Miguel Díaz-Canel, el administrador de los restos de la Revolución cubana

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El presidente cubano, a la sombra de Raúl Castro, apenas ha sido capaz de impulsar reformas en la isla, que bordea el colapso, y afronta la amenaza de Estados Unidos aferrado a la resistencia

Miguel Díaz-Canel se emociona con el puño en alto ante cientos de activistas de la izquierda europea y latinoamericana congregados en el centro de convenciones de La Habana, como se ve en un vídeo días antes de la llegada de un cargamento de ayuda humanitaria, mientras corean “Cuba no está sola”. Este viernes, se le ve haciendo el saludo militar entre trompetas y banderines de Cuba ante miles de personas reunidas en la llamada tribuna antiimperialista, entre la embajada estadounidense y el Malecón, para mostrar apoyo a Raúl Castro, de 94 años, que acaba de ser acusado por un tribunal de Estados Unidos por dar la orden de derribar dos avionetas de una organización anticastrista en 1996 en el que murieron cuatro personas.

Entre las dos escenas han pasado dos meses y Díaz-Canel, de 66 años, ha cambiado la americana y la camiseta por el traje verde olivo de inspiración castrense que viste como líder del Consejo de Defensa Nacional en catástrofes, actos solemnes y emergencias. Su discurso ya no es tanto el de la “resistencia creativa” como el del “genocidio” y la “brava resistencia a cualquier tipo de subordinación al imperio”. En dos meses, el país ha seguido recorriendo el camino del colapso por la vía rápida del asedio energético impuesto por Donald Trump desde el 29 de enero, que ha sumido a la población en la negrura de los apagones de días y los cortes de agua, de la parálisis del transporte, de la compra de alimentos a precios que equivalen al salario de un mes.

A esa realidad se suma la incertidumbre sobre el destino del país, que enfrenta unas presiones, sanciones y hostilidades de Estados Unidos cada vez más intensas y aceleradas. Nadie sabe si cuajará alguna solución en el diálogo entre ambos países, ni tampoco si se consumará la amenaza de una intervención militar estadounidense. Entre tanto, en el sufrimiento de la ciudadanía brota con fuerza la indignación.

Como presidente, Díaz-Canel es el rostro institucional del sistema, la figura visible de un poder dictatorial que lleva mandando en Cuba 67 años. Desde que llegó al cargo, en 2018, ha afrontado el deterioro galopante de la economía del país sin hacer apenas cambios, capeando sucesivas crisis y también catástrofes, desde la sanitaria de la covid a un accidente de avión, pasando por las mayores protestas ciudadanas en décadas, en julio de 2021, varios apagones totales en la isla, el corte del petróleo venezolano y el implacable cerco energético de Trump, quien ya había reintroducido las cláusulas más duras del embargo de décadas en su primer mandato, y que ha vuelto en el segundo con la idea de “tomar Cuba”.

Miguel Díaz-Canel participa en una manifestación en apoyo a Raúl Castro.@DiazCanelB

Pero el momento más complejo para el régimen, con una amenaza existencial, es este. Llega en un momento no solo de desastre económico y humanitario, también por parte de la ciudadanía hay un descrédito y un rechazo tan profundos hacia el Gobierno que muchos solo esperan su caída, de la forma que sea, incluida la militar. La mayoría de los cubanos en La Habana expresan que quieren y necesitan un cambio ya.

En la opacidad de la estructura de poder del régimen cubano, es difícil discernir cuánto decide, qué margen de maniobra tiene y de qué es responsable Díaz-Canel, colocado siempre a la sombra de Raúl Castro. Cuando fue designado presidente, Díaz-Canel —nacido en Placetas, provincia de Santa Clara, en el centro de la isla— suscitó ciertas expectativas de apertura y reforma, que se veían como necesarias después del acercamiento que había habido entre Raúl y Barack Obama. Tenía sentido, puesto que es de otra generación —más joven, criada y educada ya en la Revolución— diferente a la de los hermanos Castro y de sus compañeros de armas en los cincuenta, y porque no viene del mundo militar. La trayectoria de Díaz-Canel dentro del sistema le llevó a tener responsabilidades desde joven en las estructuras locales y luego nacionales del aparato comunista, pasando por todo tipo de cargos, siglas y comités en un recorrido que le llevó décadas de metódico escalar revolucionario. Pero pronto disipó esas esperanzas y eligió como lema político “somos continuidad”.

