Mar y arte sin marearse

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El Centro Cultural Frank Rainieri inició su vida institucional con una colectiva tan especial como estupenda: “El Mar como territorio”, cuenta con cerca de 50 artistas, dominicanos en su inmensa mayoría.

La inauguración estuvo sumamente concurrida, incontables amigos del arte y la cultura estaban presentes, se prestó una atención excepcional a las palabras de presentación.

Era un presagio de la magnitud del centro cultural que abre a finales de octubre, deslumbrando por su arquitectura y su programación.

Cientos de personas entraron a la sala de exposiciones temporales -primera etapa y excelente iniciativa-. El entusiasmo era tal que esta revelación, fascinante por su contenido, no permitía mirar las obras con detenimiento, y se imponía una segunda visita…

Entonces, pudimos apreciar una colectiva que aunaba la calidad de los expositores y su estricta representación, el nivel cimero de la curaduría, finalmente la elección de un tema absolutamente caribeño, extenso según se seleccionaron las participaciones. Podríamos calificarlo aún como dilatado…. Pues “El Mar como territorio” se interpreta en sentido propio y figurado, literal y simbólico, igualmente de singular amplitud en el tiempo y en las categorías de expresión visual. ¡Felizmente, hubo un solo coleccionista, Héctor José Rizek!

Otra excelsa iniciativa fue que Frank y Haydée Rainieri reunieron a un equipo de profesionales de élite para la museografía y la curaduría, así Alex Martínez, Raúl Morilla, Rab Messina, Orlando Isaac, entre ellos. Otro óptimo resultado fue el catálogo, uno de los mejores en la historia del arte y de las publicaciones nacionales.

Ahora bien, adquirir este catálogo -de dimensiones manejables- a pesar de su excelencia- propicia una documentación completa y un caudal bibliográfico. Ya, en parte, nos habíamos expresado al respecto, y grande sería la tentación de elogiar nuevamente a Orlando Isaac.

La exposición

A veces nos cansamos de seguir filas de cuadros colgados horizontal y verticalmente, desprovistos de comentarios, y nos cuidamos de tropezar con esculturas e instalaciones que simplemente se reparten el piso. En “El Mar como territorio” lo contrario ocurre. Pequeñas construcciones escenográficas se suceden regular e irregularmente, impecables en color, colocación y tamaño, “portando” cuadros, brindados a nuestra curiosidad.

Ahora bien, el propósito es que veamos mejor o dibujos, o pinturas, o una serie de pequeños formatos, y las obras tridimensionales están dispuestas juiciosamente… para que las valoremos.

Luego, textos breves y consistentes las acompañan, sin que olvidemos unas cuantas explicaciones generales bien distribuidas.

Hay artistas presentes con una sola obra, otros con varias, asunto de tamaño y de curaduría, pero no se siente nunca una discriminación. El mar une y separa las islas del Caribe… así mismo se le substituye el montaje expositivo. Por cierto un video -en pantalla grande- llama mucho la atención e introduce una pausa.

Otro rasgo distintivo es que los artistas no están colocados por generación. Hay modernos junto a contemporáneos, maestros fallecidos o vivos y activos, junto a jóvenes o confirmados de “media carrera’. Y esta combinación, lejos de molestar, logra todo lo contrario… ritma, anima, invita a (re) conocer.

Si mencionamos el tiempo, el “Bouquet de fleurs” de Théodore Chassériau, pintado en 1852, provoca una admiración particular, empezando por la escenografía romántica -única en el conjunto- que lo ubica en su época y corriente estilística. Pintura maravillosa y fresca, una de las dos composiciones florales que hizo Chassériau en su vida, parece que solamente quedó esta y la tenemos en Santo Domingo.

El egregio pintor francés nació en el Limón – su madre en Samaná— y cruzó el mar hacia Europa, a los dos años, temiendo su familia la ocupación haitiana ¡Más podríamos decir!

Abundancia de pinturas

Como en prácticamente todas las exposiciones, hay una mayoría de pinturas. Sin embargo, las pocas esculturas e instalaciones se distinguen por su carácter contemporáneo y materiales no comunes, así la escultura ovoide de Dionisio Blanco, que ahora sitúa su sembrador en el mar, los Cocodrilos de Fernando Varela en resina -tres de los cinco expuestos originalmente- , la media esfera de Julia Aurora Guzmán, o las increíbles matas de coco en cemento de Franz Caba, que no cayó en el arte conceptual de una mal recordada palma.

No sería posible, por razones de espacio, mencionar todas las pinturas expuestas -en un texto anterior pusimos la lista de todos los expositores- y anhelamos que celebren conversatorios respecto al tema y a las obras… Orlando Isaac ha hecho una curaduría ejemplar, y a menudo nos sorprenden los cuadros, aunque encajan en la producción de autores. Primero, nos atraen las “sirenas” tempranas, de Jorge Pineda, una de ellas en portada del catálogo.

Respecto a los grandes maestros -dominicanos o exiliados-, están representados muy juiciosamente: el Eligio Pichardo es una obra maestra, el Iván Tovar muestra cuán magistral era ya, llegando a París.

En su mayoría, son simultáneamente esmerados dibujantes y coloristas, como José García Cordero y su piscicultura gastronómica, Inés Tolentino con una sombra nocturna de envoltura misteriosa, o Limber Vilorio y su carro Inexorablemente sumergido. ¡Y cuánto nos emociona la serie de las impresiones de Quisqueya Henríquez. La presencia de Firelei Báez es un lujo: ¡ojalá ella exponga aquí!

Coda

Orlando Isaac afirma: “Cada pieza funciona como punto de entrada a múltiples recorridos posibles”. Sí, sí, “El Mar como territorio” invita a múltiples recorridos. 

Fuente: Hoy