“Más se perdió en la guerra de Irán”

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Escrito Por: John Carlin

Como mucha gente de su generación, mi madre relativizaba las pequeñas desgracias de la vida diciendo: “Más se perdió en la guerra de Cuba”, aquella que marcó el hundimiento del imperio español en 1898. En esa ocasión el ganador fue Estados Unidos.

Hoy cabe preguntar si llegará el día en el que los estadounidenses se consolarán ante las pequeñas desgracias de la vida diciendo: “Más se perdió en la guerra de Irán”. Nunca una potencia global –ni siquiera España– perdió tanta credibilidad, tanto prestigio y tantas alianzas en tan poco tiempo.

Como observó esta semana el ilustre think tank International Crisis Group, “el hecho de que la potencia militar más fuerte del mundo, en cooperación con la agencia de inteligencia más poderosa del mundo –la de Israel–, no haya sido capaz de alcanzar ninguno­ de sus objetivos estratégicos contra una potencia regional de tercera categoría es realmente asombroso”. Y, podría haber agregado, catastrófico.

   
   Oriol Malet

Recordemos que, cuando Donald Trump sucumbió en febrero a los cantos de sirena de Beniamin Netanyahu e inició el bombardeo de Irán, lo hizo con el propósito declarado de derrocar el régimen de los ayatolás y acabar con su programa nuclear. Lograron asesinar a buena parte de la cúpula del régimen y a más de cien niñas de colegio, pero hoy los que mandan en Teherán están más consolidados en el poder que a principios de año y sus promesas de no persistir con sus ambiciones nucleares siguen siendo igual de fiables que siempre. O sea, poco.

Poco, porque si en algo podemos confiar es en que Trump no volverá a recurrir a la fuerza militar en Irán para imponer sus objetivos. No lo hará porque sabe que, gracias al épico fracaso de su aventura con Israel, Irán ha descubierto que ya tiene su arma de destrucción masiva: control sobre el estrecho de Ormuz. Tiene la capacidad de cortar el 20 por ciento del flujo de petróleo mundial de un día para otro, como si de un grifo de agua se tratara, y con consecuencias económicas calamitosas para todos los continentes.

Miren lo potente que es esta arma. A cambio de que Irán reabra el estrecho, o sea, de volver al statu quo de antes de la guerra, Estados Unidos se ha comprometido en el acuerdo firmado esta semana a permitir el libre tráfico de petróleo iraní, a quitar las sanciones económicas a Irán y a contribuir a que Irán reciba 300.000 millones de dólares en reparaciones para la reconstrucción de su país tras los daños causados por los bombardeos de EE.UU. e Israel. Al comienzo de la guerra, Trump exigió “la rendición incondicional” de Irán. Lo que vemos hoy es la rendición incondicional de EE.UU.

Vemos, a la vez, los intentos desesperados de Trump de vender el naufragio de Ormuz como una victoria. Es su especialidad. Lo hizo cuando perdió las elecciones presidenciales del 2020. Esta vez ni sus seguidores se lo creen. La derecha norteamericana está que arde.

Irán ha descubierto que tiene su arma de destrucción masiva: control sobre el estrecho de Ormuz

Mientras la televisión estatal iraní celebra su victoria con música triunfal, las redes afines a Trump y los periodistas que apoyaron su guerra resuenan con chillidos de indignación. Por dar un par de ejemplos entre miles, aquí van los comentarios
de Marc Thiessen, el fan boy número uno de Trump en The Washington Post, y de Bret Stephens, columnista de The New York Times rabiosamente partidario de Israel­.

Thiessen sobre las prometidas reparaciones: “Como ofrecer el plan Marshall para reconstruir Alemania mientras los nazis permanecían en el poder”. Stephens sobre la guerra en su totalidad: “Hay una palabra para describir esto: debacle. Esta ficción de paz representa un acto de autolesión geopolítica que lastrará nuestra credibilidad y nuestra posición internacional durante años”.

Correcto. El día después del inicio del bombardeo a Irán escribí un artículo titulado “¿La ley de las consecuencias imprevistas?”. No tan perspicaz, lo reconozco, dada la secuencia de desastres bélicos de EE.UU. desde Vietnam. Pero acerté en cuanto a lo de los imprevistos, aunque no me imaginé que acabarían en una humillación tan grande para el país que Irán describe como “el gran Satanás”.

Trump exigió “la rendición incondicional” de Irán; hoy vemos la rendición incondicional de EE.UU.

Irán es otro Satanás, pero peor. A aquellos de la izquierda internacional que tanto odian a Estados Unidos, con o sin Trump, les preguntaría en qué país preferirían vivir, ¿EE.UU. o Irán? Si contestasen Irán, les diría que no se enteran. Les diría lo mismo si afirmaran que preferirían vivir en Irán antes que en Israel, y con más irritación si fueran mujeres o gais.

Otra consecuencia de esta guerra que el niño Trump eligió iniciar es que, mientras EE.UU. pierde credibilidad internacional, Irán la gana. En Occidente no tanto, pero para muchos en África y en Asia Irán es el bueno. En Pakistán hubo enormes manifestaciones a favor de Irán en marzo. En India hubo gente que donó dinero e incluso joyas familiares para financiar medicamentos para los iraníes. En África, de arriba abajo, la prensa clama por desligarse de “los sistemas de control” norteamericanos, cosa que, por cierto, ya están haciendo los europeos y los canadienses.

Los israelíes se consideran los grandes perdedores de esta guerra, entre otras cosas (como que Irán se ha fortalecido) porque su “relación especial” con EE.UU. se está diluyendo como nunca. Saben que ya no pueden depender más, hagan lo que hagan, de la ayuda incondicional política y militar de Washington. Tras las atrocidades en Gaza y ahora el fiasco en Irán, más y más norteamericanos ven a Netanyahu como lo que es: un carnicero.

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Pero los que han perdido más que nadie no son los israelíes sino los propios iraníes, la enorme mayoría de los cuales detesta al régimen que los gobierna. No olvidemos que la represión iraní contra sus opositores internos en enero se cobró muchas más vidas que los bombardeos de EE.UU. e Israel. Ahora la tiranía iraní tiene más fuerza no solo fuera, sino dentro de su país. Y Trump abandonará a los iraníes a su suerte, igual que abandonó a otros que pretendió en su momento “liberar”: los venezolanos.

Ahora, agárrense, se aproxima otra guerra, versión siglo XXI, en Cuba. Un cambio de régimen aquí, una victoria para un hombre que detesta más que nada la percepción de que es un perdedor, parece esta vez probable. Si es así, los compinches ­varios de Trump prosperarán. Pero del ­bienestar del pueblo cubano, olvídense.

Fuente: LA VANGUARDIA