Miedo, alegría y esperanza: 8 meses en los albergues para inmigrantes de Nueva York

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Un reportero y un fotógrafo comparten una mirada al interior del sistema de acogida de Nueva York, revelando las luchas, los temores y el impulso de salir adelante de quienes los habitan.

Escrito Por: Luis Ferré-Sadurní

Hace dos años, cuando los primeros autobuses con inmigrantes procedentes de la frontera sur llegaron a Manhattan, parecía poco más que una maniobra política. Si Nueva York quería ser una ciudad santuario, el gobernador republicano de Texas estaba encantado de ayudar enviando autobuses llenos de inmigrantes.

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Nadie podría haber previsto lo que ocurriría después.

Poco más de 225.000 migrantes han llegado a la ciudad de Nueva York desde 2022. Se han gastado más de 6000 millones de dólares en una serie de refugios que se convirtieron en el mayor sistema de alojamiento de emergencia para migrantes del país.

Cientos de hoteles y edificios de oficinas vacíos que fueron muy impactados por la pandemia encontraron una nueva vida adaptados como refugios. Campos de béisbol y almacenes se convirtieron en dormitorios tipo barracas para alojar a migrantes provenientes de países como Venezuela, Perú, Marruecos y Sudán.

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Los cambios fueron más allá del esfuerzo por alojar a la gente. La política también cambió. Nueva York se vio envuelta en la ira nacional por la inmigración que ayudó a Donald Trump a reconquistar la presidencia.

Los votos por el presidente electo aumentaron en una ciudad que solía ser hostil con él, y la afluencia hizo que el alcalde Eric Adams, demócrata, reconsiderara uno de los principios fundamentales de la ciudad: que debe proporcionarle una cama a cualquiera que necesite alojamiento.

A security officer stands alongside a fence surrounding a tent shelter in Brooklyn.
La afluencia de migrantes creció tan rápidamente que la ciudad tuvo que recurrir a levantar grandes instalaciones temporales de tiendas de campaña.

Las protestas callejeras se convirtieron en parte habitual de la apertura de nuevos refugios; quienes se oponían hablaban de episodios violentos en algunos de ellos y un desorden frecuente en las aceras del exterior.

Pero incluso con la crisis migratoria afectando a la ciudad, gran parte de ella seguía oculta a la vista del público: la vibrante existencia dentro de los refugios.

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A partir de febrero, The New York Times tuvo acceso exclusivo a ocho centros de acogida de inmigrantes de Nueva York para documentar la vida en esas instalaciones, siguiendo los trayectos de cinco familias y otros cuatro solicitantes de asilo de siete países distintos. Sus odiseas constituyen un capítulo singular de la historia de Nueva York, intensificando las tensiones que suelen surgir con cada nueva oleada de inmigrantes, incluso cuando revitalizan y diversifican la ciudad.

Varios neoyorquinos se han sentido alienados por la presencia visible de los inmigrantes: madres con niños que venden dulces en el metro; hombres con motos deambulando por aceras abarrotadas; todos ellos beneficiarios de recursos públicos que, según los críticos, podrían invertirse en otra cosa.

A man stands in between two knee-high cots, his hand adjusting a small lamp inside a shelter in Brooklyn.
En el punto más alto del éxodo hacia la ciudad de Nueva York, los migrantes estuvieron durmiendo brevemente frente al Hotel Roosevelt, en el área de Midtown. Cuando la ciudad comenzó a crear refugios temporales para lidiar con la afluencia y las protestas empezaron a aumentar, las familias fueron trasladadas a zonas de tiendas de campaña y dormían en catres estilo militar, apiñadas en pequeños cubículos con delgadas divisiones.

Sin embargo, muchos de los que están en los refugios están llenos de gratitud por una ciudad que les ha dado cobijo, una mesita de noche, un catre sencillo. Y están decididos a salir, a volverse autosuficientes y contribuir al país al que escaparon.

Lo que vendrá después, para ellos y para la ciudad, es incierto.

Trump ha prometido reforzar de manera agresiva la frontera entre Estados Unidos y México y comenzar a hacer deportaciones masivas, medidas que podrían tener un profundo efecto en los migrantes de la ciudad y que tienen a muchos en vilo.

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De hecho, la cantidad de migrantes que entran en Nueva York ha disminuido de manera constante desde hace meses, lo que ha provocado el reciente cierre de algunos albergues.

No obstante, la ciudad más grande del país sigue albergando a unos 55.000 migrantes; suficientes para poblar una ciudad pequeña. La historia que comenzó con la llegada de autobuses procedentes de Texas hace dos años sigue impactando a Nueva York, provocando alteraciones e ira y caridad y compasión.

Y sigue desarrollándose cada día, casi siempre sin ser vista, en el vestíbulo de un hotel de Midtown.

The lobby of the Roosevelt Hotel, now used as an intake center for migrants, is filled with rows of chairs, some occupied by families awaiting their assignments.
El centro de llegadas del hotel Roosevelt está supervisado por la Corporación de Salud y Hospitales, que también gestiona otros refugios de emergencia de la ciudad, incluidos los gigantescos complejos de tiendas de campaña.