“Es una frase fatal, a ningún político en ningún país del mundo le va a ir bien con ‘soy más de lo mismo”, dice Michael J. Bustamante, profesor de Estudios Cubanos en la Universidad de Miami. “También parece haber querido calmar a la generación histórica, decirles que él no es ningún Mijaíl Gorbachov [el líder ruso que llevó a cabo la perestroika en la URSS] y que no suponía una ruptura”. Como apunta el analista y exdiplomático cubano Carlos Alzugaray, ese continuismo “fue su suicidio político, porque lo que se le pedía era implementar una serie de reformas ya aprobadas, y no fue capaz de hacerlo, dejándolas en manos de burócratas que no querían aplicarlas”. Una de las más importantes que sí acometió, aplazada por su predecesor, Raúl Castro, fue la de eliminar la dualidad monetaria entre el peso y el peso convertible, y resultó un fracaso con deficiencias técnicas que impactó de lleno en la ya maltrecha economía de las familias.

La duda con respecto a cuánta influencia y poder retienen Raúl Castro y su entorno cobra más fuerza cuando Estados Unidos tiene como uno de sus interlocutores en el diálogo entre ambos países al nieto del viejo general, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias El Cangrejo, poco expuesto públicamente y que no desempeña ningún cargo formal. Aunque fue Díaz-Canel quien anunció que existía esa negociación y que él participaba en ella, no está claro cuál es su papel si es que tiene alguno.

Miguel Díaz-Canel y Raúl Castro en la Plaza de la Revolución, en La Habana, el 1 de mayo de 2025.Ramon Espinosa (AP)

El hecho de que ahora Washington haya posado su mirada en Raúl con la incriminación judicial muestra la importancia que le conceden a su figura, incluso aunque fuera solamente simbólica. “Díaz-Canel no es un títere, tiene grandes poderes, pero Raúl Castro tiene capacidad de veto en las políticas estratégicas”, explica el politólogo cubano Arturo López-Levy, para quien el gran error de Díaz-Canel es “permanecer a la sombra de Raúl, porque ha limitado su proyección como hombre de cambio”. Y la palabra cambio es hoy clave en Cuba.

Díaz-Canel ha ahondado su cercanía a él, como cuando el jueves, el día de la acusación formal contra el nonagenario, dijo que lo siente “como un padre”: “Para mi Raúl ha sido ante todo un maestro, un jefe que compromete y cuyos pasos uno trata de seguir cada día”. El cierre de filas con el expresidente se escenificó ante miles de personas el viernes, cuando la incriminación abre la vía para justificar una intervención al estilo de la que hizo Estados Unidos al llevarse a Nicolás Maduro de su cama y trasladarlo a una cárcel de Nueva York. “Han salido todos a defenderlo como si quisieran decirle: ‘yo no soy la Delcy Rodríguez de Cuba, y eso es porque mientras viva sigue teniendo influencia”, interpreta Bustamante.

Díaz-Canel es un presidente que “no ha podido presentarse al país como alguien capaz de impulsar una agenda política o económica propia, aunque para ser justos, su mandato no ha sido un camino de rosas: desastres naturales, pandemia, pérdidas del petróleo venezolano incluso antes de enero”, dice Bustamante. Menos ahora, cuando su Gobierno tiene ante sí el descomunal desafío de una Casa Blanca impredecible y más agresiva que nunca, y ya son décadas de embargo y antagonismo, y de una ciudadanía exhausta y desconectada del régimen, al que muchos ven como un grupo de privilegiados que se enriquece a costa del país mientras la gente sufre.

El liderazgo borroso de Díaz-Canel coincide también con el agotamiento de la idea de la Revolución como modelo económico y social, que está en crisis desde hace décadas. El sistema ha tardado 60 años en transmitir el poder a una generación distinta de la de los Castro, apunta López-Levy. Ahora que el deseo de cambio y de transformación política son enormes, “el disenso se ha multiplicado, pero el sistema aplica la misma lógica de hace 40 años, como si siguiera teniendo a esas mayorías de las primeras décadas, aquel capital político”, explica Fabio Fernández Batista, profesor de Historia de Cuba de la Universidad de La Habana.

Miguel Díaz-Canel durante una reunión con miembros del convoy Nuestra América, que llevó ayuda humanitaria, el 20 de marzo.Adalberto Roque (via REUTERS)

¿A qué Cuba le habla Díaz-Canel cuando pide “resistencia creativa”? Se lo dice a los que llevan años en una crisis económica estructural, con reformas postergadas o incompletas, que ven cómo hay tiendas en las que solo se puede pagar en dólares a los que ellos tienen difícil acceso. Y en medio del asedio energético, a quienes no duermen por el calor y los mosquitos sin ventilador, a los padres que se turnan para no cenar y que el niño tenga desayuno al día siguiente, a los que tienen que aprovechar cuando vuelve la corriente, aunque sea de madrugada, para lavar y cocinar antes de que regrese la oscuridad, a los que tienen que cocinar con carbón o leña.

