes se condena sin apelación por su irresponsabilidad en la vigilancia de su hija; de burlarse sin ningún sonrojo del sufrimiento de tías, primas y otros familiares.
Quien apenas asoma –y siempre de perfil– es el hombre adulto autor del delito. Un hombre que confesó estar «enamorado» de la niña muerta y también de la que, herida, consiguió huir. Un hombre cuya edad iguala la edad sumada de sus dos víctimas.
Quien lea estos comentarios es inducido a concluir que el victimario es la víctima. Su delito se diluye en los juicios apodícticos sobre la negligencia parental, hacia la que se desplaza la culpa. Una moral social farisea hasta la náusea lo saca del foco.
El encuentro fácil de un chivo expiatorio no es casual ni episódico. Hunde sus raíces en una cultura que justifica la violencia en todas sus gradaciones mediante la anulación del contexto. De ese modo, los hechos ocurren en el vacío.
Como lo social no existe, apelamos a una idea fantasiosa y estática de familia que sirve de argumento a la acusación. Entronizada como modelo por la modernidad y su ideología, esta familia –nuclear, felizmente estructurada y clasemediera– es la coartada perfecta para no hacernos cargo de nuestra parte en el desastre.
Con esos falsos parámetros opinamos sobre las vidas deshechas de Yosnely y su compañera de infortunio. Preguntamos por qué los padres no controlaban de manera estricta –así, con todas sus letras– el horario en que ambas salían o entraban de casa, quiénes eran sus amigos y amigas, su rendimiento escolar o cómo fue posible que a los catorce y dieciséis años participaran en «una orgía». La conclusión no tarda: como ocurre con los «delincuentes» ejecutados por la policía, a estas niñas les faltaban «las reglas de papá y mamá». Ergo, los padres también deben estar presos en lugar de andar pidiendo justicia.
Lo que nadie cuestiona es la naturalización del abuso sexual contra menores, incluidos el incesto y la violación, los delitos más frecuentes. El victimario de Yosnely es un violador y feminicida, pero esto no es parte de la discusión pública.
Hagamos abstracción de los factores familiares (económicos, sociales, culturales y educativos) y aceptemos que los padres son corresponsables de la tragedia. Pero no escurramos el bulto y preguntemos también: ¿por qué el violador y feminicida no sentía culpa ni reparo moral de estar con dos niñas? ¿Por qué mató a Yosnely e hirió a la amiga si el encuentro sexual era consentido? ¿Por qué las revictimizamos en lugar de preguntarnos por él? ¿Por qué aceptamos su versión sin ponerla en duda? ¿Por qué y para qué construir una cronología de los hechos como si ignoráramos que germinan en una cultura social que les tiene la excusa servida?
Fuente: Diario Libre