Al principio, hubo caos.

Tras aquellos primeros autobuses vinieron muchos otros, a medida que los inmigrantes llegaban en coches y aviones y de cualquier forma que pudieran. Lo que empezó como una maniobra publicitaria rápidamente se tornó en una crisis.

Los funcionarios de la ciudad respondieron con medidas provisionales: zonas de tiendas de campaña en Randall’s Island, hoteles convertidos en refugios, una terminal de cruceros transformada en alojamiento.

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En mayo de 2023 se intentó imponer más orden. La ciudad llegó a un acuerdo multimillonario con el hotel Roosevelt, cerca de la terminal Grand Central, que en ese momento estaba cerrado, para convertirlo en un centro de llegada, la primera parada de los inmigrantes que bajaban de los autobuses procedentes de la frontera.

El centenario hotel no tardó en pasar a ser conocido como la nueva isla Ellis.

Mientras la ciudad se esforzaba por encontrar camas suficientes aquel verano, cientos de migrantes durmieron brevemente fuera del hotel. Fue una imagen ampliamente compartida que ilustraba el alcance de la crisis.

A view skyward, with the Roosevelt Hotel marquee and two American flags visible in the lower left.
El hotel Roosevelt, nombrado así en honor del expresidente Theodore Roosevelt, se convirtió en un inesperado símbolo de la crisis migratoria de la ciudad.

Desde entonces, las operaciones se han vuelto más fluidas. En el vestíbulo, cuyo colorido se desvaneció hace tiempo, se escuchan incesantes charlas en español, francés y árabe mientras inmigrantes desorientados, y a menudo sin dinero, son entrevistados por trabajadores contratados; luego se les hacen exámenes médicos y finalmente se les asigna un albergue.

La ciudad también ha abierto un centro para ayudar a los inmigrantes a presentar solicitudes de asilo y de permisos de trabajo temporales.

La mayoría proceden de América Latina: los venezolanos representan el 35 por ciento de las personas que la ciudad ha acogido desde 2022; seguidos por los ecuatorianos, alrededor del 18 por ciento; y los colombianos, alrededor del 9 por ciento. No obstante, también han llegado migrantes de lugares tan lejanos como Afganistán, Angola, Eritrea, Irán e incluso Rusia.

Muchos fueron enviados a refugios en otros lugares de la ciudad. Unos pocos fueron trasladados al norte del estado como parte de la estrategia de descompresión del alcalde. Algunos terminaron quedándose en una de las 1025 habitaciones del Roosevelt.

Interior pictures of a room and a hallway of the Roosevelt Hotel, with a Russian family of four living in a two-bed room.
Two small figurines sit on top of a headboard under a black and white historical photo of the Roosevelt Hotel.
A Russian woman in a blue dress holding four takeout food boxes walks down a dimly lit hallway in the Roosevelt Hotel.
Anastasiia Antipkina y Dimitrii Tsesarev intentaban mantener la pequeña habitación ordenada, alineando sus zapatos deportivos junto a la puerta y guardando maletas detrás de las camas. Intentaron convertirla en un hogar colocando fotos familiares y artículos religiosos de Rusia.

Una tarde reciente, Anastasiia Antipkina, de 37 años, equilibraba en sus manos cuatro cajas de lasaña fría de la cafetería improvisada en el antiguo restaurante del hotel, que en algún tiempo sirvió hamburguesas y martinis.

Recorrió el pasillo del piso 11, que olía a humedad, y entró en la habitación que ha sido el hogar de su familia de cuatro miembros durante casi un año, desde que salió de Rusia.

Viktoriia, de 15 años, ya estaba haciendo sus deberes de geometría en una de las dos camas matrimoniales que los padres comparten con sus dos hijos. Aún se percibía un olor a humedad debido al moho que había sido recubierto de yeso.

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Ivan, de 3 años, siempre llenó de energía, perseguía un juguete de control remoto en el reducido espacio mientras su padre, Dimitrii Tsesarev, de 39 años, trataba de relajarse después de su turno trabajando como electricista en Brooklyn.

La familia forma parte de los más de 3300 rusos que han pasado por el sistema de centros de acogida de la ciudad.

CreditCredit…
A Russian family living at the Roosevelt Hotel goes through its bedtime routine.
Women prepare to row a boat on the East River in another photo.
En el refugio, la familia rusa ha destacado entre miles de latinoamericanos. Sin embargo, se han integrado en la vida de la ciudad, inscribiendo a su hija en la escuela y en un club de remo.

Ellos también cruzaron la frontera sur, luego de llegar a México en vuelos procedentes de Bielorrusia, Georgia e Israel, tras haber dejado clandestinamente su hogar en Kaliningrado, un pequeño enclave ruso situado entre Polonia y Lituania.

La familia explicó que huyeron de Rusia cuando el presidente Vladimir Putin comenzó a tomar medidas contra quienes estaban en desacuerdo con la guerra de Ucrania. En busca de atención médica adecuada para la enfermedad autoinmune de Antipkina, terminaron en Nueva York en mayo de 2023.