El jueves, Díaz-Canel dijo en X: “La nueva agresión nos ha unido más y elevado el honor, la dignidad y el sentimiento antimperialista”. Este discurso llega cuando en la calle muchos en la isla abrazan la idea de una intervención de Trump como única forma de avanzar hacia una transición política. Incluso aunque eso ponga en jaque la soberanía, que Díaz-Canel menciona con frecuencia. “Yo no como soberanía”, dice uno de los pocos taxistas que aún pueden trabajar en La Habana, con la gasolina racionada o comprada en el mercado negro a 10 dólares el litro. “¿Para qué la quiero? Soberanía es atender al pueblo. ¿Qué soberanía tenemos en un país donde te meten preso por pensar diferente?”, insiste con enfado.

La onda expansiva de las protestas del 11 de julio de 2021, las mayores desde los años noventa, llega hasta hoy, y ha marcado el mandato de Díaz-Canel. Él fue la cara visible de la represión, iniciada después de que el presidente pronunciara esta frase: “La orden de combate está dada, a la calle los revolucionarios”. En los días y semanas posteriores hubo más de un millar de presos políticos. “Está claro que ese llamado le tocó hacerlo a él, pero la decisión no fue suya, sino del grupo de poder de Raúl Castro, los militares”, dice la intelectual cubana Alina Bárbara López, quien el 18 de cada mes se manifiesta por la amnistía de los presos políticos. “Sin embargo, eso marcó un antes y un después, porque la imagen que quedó perjudicada fue la suya, su desgaste como figura política, que ya era grande, fue mucho mayor”. Esos “revolucionarios” eran “la policía y los órganos de seguridad del Estado salieron con palos y bates y golpearon”.

Estados Unidos no ha concretado qué quiere conseguir con esta intensa política punitiva hacia Cuba. El secretario de Estado de EE UU, Marco Rubio, ofreció esta semana a los cubanos una “nueva relación” y dijo que “lo único que se interpone en el camino hacia un mejor futuro son quienes controlan el país”, dando a entender que busca no solo un cambio económico radical, sino la caída del régimen. “¿Van a arrestar a un hombre de 94 años? Ya todos conocen el guion, Raúl Castro debe estar viviendo en un búnker. Por otro lado, la economía cubana necesita reformas, dinero y tiempo, pero no está claro qué quieren los estadounidenses, todos los escenarios son muy complicados para la Casa Blanca”, comenta Bustamante.

protestas en cuba
Personas protestan frente al Capitolio de Cuba, en La Habana, el 11 de julio de 2021.Ernesto Mastrascusa ((EPA) EFE)

En el caso del Gobierno cubano, surge la duda de si hay un plan más allá de la resistencia, que cada vez es más difícil de mantener frente a la obcecada agresividad de Trump. Apenas ha hecho concesiones desde que se anunció que había un diálogo en marcha, pero el tiempo, han podido ir ganando debido a que Washington se embarcó en la guerra de Irán, juega en su contra. En la lógica del régimen, “hay unas tenazas históricas que dificultan el pacto con Estados Unidos sin que se vea como una rendición, hay algunos en el sistema dispuestos a la inmolación, y en ese sentido se parecen más a la dirigencia iraní que a la venezolana, viven bajo el paradigma de la Revolución”, explica.

Como gobernante, Díaz-Canel apenas ha sido capaz de mostrar un perfil propio, como si se encargara de administrar con retórica lo que queda de la Revolución, en un discurso en el que se va quedando solo. El plan parece aguantar lo que venga. “Su acierto ha sido procurar encontrar una salida a la crisis cubana socavando las medidas coercitivas de Estados Unidos y simplemente sobrevivir”, afirma el politólogo López-Levy, quien advierte de que “todo el que ha subestimado la capacidad de supervivencia del régimen se ha equivocado”. El viernes, Díaz-Canel publicó un vídeo en X con música épica e imágenes de fondo del acto de la tribuna antiimperialista, en el que dice: “Hemos venido a defender a Raúl porque Raúl es la patria, Raúl es Cuba”. En esa lógica, queda claro qué quiere salvar Díaz-Canel. La pregunta es dónde quedan los cubanos.

Fuente: EL PAIS