Militantes bolsonaristas ante la huida de Flávio Bolsonaro a Florida: “Hizo lo correcto. Si no, iría preso”

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Mato Grosso, donde el ultra ganó con el 66%, es parte del Brasil que crece impulsado por el sector agropecuario, donde triunfa la derecha conservadora

Todavía no han dado las ocho de la mañana, pero la capital más calurosa de Brasil alcanza ya los 31 grados. Bienvenidos a Cuiabá, Mato Grosso, territorio bolsonarista. El senador ultraderechista Flávio Bolsonaro ganó en este estado por goleada (66% frente al 34% del presidente Lula) gracias al apoyo del muy pujante sector agrícola y a votantes como João Gomes, zapatero, 59 años. En estos tiempos de polarización, la bandera de Brasil que cuelga en el humilde local donde arregla zapatos le proclama como un orgulloso derechista. Los bolsonaristas más fieles al patriarca, como él, recibieron con la misma sorpresa que el resto de sus compatriotas la salida clandestina del senador Flávio Bolsonaro hacia Estados Unidos dos días después de perder las presidenciales con 60 millones de votos. Les parece una reacción lógica. “Hizo lo correcto, si no, iría preso”, explica.

Preguntar en Cuiabá a votantes de Bolsonaro sobre la fuga —o viaje, según desde qué flanco se aborde el asunto— indica que la tropa del bolsonarismo justifica la llamativa decisión de su candidato de instalarse en el extranjero tras incumplir la orden judicial de entregar sus pasaportes. Si se sienten desconcertados o huérfanos, no lo admiten.

Los bolsonaristas abrazan la narrativa del derrotado, que se apoya sobre dos pilares: las elecciones fueron robadas y a Bolsonaro hijo, que es investigado por corrupción, pero no ha sido acusado de ningún delito, no le quedaba más opción que salir de Brasil para eludir una implacable “persecución política por parte del Tribunal Supremo”. Basta ver, argumentan, cómo está Jair Messias Bolsonaro, preso y sin poder comunicarse con sus seguidores.

Marivaldo Luis, un taxista de 53 años, coincide en la sorpresa que supuso ver a Flávio Bolsonaro desembarcar con su familia en Florida en un avión privado tras una operación de despiste y desinformación. “Pero, si se queda en Brasil, lo meten preso para usarlo como moneda de cambio”, dice mientras espera en una plaza de Cuiabá donde sus seguidores celebraron una fiesta-mitin en vísperas de los comicios. Ni el presidenciable ni ninguno de sus grandes aliados se dejaron ver en esta ciudad en la que el bolsonarismo arrasa. La barrendera Itamara Lima, de 34 años, presenció la fiesta escoba en mano. Ella, que también votó por Bolsonaro, se enfadó al saber de la fuga. Pero ya se le ha pasado. Apostó por el ultra porque opina que paga demasiados impuestos y porque “Lula está dando prioridad a las mujeres para que tengan más hijos y se queden en casa sin hacer nada”.

Cuiabá y Mato Grosso son parte del Brasil de derechas y conservador encandilado por el anterior presidente. Un Brasil lejano de los centros tradicionales de poder y que crece impulsado por la soja y la agropecuaria. Aquí prima la estética vaquera y se escucha mucho sertanejo (el country brasileño).

El zapatero deja claro que a Flavio solo lo vota por ser hijo de Jair, que es quien de verdad le gusta. El clan le atrae por los principios que defiende: “Dios, patria, familia y porque está contra el aborto y esa ideología de género”. Nacido en Ceará, en el nordeste empobrecido, emigró hace décadas a esta tierra cada vez más próspera. Con tres cosechas anuales (una de soja y dos de maíz), la economia de Mato Grosso es la que más ha crecido en este siglo, casi el triple de la media nacional. Los camiones que llevan el grano hacia la costa para ser embarcado a Asia forman colas kilométricas.

Una réplica de la estatua de la Libertad de Nueva York ante una tienda de Sinop, epicentro de la soja, en Mato Grosso, en 2021.Victor Moriyama

Cuiabá es tan calurosa que pocos se aventuran a desplazarse a pie. Y pese a que la sensación de seguridad es muy superior a otras ciudades brasileñas, casi todas las viviendas y tiendas están protegidas por verjas. Y ofrece contrastes peculiares. En una céntrica avenida, una farmacia que recibe a la clientela con un cartel que proclama: “Confiamos en Dios”. En la acera de enfrente, el sex shop Amor de luxo.