The Russian parents take their youngest child on a walk in Manhattan, the child hoisted on her father’s shoulders.
“Nueva York no era una ciudad a la que estuviéramos planeando mudarnos”, dijo Antipkina en ruso. “Existe un mito de que Nueva York es un lugar sucio”. Su esposo respondió, “La suciedad está ahí, pero te acostumbras. De verdad me gusta Nueva York”.

Están decididos a echar raíces en la ciudad, tal vez encontrar un lugar en Harlem, pero no han podido ahorrar suficiente dinero para el alquiler debido a los altos costos del cuidado de los niños.

Sin embargo, están haciendo avances.

Viktoriia ha ganado dos premios a la Estudiante del Mes y ha retomado su pasión por el remo, uniéndose a un club que practica en el río Harlem. Su madre ha estado dividiendo su tiempo entre tres empleos, incluyendo un trabajo de mercadeo a distancia que la obliga a empezar a trabajar a las 2:00 a. m., sentada en el inodoro del baño mientras su familia duerme.

CreditCredit…

El primer hotel que se convirtió en albergue de inmigrantes fue el Row NYC, que en su día fue un hotel de cuatro estrellas en Times Square que se anunciaba como “más Nueva York que Nueva York”.

El hotel fue reconvertido a finales de 2022, cuando Adams declaró que la población de los albergues tradicionales para personas sin hogar había llegado a un “punto de quiebre” tras absorber a más de 16.000 solicitantes de asilo. La ciudad estaba obligada a alojar a las personas sin hogar, incluyendo a los nuevos inmigrantes, en virtud de un antiguo mandato legal conocido como derecho al albergue.

Ante la necesidad de conseguir más espacio, la ciudad negoció un acuerdo inicial de 40 millones de dólares con el Row, que se encontraba en apuros económicos debido a la pandemia. El hotel recibió 190 dólares por habitación por noche para alojar a familias migrantes con niños en sus 1331 habitaciones.

Roughly two dozen migrants, including children, sit in the Roosevelt Hotel lobby to await a shelter assignment.
William Henao sentado junto a sus hijos, mientras esperan a que se les asigne un albergue tras llegar al Roosevelt, en febrero. Para muchos migrantes, pasar varias veces por el Roosevelt se convirtió en una práctica habitual.

Para cuando el ritmo de las llegadas de migrantes empezó a superar los 2000 cada semana el año pasado, más de 100 hoteles se habían convertido en albergues.

Los contratos con la ciudad —por un total de hasta 1040 millones de dólares— se convirtieron en una bendición para los hoteles que se recuperaban de la caída del turismo tras la pandemia y cubrían una necesidad crítica de camas para migrantes, aunque se llegó a crear una escasez de habitaciones para algunos viajeros.

A migrant father walks two of his children across a Manhattan street after they return from a Bronx school.
Aproximadamente uno de cada cinco hoteles de Nueva York fue convertido en un albergue. Desde el Bronx hasta el corazón de Manhattan, los albergues se convirtieron en salvavidas tanto para la industria hotelera como para muchos migrantes.

Alrededor de dos decenas de hoteles del centro de Manhattan salieron de la oferta turística, transformándose en insólitos refugios a la vista de todos. Algunos han atraído una atención desmesurada debido a una serie de robos cometidos este año en Times Square, que la policía ha atribuido a un pequeño grupo de migrantes que viven en los hoteles.

En una fría tarde de marzo, una familia colombiana se abrió paso entre otros inmigrantes que fumaban en el exterior del hotel Watson, en la calle 57 Oeste. Entraron en su vestíbulo transformado, mostrando sus identificaciones de refugio a un guardia que estaba detrás de un mostrador de madera en el que antes los huéspedes preguntaban por entradas para el teatro.

A mother and father sit with their son and daughter on a hotel bed with large wooden squares on the wall behind them.
A father and daughter sit on orange subway seats as a their subway car passes through a station in the window behind them.
Brown sheer curtains cover a window on either side of a dying plant.
Para orientarse en la ciudad durante sus primeras semanas, la familia Henao dependió de su hijo Luis, quien aprendió rápido. Los padres empezaron rápidamente a buscar trabajo y encontraron una iglesia en Manhattan a la que asistir los domingos.

Recorrieron un pasillo del segundo piso, donde una habitación del hotel estaba siendo utilizada para almacenar artículos gratuitos para bebés, y pasaron por delante de folletos que explicaban cómo los inmigrantes podían obtener tarjetas MetroCards para el metro e inscribir a sus hijos en la escuela.

Era la segunda semana de la familia en Nueva York, pero los padres ya estaban solicitando permisos de trabajo y empleos. Aun así, Ingrid Henao, la madre, no podía desprenderse de un sentimiento de culpabilidad ocasionado por el hecho de que su estancia en el hotel, ubicado entre los rascacielos de la zona de Billionaires’ Row, estuviera financiada por los contribuyentes estadounidenses.

Recibían servicio de lavandería gratuito. A veces la ropa llegaba doblada a la habitación. También contaban con servicio de limpieza. Henao, incómoda, a veces no dejaba que las mucamas limpiaran la habitación.

