La muerte atraviesa la vida cotidiana en barrios y campos del país con variaciones según estratos sociales, prácticas culturales y creencias religiosas. La muerte visibiliza las desigualdades sociales.
Escrito Por: TAHIRA VARGAS GARCÍA
La muerte atraviesa la vida cotidiana en barrios y campos del país con variaciones según estratos sociales, prácticas culturales y creencias religiosas. La muerte visibiliza las desigualdades sociales.
El estatus social determina la trascendencia o no de la muerte de una persona. La ausencia de equidad social se manifiesta en el derecho a la vida que se aleja según disminuyen los ingresos, acceso a bienes y vínculos políticos.
Entender como muere y vive la muerte nuestra gente en barrios y campos, favorece a una comprensión de nuestra cultura en sus raíces afrodescendientes reconociendo su diversidad.
La trascendencia de la muerte depende del origen social de quien muere. En contextos marcados por la inequidad, el derecho a la vida se reduce en la medida en que disminuyen los ingresos y el acceso a bienes básicos. Por eso, entender cómo muere la gente en los barrios y campos, cómo vive la muerte y cómo la celebra, permite observar la diversidad cultural y los arreglos comunitarios que sostienen la cohesión social.
En estos espacios, “las fronteras entre la vida y la muerte aparecen difusas con débiles trazos”. La muerte convive con lo cotidiano, especialmente entre jóvenes que ven morir amigos, vecinos o “panas” a manos de la policía, de otros jóvenes o por violencia doméstica. Esta presencia constante genera una doble respuesta: la normalización del riesgo y la intensificación del presente. Muchos jóvenes, conscientes de la fragilidad de la vida, buscan “sacar lo máximo”, viviendo con urgencia y sin proyectarse a largo plazo.
La cultura popular no solo enfrenta la muerte: la celebra. Los rituales —los nueve días, el mes, el cabo de año— mezclan lo sagrado y lo profano, el dolor y la alegría, en una tradición de raíces afrocaribeñas. En estas celebraciones se entrelazan rezos, cantos, baile de palos, trance, dominó, comida, bebida y expresiones intensas de dolor. El duelo no es íntimo ni silencioso; es colectivo, corpóreo y compartido. Los gritos, llantos y convulsiones no se reprimen: se consideran parte legítima del proceso.
La comunidad juega un papel central al crear un tejido social de apoyo en las actividades de celebración de la muerte. Así como se comparten remedios caseros y estrategias de sobrevivencia, también se comparte la muerte. El duelo es un acto comunitario que reafirma cohesión y solidaridad.
Desde la antropología cultural, estas prácticas revelan pautas de interacción social y contenidos simbólicos profundos. Reconocer la celebración de la muerte en su diversidad implica una mirada desprejuiciada que permita comprenderla. En la cultura popular, la muerte no es solo final: es también vínculo, resistencia y continuidad de la vida.
Fuente: Hoy