Tanto el zapatero como el taxista repiten que las elecciones fueron un fraude. Usan el mismo argumento que bolsonaristas de todo Brasil. Su tesis es que, que vistas las multitudes que acudieron a los mítines de Flávio por todo el país y los espectaculares resultados obtenidos por los principales nombres de la derecha —diputados con millones de votos o los 26 puntos de ventaja en São Paulo—, la derrota de Bolsonaro resulta inexplicable, imposible. Poco les importa que el presidente del Tribunal Superior Electoral, un juez nombrado por Bolsonaro padre, certificara que el izquierdista Lula ganó al senador de derechas por cuatro millones de votos. Y que en las dos horas extras que tanta confusión y nervios generaron solo votaron 34.000 electores.

El Partido Liberal, el de los Bolsonaro, y sus principales aliados han reconocido la victoria de Lula e intentan reorganizarse, pero ya asoman las fisuras. El senador derrotado, mientras, difunde una carta golpista desde Florida, en la que se compara con De Gaulle y con María Corina Machado. Añade que ejercerá la oposición desde Estados Unidos, sugiere que podría presentarse de nuevo a las presidenciales y elige un culto evangélico como su primer acto público desde que Trump lo recibió en sus dominios.

Reflejo de la trascendencia de estas elecciones para Brasil y para el planeta, la travesía que protagonizaron unos indígenas de Mato Grosso, los Guató, para pronunciarse en las urnas. Viajaron siete horas a bordo de cuatro lanchas por el río Pantana, según G1, desde la aldea hasta su colegio electoral, en Corumbá, en la frontera con Bolivia y Paraguay.

Junto a la potente industria del agro, estas tierras aún producen oro. A lo largo de la carretera que lleva a los turistas al Pantanal, el humedal de agua dulce que acoge una muy diversa fauna, se ven los montículos que dejan los residuos de la minería. Lejos quedan los tiempos en que era la actividad furtiva y manual que Sebastião Salgado retrató para el mundo. “Ahora es todo acorde con la ley y el medio ambiente”, dice un local.

En esta tierra en la que arrasa la derecha, Bruno, de 64 años, votó por Lula con dos cosas en mente. La primera, su pensión. “El año que viene, me jubilo. Con Lula, me garanticé que no cambia nada. ¿Y si Bolsonaro cambiaba las reglas? ¡Demasiado arriesgado!”, explica. Bruno es testigo y protagonista de cómo ha mejorado la vida por aquí, en el Brasil profundo. Un cambio radical en pocas décadas que resume así: “Antes aquí no podíamos ni comprar una bici, vivíamos en chozas de paja”, cuenta al volante de una moderna camioneta que pertenece a sus jefes.

Vista aérea del Pantanal, cerca de Corumbá, Mato Grosso, durante los incendios de 2024.Ueslei Marcelino (REUTERS)

Ahora se gana la vida como conductor de turistas. Pero como tantos por aquí ya fue garimpeiro, buscador de oro furtivo. “Mire, yo estoy muy agradecido a Lula porque conseguí comprar una casa, pagarla a plazos. Antes los pobres no tenían cuenta en el banco, no conseguían comprar nada. Solo los ricos entraban al banco”, recuerda. Evangélico, cuenta que el pastor de su Iglesia predica que “el evangélico no puede votar a la izquierda, pero yo creo que a estas alturas ya somos libres para decidir”.

Lejos del cálculo meticuloso del PL, que busca su lugar con Flávio a 6.000 kilómetros, la militancia bolsonarista ya tiene favorito para ocupar el vacío dejado por Bolsonaro hijo. Un nombre destaca desde hace meses sobre cualquier otro como el futuro de la derecha brasileña, Nikolas Ferreira, que acaba de conquistar un segundo mandato con más votos (tres millones) que cualquiera de sus pares. Orgulloso cristiano y homófobo militante, tiene 30 años, dos hijas, un bebé en camino y 25 millones de seguidores en redes. “Es joven, pero tiene muy buena cabeza. Dice la verdad, no tiene miedo”, apunta el taxista.

Los fans de Ferreira tienen presente que en 2030, en las próximas elecciones, aún no habrá alcanzado los 35 años que la ley requiere para concurrir a la Presidencia. A corto plazo el horizonte anda de lo más revuelto con dos Bolsonaros instalados en Estados Unidos (Flávio y Eduardo); otros cuatro, listos para desembarcar en el Congreso en 2027 (con Michelle, la esposa del patriarca, a la cabeza) y el gobernador Tarcísio de Freitas, de São Paulo, coqueteando con una candidatura presidencial. La militancia asiste al show mientras reza para que el Bolsonaro original recupere la libertad. Ahora digieren la derrota en privado, no como en 2022, cuando tomaron las plazas frente a los cuarteles.

Fuente: EL PAIS