A girl works on her homework in a hotel room on a desk while her brother embraces her from behind.
A man selling different items in small bags rests his hand against a pole in a New York City subway station.
A mother and son hug in a hotel lobby with a large hallway that wraps around behind them.
En el transcurso del último año, la familia fue trasladada de un hotel a otro. Las familias tienen permitido permanecer en los refugios por hasta 60 días antes de tener que mudarse y hacer una nueva solicitud.

“Nos están malacostumbrando”, dijo Henao. “Esa no era mi idea. Yo no salí de mi país en las condiciones que salimos para venir a esto”.

La familia abandonó Colombia tras recibir amenazas de una banda que, según lo que dijeron, exigía dinero a cambio de protección poco después de que los padres abrieran un pequeño restaurante en la ciudad de Pereira. Los padres vendieron su casa y viajaron hasta aquí con sus dos hijos y poco más.

A woman and man embrace after getting married at the New York City Marriage Bureau with a photo of City Hall behind them while another woman takes a photo to their right in the foreground.
Ingrid y William Haneo se vistieron de blanco para intercambiar anillos de boda cerca del Ayuntamiento. Aunque llevaban juntos más de una década, se casaron en Nueva York para poder solicitar asilo como familia.

Durante el último año, los padres han tenido diferentes empleos en restaurantes, con William, el padre, horneando empanadas y vendiendo cacahuates en el metro, hasta que consiguieron empleos más estables como limpiadores. Los niños, Luis, de 11 años, y Antonella, de 4, están inscritos en la escuela, y los padres incluso se casaron en el Ayuntamiento luego de haber estado 15 años juntos, una medida popular entre las parejas no casadas que quieren agilizar sus casos de asilo.

A group of six men, both sitting and standing, talk to each other outside of a warehouse.
Grupos de hombres migrantes suelen pasar el tiempo afuera de algunos de los refugios más abarrotados. Algunos intentan ganar dinero vendiendo comida que preparan en pequeñas estufas de gas y ofreciendo cortes de pelo.

Para junio de 2023, los migrantes habían elevado el número total de personas sin hogar que estaban en los albergues por encima de los 100.000 por primera vez en la historia de la ciudad.

Los hoteles y los refugios tradicionales no podían seguir el ritmo de los solicitantes de asilo que llegaban atraídos por la promesa de alojamiento gratuito. El alcalde, clamando por ayuda federal, consideró la posibilidad de alojar a los inmigrantes en crucerosgimnasios escolares e iglesias.

La ciudad también recurrió a los edificios de oficinas vacíos, adjudicando contratos de emergencia sin licitación a promotores inmobiliarios y otros contratistas que, en algunos casos, tenían conexiones políticas con el alcalde.

En un tramo industrial de Long Island City, en Queens, unos desarrolladores convirtieron un almacén en un espacio de oficinas con modernas ventanas de suelo a techo en 2020, pero después de la pandemia el edificio tuvo dificultades para encontrar inquilinos.

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En 2023, la ciudad llegó a un acuerdo para convertirlo en un refugio que albergara hasta 1000 adultos inmigrantes, o “huéspedes”, como los miembros del personal prefieren llamar a quienes se encuentran en esas instalaciones.

La planta baja se equipó con casetas que ofrecían servicios jurídicos y médicos. Se instaló un salón con sofás y televisores, no lejos de la cafetería donde los inmigrantes reciben comidas gratuitas, como un desayuno de manzanas, panes y leche.

Elimane Tambedou, de 29 años, ha estado viviendo en el cuarto piso, durmiendo en uno de los cientos de catres con sábanas delgadas donde los hombres descansan, unos a pocos metros de otros, con sus pertenencias metidas en maletas junto a sus camas.

A man smiles as he puts on a salmon colored prayer robe in a room of cots.
A group of men stand on a soccer field talking to the police.
Two hands seen from above eat a bagel and apple.
Elimane Tambedou pasaba la mayor parte de sus días fuera del refugio, a veces jugando fútbol con otros migrantes. Oficiales de policía intervinieron una tarde en que se elevaron las tensiones entre los hombres y unos neoyorquinos que tenían permisos para usar la cancha. “¡Deberían jugar entre ustedes!”, dijo uno de los oficiales. “¡No pueden, les da miedo!”, respondió uno de los hombres africanos.

Pero rara vez está adentro, salvo cuando entra a rezar, aferrando su rosario sobre una pequeña alfombra, las únicas pertenencias que trajo de Senegal, país que representa el 5 por ciento de los migrantes en los refugios.

Suele sentarse afuera, en la acera, releyendo un libro de texto de agricultura o un libro africano que promete revelar los secretos de la prosperidad financiera. O se queda mirando fotos de todo lo que dejó atrás: los campos de berenjenas que cultivaba, las gallinas y el pavo que criaba.

“Adentro, si estoy solo, pienso en otras cosas, en mis pensamientos, en los problemas que tenía con mi madrastra y en por qué no puedo llevarme bien con mi padre”, dijo en francés. “Mi vida anterior”.

Dos veces a la semana, va caminando al LaGuardia Community College para tomar clases de inglés. Y algunas tardes juega fútbol con otros inmigrantes en una cancha cercana. Su uso ahora está en discusión, luego de un reciente enfrentamiento con una liga benéfica local.

