El presidente de Colombia y su candidato, Iván Cepeda, esperarán a los escrutinios, que toman varios días
Uno de los mayores temores de cara a las elecciones presidenciales de este domingo en Colombia se hizo realidad. El saliente presidente Gustavo Petro, motor político detrás de la candidatura del senador de izquierda Iván Cepeda, dijo que no reconoce los resultados de la jornada, o al menos no los del preconteo, el conteo rápido que hace la Registraduría Nacional del Estado Civil sobre lo ocurrido en las urnas. “No se puede proclamar ninguno presidente. Tranquilidad entre la ciudadanía”, dijo el mandatario al caer la tarde.
El mandatario de izquierdas es claro en no desconocer las elecciones en su totalidad, pues a partir de la mañana de este lunes se realizarán los escrutinios detallados que ha dicho que aceptará. La diferencia, 250.211 votos con el 99,98% de las mesas informadas, es de apenas el 0,96% del total de los votos, con De la Espriella sumando 12.958.004 votos y Cepeda 12.707.793. Son cifras muy similares a los 11.281.013 con los que Petro ganó la segunda vuelta de 2022 y un margen muy pequeño, cuando se cuentan 426.799 votos en blanco, 220.762 nulos y 29.499 no marcados.
El anuncio, en todo caso, no es sorprendente. Petro ha cuestionado desde hace años la manera en que la Registraduría encara la logística electoral. Esa institución, independiente del Ejecutivo, contrata a un privado para que elabore los tarjetones, distribuya el material electoral por el país y participe del conteo rápido o preconteo, que ocurre en los minutos siguientes al cierre de las urnas. En cada uno de los más de 13.742 puestos de votación, personal contratado por esa empresa revisa lo que reportan los jurados, lo transmite vía telefónica a una central y esta lo va incorporando a la base de datos que refleja los resultados en tiempo real. Es a partir de ese dato, sustentado en formularios que luego serán revisados en el escrutinio, que el país se informa de lo ocurrido. Y son la base con la que las campañas declaran la victoria o reconocen la derrota, y, en general, producen los efectos políticos inmediatos de una elección. Es a eso a lo que se ha negado hoy el presidente.
Hay una dosis de déjà vu. En la primera vuelta, Petro rechazó los resultados del preconteo que mostraban a De la Espriella por encima de su candidato. Minutos más tarde, Cepeda habló de “graves dudas” sobre los resultados, aunque a la mañana siguiente moderó sus cuestionamientos al decir que, tras una revisión, sus equipos no habían encontrado indicios de irregularidades sustanciales. El resultado final de los escrutinios, emitido el jueves siguiente, —hechos por jueces, notarios y registradores ante testigos de los diferentes partidos y candidaturas— mostró una diferencia del 0,06% frente al conteo rápido. Esta vez, el libreto se ha ajustado: Petro no ha hablado de fraude, pero ha pedido cuidar los escrutinios, y Cepeda ha anunciado que su equipo ya ha impugnado 33.000 de las 122.020 mesas.
Colombia, un país de larga tradición institucional y fe en las formas jurídicas, ha vivido elecciones apretadas y muy cuestionadas —1994, 1998 o 2014, entre otras—, pero todas las fuerzas políticas relevantes han terminado por aceptar los resultados. Hay, sin embargo, dos antecedentes que resultan especialmente relevantes en la biografía de Petro.
En 1970, un exdictador de origen militar y tendencia conservadora, Gustavo Rojas Pinilla, se lanzó a la presidencia con una plataforma populista que cuestionaba duramente el pacto de élites liberales y conservadoras conocido como el Frente Nacional, con el que se había puesto fin a una guerra civil no declarada llamada la Violencia. La noche del domingo electoral, Rojas superaba al candidato del Frente Nacional, el conservador Misael Pastrana. El Gobierno de turno suspendió la publicación de boletines ante la convulsión social que iniciaba, y al día siguiente aparecía arriba Pastrana. Rojas Pinilla y muchos de sus seguidores gritaron fraude, y de ese episodio surgió una guerrilla, el M-19, a la que perteneció Petro durante su juventud y de la que se desmovilizó en 1990, cuando todo el grupo entregó las armas y pasó a hacer política electoral.

El segundo antecedente es mucho más reciente y tiene menos de fraude y más de fallas técnicas del sistema. En las elecciones legislativas de 2022, el preconteo de la noche del domingo no reflejó la totalidad de los votos al Senado por el Pacto Histórico, entonces coalición y hoy partido de Gustavo Petro. El problema se debió a una falla en el diseño de los formularios y a una particularidad de la lista de esa colectividad de izquierda, que tenía un solo renglón, al tratarse de un listado con un orden predefinido, mientras la gran mayoría de partidos permitía votar por cualquier candidato, en el llamado voto preferente, que obligaba a tener hasta 100 renglones por cada partido. La casilla del Pacto quedó al final de una de las decenas de hojas de los formularios, lo que llevó a que en decenas de mesas no se transmitiera ese dato, aunque hubiera sido debidamente contabilizado. No se trató, sin embargo, de votos perdidos ni robados: el escrutinio corrigió la situación en los días siguientes, y la bancada del Pacto pasó de los 16 senadores que reflejaba el preconteo a 20 en el escrutinio final. Es, justamente, el funcionamiento normal de un sistema que tiene un preconteo informativo el domingo y una decisión oficial y formal días después, a través del escrutinio.
Petro parece tener ese precedente en mente. Esta misma mañana, antes de que se conocieran los boletines de la noche, reiteró que reconocerá lo que ocurra en el escrutinio. “Reconoceré lo que digan los jueces”, dijo al instalar las urnas, lo que podía sonar como una ratificación de confianza en un sistema en el que los jurados son más de 800.000 ciudadanos de todo tipo, las dos campañas desplegaron más de 266.000 testigos y los escrutinios quedan en cabeza de jueces, notarios y registradores. Sin embargo, para conocer el resultado de ese escrutinio, el país aún debe transitar algunos días de incertidumbre. En primera vuelta fueron cuatro días, en el balotaje definitivo aún no se sabe.
Medio siglo después de Rojas Pinilla, el hombre que empuñó un fusil bajo la sospecha de un fraude es quien, desde la Presidencia, pone en duda el mecanismo que esta misma noche señala una derrota para su proyecto político. La pregunta que queda abierta no es si Colombia aceptará finalmente los resultados —su historia reciente sugiere que sí—, sino qué eco tendrá la sombra que el propio Petro insiste en proyectar sobre ellos.
Fuente: EL PAIS

