La maternidad ocupa un lugar central en la cultura dominicana. Es símbolo identitario, eje emocional y motor económico, visible en el masivo flujo de remesas enviadas cada Día de las Madres…
Escrito Por: TAHIRA VARGAS GARCÍA
La maternidad ocupa un lugar central en la cultura dominicana. Es símbolo identitario, eje emocional y motor económico, visible en el masivo flujo de remesas enviadas cada Día de las Madres y en la presencia histórica de madres y abuelas como sostén de las familias. Este peso cultural tiene raíces afrocaribeñas e indígenas, donde la figura materna se asocia a la fertilidad, la madre-tierra y la transmisión de la sabiduría ancestral. Esta valoración convive con una profunda ambivalencia social: mientras se exalta a la madre, también se le vulnera y sataniza.
Las familias monoparentales matrifocales —madres con hijos/as o abuelas-madres-nietos—, que constituyen una estructura histórica en nuestro país, siguen siendo estigmatizadas. Se les denomina erróneamente “familias de madre soltera”, cargando sobre ellas prejuicios que las responsabilizan de problemas sociales como la delincuencia o el embarazo adolescente, pese a evidencias de ausencia relación causal. Esta culpabilización tiene su origen en la cultura patriarcal autoritaria, reforzada por la hegemonía religiosa, que insiste en la figura masculina como eje de autoridad y estabilidad.
La escuela reproduce este estigma. Las madres adolescentes enfrentan discriminación, burlas y violencia psicológica por parte del personal docente y directivo. Aunque muchas continúan estudiando gracias a redes de apoyo formadas por madres, abuelas, suegras o vecinas, los centros educativos no ofrecen condiciones adecuadas para su permanencia, continúan excluyéndolas desde distintas expresiones.
Otras maternidades también son condenadas: las madres que emigran al exterior, juzgadas por “abandonar” a sus hijos mientras buscan ingresos; madres trabajadoras sexuales, doblemente estigmatizadas por su actividad económica; las madres insertas en el mercado laboral; e incluso las víctimas de violencia que deben salir del hogar para preservar su vida. Todas son etiquetadas como “malas madres”, mientras la irresponsabilidad paterna permanece invisibilizada.
A esta ambivalencia se suma una dimensión crítica: la vulneración del derecho a parir con dignidad. El parto, acto profundamente humano, requiere acompañamiento, respeto e información. Sin embargo, muchas mujeres —especialmente migrantes y jóvenes pobres— paren en condiciones indignas, con miedo a acudir a los hospitales por riesgo de ser apresadas o maltratadas. Algunas mueren desangradas en sus casas o en los montes, dejando recién nacidos expuestos a la morbilidad y mortalidad. Resulta imposible celebrar el Día de las Madres sin sentir el dolor de quienes intentan ser madres y no se les permite hacerlo con seguridad y respeto.
La maternidad en la República Dominicana es diversa y atravesada por desigualdades. Superar la ambigüedad social hacia ella implica romper estigmas, garantizar derechos y reconocer la pluralidad de experiencias. Solo así podremos honrar verdaderamente a las madres y abuelas que sostienen, desde hace siglos, el tejido social dominicano.
Fuente: Hoy