An aerial photo of a large warehouse next to a highway in Brooklyn.
La autopista Brooklyn-Queens rodea de cerca a un centro de acogida en Hall Street que se ha convertido en un punto de tensión entre los vecinos. Un tiroteo cerca de ahí conmocionó al barrio de Clinton Hill a principios de año.

Desde Staten Island hasta el Bronx, las tensiones han estallado a mayor escala en cada lugar donde se ha abierto un nuevo albergue: entre los ciudadanos, los activistas que denunciaban las condiciones de vida en los centros de acogida y los padres molestos por el uso de los gimnasios escolares.

Eso ocurrió en Brooklyn, donde las autoridades de la ciudad comenzaron a pagar al menos 20 millones de dólares al año al propietario de un complejo de oficinas remodelado junto al Astillero Naval de Brooklyn para albergar a 3000 inmigrantes, uno de los mayores albergues de la ciudad.

Las quejas sobre la calidad de vida aumentaron entre los vecinos cercanos al albergue de Hall Street, y una serie de incidentes violentos —incluido un tiroteo que la policía investigó como relacionado con pandillas—, generó exigencias de que se redujera su tamaño.

En el interior de un espacio vacío que iba a convertirse en una instalación de cotrabajo, miles de hombres duermen ahora en catres. Se instaló wifi, así como sitios para el lavado de pies para los inmigrantes musulmanes y tiras que brillan en la oscuridad para que puedan orientarse cuando las luces se apagan a las 10:00 p.m.

Una noche de marzo, Aldryn Zea comenzó un meticuloso ritual que había perfeccionado en su tránsito por los refugios.

A man in a black jacket stands outside on a sidewalk next to a red suitcase. A red light is reflected on his face.
a jacket and construction hat are placed on a bed while a man kneels beside the bed. There are also grinch slippers under the bed.
A man dressed in a black t-shirt and neon green shoes looks in the mirror in a public restroom.
Aldryn Zea volvió a regañadientes al sistema de refugios en marzo, luego de haber podido pagar un departamento propio por un breve período. En el albergue de Hall Street generalmente prefería estar solo, saliendo temprano y regresando tarde de su trabajo en la construcción.

Desinfectó el colchón que le habían asignado con un limpiador perfumado y metió sus artículos de aseo dentro de una toalla. Las pantuflas de Grinch iban debajo del catre, junto a sus botas y su casco de construcción. Sus papeles de inmigración quedaron guardados bajo el colchón.

Zea, de 34 años, comentó que había huido de Venezuela hacía más de un año, tras haber sido golpeado por un grupo paramilitar por participar en protestas contra el gobierno del país.

Por una breve temporada, tras conseguir un trabajo en construcción en el que cobraba 22,50 dólares la hora, pudo pagar un departamento de 600 dólares al mes en el Bronx. Pero la carga de trabajo disminuyó en el invierno, lo que lo obligó a volver a regañadientes al sistema; un camino común entre los migrantes que intentan salir adelante en una ciudad costosa como Nueva York.

“Quiero aspirar a más”, dijo Zea, en español. “Quiero salir de aquí lo más rápido posible”.

A family hugs at an airport while holding gold and red balloons.
Zea se reunió con su pareja y su bebé en mayo. El encuentro se produjo en el aeropuerto de Newark, pocos días después de que cruzaran la frontera sur hacia El Paso, Texas. La familia se trasladó a albergues familiares en Brooklyn y el Bronx.

Se fue a dormir pensando en su pareja y su bebé, a quienes había dejado atrás. Unos meses después iría a su encuentro con globos en el aeropuerto de Newark.

Dos pisos más arriba, Roger Miranda, otro venezolano, era una de las personas con mayor edad que estaban en el sistema, con 67 años; menos del 1 por ciento de los inmigrantes tienen más de 65 años.

No tenía dinero ni familiares en la ciudad, pero el personal del centro de acogida no tardó en descubrir que ese hombre diminuto y siempre bien educado también era un artista consumado, concentrado en su oficio.

The silhouette of a man looks out a window at the skyline.
A man paints on a large canvas in a makeshift studio next to his bed in a former warehouse.
An older man and a woman take a selfie with a cellphone in front of paintings.
Trabajadores de la ciudad ayudaron a Roger Miranda a montar una exposición para mostrar su arte en el refugio de Hall Street. El artista venezolano comentó que se sentía inspirado por gigantes del arte como Picasso y Fernando Botero.

Pintor y profesor de arte con dos doctorados, Miranda emprendió la peligrosa caminata a través de Latinoamérica solo —“y con Dios”, apunta— para culminar la “investigación del arte universal” en la que había invertido toda su vida.

“Era de vida o muerte llegar a Estados Unidos”, dijo Miranda en octubre. “Iba a morir en el anonimato”.

El albergue permitió que Miranda montara un pequeño estudio junto a su catre. Pasaba los días pintando lienzos, utilizando pinturas y pinceles donados, así como materiales que compra con dinero en efectivo que otros migrantes le han dado.

Para él, a diferencia de otros, abandonar el refugio no era algo prioritario.

Three women walk on a former runway under a large white tent structure.
La ciudad construyó una zona de tiendas de campaña en un antiguo aeropuerto de Brooklyn para alojar a familias migrantes. El albergue de tiendas se convirtió en un refugio para 500 familias, pero también recibió críticas. Un grupo de legisladores bipartidistas presentó sin éxito una demanda para intentar bloquear su apertura, mientras que los activistas de inmigración argumentaban que las condiciones de vida en el refugio eran inhumanas.

En octubre de 2023, mientras llegaban 600 inmigrantes al día, las autoridades recurrieron a una opción menos deseable: dormitorios gigantescos en carpas, de los que se utilizan en las misiones de ayuda en catástrofes, que fueron instalados en un antiguo aeródromo de un remoto rincón de Brooklyn.

La ciudad construyó los dormitorios en el Floyd Bennett Field a pesar de las protestas y las críticas por lo inadecuado y aislado del lugar. Se encontraba en una zona propensa a inundaciones junto a la bahía de Jamaica y a unos 40 kilómetros del centro de Manhattan.

Three children sit in the middle of a long hallway, surrounded by white doors.
Las familias del albergue dormían en un laberinto de pequeños cubículos. Los niños recorrían los estrechos pasillos en motos. Algunos padres dejaban las puertas abiertas para socializar con los vecinos. El murmullo constante del ruido y la actividad daba vida al refugio, pero también era fuente de quejas de algunos migrantes a quienes les costaba trabajo dormir por la noche.

Pero a pesar de todo, en la vieja pista de aterrizaje surgió una miniciudad.

Cuatro carpas gigantescas se convirtieron en un laberinto de cubículos con catres, separados por divisiones de poco más de dos metros de altura destinadas a ofrecer cierta intimidad a 500 familias. Otras tres carpas albergaban una sala de correo, asistentes sociales y una cafetería, donde los niños pequeños venezolanos conviven con los niños asiáticos acompañados de los resonantes ritmos de la salsa.

En medio de la cacofonía de actividad, una tranquila familia de tres miembros de Ecuador estaba allí desde marzo, dentro de un austero cubículo. Compartían un teléfono celular y la Biblia que llevaron a Estados Unidos.

A family sits on a plastic floor while making bracelets.
Large white tents on a former airport runway while the sun is setting behind the new york city skyline.
A family sits at a long black table in a large white tent.
Una familia indígena de Ecuador, los Guambiango, había tenido dificultades para adaptarse a la expansión urbana de Nueva York. En el refugio, los padres preferían dormir en el suelo. Apilaban los catres, creando espacio para sentarse en círculo con otros compatriotas indígenas que conocieron ahí. De no haberlo hecho, “habría muerto de soledad”, dijo la madre.

La Biblia, dijo el padre, Alberto Guambiango, fue “lo único que no me robaron” durante el viaje.

Procedentes del altiplano andino, donde vendían coloridos productos textiles antes de huir de la violencia y del desplome de las ventas, la familia se sentía fuera de lugar en Nueva York.

En su primer día de trabajo, Guambiango se perdió durante cinco horas en el metro y llegó al refugio al amanecer, temblando y asustado. Tuvo que memorizar sus dos horas de trayecto hasta el restaurante de Roosevelt Island donde trabajaba lavando platos, utilizando sus ingresos para pagar la deuda de 18.000 dólares que tenían con los familiares que pagaron a los contrabandistas para que los ayudaran a cruzar la frontera.

A woman, man and their daughter become emotional and cry while sitting at a long black table in a large white tent structure.
Alberto Guambiango rompió en llanto en la cafetería del refugio al relatar la discriminación que dijo que experimentó por parte de otros hispanos que conoció en Nueva York.

Los ecuatorianos son la segunda nacionalidad más numerosa en los refugios, pero la familia Guambiango también era indígena, lo que los convertía en una minoría dentro de los hispanos de la ciudad. Su lengua materna no es el español, sino el kichwa, que es un dialecto quechua y fuente de una gran marginación.

Tras la elección de Trump, la familia empezó a buscar un piso de alquiler con otras familias inmigrantes, entre rumores de inminentes redadas de inmigración. A principios de este mes, la ciudad anunció que cerraría el complejo antes de la toma de posesión de Trump y reubicaría a los migrantes en otras instalaciones, ante la preocupación de que el presidente electo pusiera en la mira al refugio, que se encuentra en terrenos federales.

CreditCredit…

“No estamos tranquilos”, dijo en noviembre Nicolaza Criollo, la madre. “La gente está desesperada para salir de aquí”.

Al final del pasillo, una familia china —una de las pocas que hay en un refugio dominado por los hispanohablantes— hizo de su compacto alojamiento un colorido hogar..

A mother and daughter hug next to their bed with purple sheets and in front of a wall of drawings done by a child.
A fish swims in a small fishbowl next to a container of fruit and watches hanging on the wall by plastic forks.
A little girl is carried by her mother while her father walks next to her outside of a large white tent.
Una de las pocas familias chinas en el refugio de Floyd Bennett Field no solo destacaba por su origen étnico, sino también por las coloridas decoraciones en su cubículo. Los padres, Huang Jiliang y Guo Yanxia, mantenían entretenida a su hija Huang, de 3 años, con manualidades y actividades artísticas.

Sus paredes estaban cubiertas de recortes en forma de corazón y acuarelas brillantes, creaciones artísticas de Huang, su hija de 3 años. Sus padres consiguieron un colchón para sustituir los rígidos catres de estilo militar, y construyeron un dosel con sábanas. La habitación rebosa de botanas compradas en Chinatown.

La familia, cristianos practicantes de la provincia de Fujian, dijo que huyeron el pasado octubre y cruzaron la frontera entre Estados Unidos y México en enero para escapar de la persecución religiosa.

“En China, a menudo nos sentimos incómodos y ansiosos en nuestra propia comunidad, pero en Estados Unidos tenemos más libertad”, dijo en mandarín Huang Jiliang, el padre, de 33 años. “Podemos decir lo que queramos, y hay una sensación de tranquilidad y comodidad”.

Boys play soccer outside under a cloudy sky next to a large tent complex on a former airplane runway.
Los niños convirtieron la vieja pista de aterrizaje en un patio de recreo improvisado. Jugaban al béisbol, montaban en bicicleta y perseguían balones de fútbol en el exterior, jugando junto a los ruidosos generadores que daban energía al refugio y los remolques donde se duchaban las familias.

A diferencia de los ecuatorianos, la familia china pudo salir del refugio en julio, tras una estancia de seis meses. Están alquilando un departamento compartido en Flushing, Queens, donde Jiliang consiguió un trabajo instalando aparatos de aire acondicionado, mientras su esposa, Guo Yanxia, cuidaba de Huang.

También encontraron una iglesia a la que pueden asistir.

A woman in a gray shirt and blue jeans rests her head against her closet in a hotel room.
Un subconjunto de las familias inmigrantes que viven en el sistema de acogida son madres solteras con hijos.

Más de 170.000 de los 225.000 migrantes que la ciudad ha acogido desde principios de 2022 han abandonado el sistema.

Algunos pudieron encontrar una vivienda permanente, luego de haberse quedado en los albergues durante meses o incluso un año. Miles fueron desalojados después de que la ciudad empezara a limitar las estancias a 30 o 60 días para los adultos solteros. Otros abandonaron Nueva York, desilusionados por las perspectivas laborales o atraídos por mejores oportunidades en otros lugares.

Aproximadamente el 80 por ciento de quienes permanecen son familias con niños —unas 42,000 en total—, lo que complica los esfuerzos de cerrar los refugios sin dejarlos en la calle. Pueden quedarse hasta 60 días antes de tener que irse y volver a solicitar una extensión de su estadía.

Algunas de estas familias son madres solteras con hijos, quienes se ven especialmente perjudicadas por la falta de acceso fácil a guarderías que les permitan trabajar.

A large gray building with dozens of windows that have white curtains. In one photo, a pair of pants is hanging.
A mother in a red shirt and jeans sits on a park bench next to her daughter in a green shirt and black pants. The daughter is also wearing rollerblades.
Two stuffed animals sit between pillows in front of a green headboard.
Jennifer Escalona se sentía atrapada en el refugio del Holiday Inn. No podía salir fácilmente a buscar trabajo porque no tenía quién cuidara de sus hijos. Dentro del hotel, sentía una constante sensación de vigilancia y describía a los trabajadores como excesivamente estrictos y groseros.

La situación se convirtió en un estrés que lo consumía todo para Jennifer Escalona, de 36 años, madre venezolana que llegó con sus dos hijos en mayo tras escapar de una pareja abusiva en Denver, poco después de emigrar de Venezuela el año pasado.

Inscribió a sus hijos en la escuela, pero no tenía con quién dejarlos durante las vacaciones de verano, lo que limitó su búsqueda de trabajo. La familia rara vez se alejaba de su habitación de una sola cama en un Holiday Inn de Long Island City, donde viven 900 inmigrantes. Otros dieciocho hoteles cercanos también se han convertido en refugios.

Con solo unos pocos dólares en la cartera, Escalona se sentía especialmente desamparada cuando sus familiares en Venezuela le pedían dinero. Se escondía en el cuarto de baño para llorar sin que sus hijos la vieran.

“Yo no soy mujer de salir a la calle y pedir”, dijo. “Yo no vine a vivir del gobierno por dos años”.

A mother and her son and daughter stand in an elevator bank in a hotel.
Wilson, de 12 años, pasaba la mayoría de los días jugando con su teléfono, mientras Antonella, de 11, liberaba parte de su energía contenida patinando afuera del hotel.

A pesar de su gratitud por el alojamiento gratuito, se volvió cada vez más paranoica dentro del refugio. Describió una sensación de vigilancia constante, lamentó las restricciones para llevar comida a su habitación y especuló con que las comidas rancias del refugio la habían enfermado. Esa situación formaba parte de las quejas recurrentes entre los residentes del refugio.

También empezó a sentirse mal recibida en Nueva York, donde dijo que se estereotipaba a los venezolanos por los delitos que habían cometido algunos inmigrantes recientes.

“No todos somos iguales”, dijo. “Todos no podemos pagar por una persona”.

Deseosa de un cambio, aceptó la oferta permanente de la ciudad para tomar un transporte pagado de vuelta a Denver, un esfuerzo por descomprimir el abarrotado sistema de albergues. Más de 47.000 migrantes han salido en vuelos y autobuses pagados por la ciudad.

Los funcionarios de la ciudad han intentado diferenciar los boletos de ida del programa de autobuses de Texas que provocó la afluencia en Nueva York, pero los paralelismos son inconfundibles.

A man in a white prayer robe and white hat stands in a large white tent next to dozens of cots.
Un refugio de tiendas de campaña en Randall’s Island, donde cientos de hombres desesperados dormían en catres contiguos, encapsulaba la escala y la urgencia de la crisis migratoria.

Pocos refugios fueron percibidos tan negativamente como uno que se encontraba lejos de la vista de la mayoría de los neoyorquinos: un dormitorio de tiendas de campaña construido en Randall’s Island, una franja de terreno principalmente recreativa en el East River.

Las tiendas, del tamaño de un campo de fútbol americano, han experimentado lo que, según los críticos, son todos los efectos adversos de la crisis migratoria: un tiroteo mortalun apuñalamientouna redada policial y campamentos de personas sin hogar. La presencia del refugio también irritó a los neoyorquinos que utilizaban los campos de atletismo sobre los que se construyeron las tiendas.

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Pasando los detectores de metales y la zona de teléfonos para llamadas internacionales, el albergue era hogar de inmigrantes adultos que dormían en interminables hileras de catres, como si acabaran de ser desplazados por una catástrofe natural.

Pero el complejo de tiendas de campaña, que en un momento llegó a albergar a más de 3000 personas, quizá sea el ejemplo más crudo de desplazamiento humano masivo, donde se muestran rastros de humanidad a pesar de unas condiciones poco ideales.

Pocos encarnaron esa humanidad mejor que Moussa Sall, un carismático mauritano de 33 años originario de África Occidental, quien se convirtió en el alcalde de facto del albergue durante los siete meses que vivió allí.

Men in red practice jerseys stretch their legs under a large blue bridge on a soccer field.
A man dressed in a black work uniform vacuums a red carpet in a doorway.
A man in a striped shirt touches the colored bracelets on another man in a green shirt while sitting outside.
Moussa Sall, un migrante de Mauritania, hacía las veces de enlace entre el personal de Randall’s Island y los migrantes que necesitaban ayuda con traducciones. “Ellos no entienden inglés y yo no estoy trabajando”, dijo en abril. “No me voy a quedar en la cama”.

Su dominio de cinco idiomas —árabe, inglés, francés, pulaar y wolof— lo convirtió en un traductor muy solicitado entre los inmigrantes africanos que intentaban frenéticamente comunicarse con el personal para hablar de sus problemas legales, de vivienda y de trabajo.

Pero fue su voluntad de ayudar a otros inmigrantes —a pesar de sus propias luchas— lo que lo convirtió en una de las personalidades más conocidas del refugio.

“Soy musulmán, y no es solo por el orgullo”, dijo tras ayudar a dirigir un servicio de oración musulmán para inmigrantes en abril. “Alguien me ayudó a mí también. Cuando ayudo, soy feliz”.

A close-up photo of a man’s hands with a ring on one of the hands with a clear gemstone and silver band.
La hermana de Sall le envió un anillo de metal desde Mauritania “como protección” en Nueva York, dijo. Sus familiares le enviaron una túnica de oración blanca.

Dijo que abandonó Mauritania el año pasado a instancias de su madre, después de que la policía matara a su hermano, y que gastó 9000 dólares para llegar a la frontera sur volando a través de Costa de Marfil, Turquía, España y Colombia.

Cuando llegó a Nueva York dormía en el metro, antes de entrar en el sistema de centros de acogida y quedarse en Randall’s Island durante meses, incapaz de encontrar un empleo sin permiso de trabajo. A menudo, no podía digerir la comida del refugio y pasaba días sin comer hasta que su familia le enviaba dinero para comprar pollo y arroz en una tienda al otro lado del río.

Tras meses de estancamiento, Sall logró un breve avance.

Consiguió un trabajo cocinando en un restaurante halal de Brooklyn, donde le pagaban 13 dólares la hora (menos que el salario mínimo), seis días a la semana, y ganaba lo suficiente para enviar algo de dinero a su madre.

People walk across the bridge connecting Manhattan with Randall’s Island with a blue sky and clouds above them.
Sall intentaba ocultar sus problemas en el refugio a sus familiares de Mauritania. A veces le mentía a su madre diciéndole que estaba bien, incluso cuando llevaba días sin comer.

Lo trasladaron a otro refugio de Brooklyn, empezó a buscar un apartamento y contrató a un abogado de inmigración. Sin embargo, hace poco dejó su trabajo tras ser tratado injustamente, dijo, y está estancado de nuevo.

En cualquier caso, Randall’s Island pronto dejará de necesitar un alcalde de facto: como el número de llegadas de inmigrantes sigue disminuyendo, la ciudad ha anunciado que cerrará el refugio de tiendas de campaña en febrero.

Fuente: The New York Times