Hoy día se discute cómo documentar y organizar el uso de la mano de obra haitiana en el país, la cual trabaja sin permisos y en cantidades excesivas.
Escrito Por: Bernardo Vega
Hoy día se discute cómo documentar y organizar el uso de la mano de obra haitiana en el país, la cual trabaja sin permisos y en cantidades excesivas. Daremos un ejemplo de cómo en el pasado se utilizó un mecanismo hoy imposible de replicar, pero que por lo menos nos acerca a como podría ser una nueva reglamentación. En 1952 Trujillo y el presidente Magloire de Haití firmaron un convenio el cual había sido concebido cinco años antes por los intelectuales haitianos y dominicanos Jean Price-Mars y Manuel Arturo Peña Batlle. Este acuerdo no solo fue firmado por los presidentes de ambos países, sino que pasó a ser ratificado por los dos Congresos de ambas naciones. El mecanismo se iniciaba cuando los dueños de un ingenio azucarero entregaban al Gobierno dominicano la cifra sobra la cantidad de braceros que necesitaba y ese expediente era enviado por la vía diplomática al Gobierno haitiano, el cual luego señalaba los lugares de contratación, tan cercanos a la frontera como Croix de Bouquet y tan lejanos como Aux Cayes. Se confeccionaba una lista de los braceros contratados y cada uno de ellos debía recibir cinco documentos:
1. Permiso de residencia en la República Dominicana.
2. Una cédula dominicana.
3. La tarjeta de matriculación en el ingenio donde trabajaría.
4. Un certificado de salud. En aquella época el paludismo era abundante.
5. En caso de que tuviese hijos, o si se casaba estando en la República Dominicana, se requerirían actas de nacimiento, así como de defunción. Cada ingenio asumiría el costo del transporte hasta los bateyes donde garantizaban comida, alojamiento y un nivel de salario no menor al que percibía un dominicano para una labor semejante. En adición, estarían inscritos en la Seguridad Social y cubiertos por la ley sobre accidente de trabajo. El ingenio también garantizaba los costos de repatriación al finalizar la zafra. Consecuentemente, el único momento en que había haitianos en el país era durante la zafra y solamente en los bateyes. Hoy en día no hay dictadores en ambos lados de la isla y, para colmo, el Gobierno haitiano es muy débil. La mano de obra haitiana es utilizada no solo en los ingenios, sino en otros sectores de la agricultura como el guineo y el arroz y también en la industria de la construcción y el comercio. La presencia de trabajadores haitianos es permanente durante el año y no solo es temporal y está mayormente indocumentada. No se sabe cuántos son ni dónde están. En otros países los que más objetan esta situación son los sindicatos por los efectos deprimentes sobre los salarios, representado por tantos obreros extranjeros indocumentados, pero en nuestro país los sindicatos han hecho mutis al respecto. Una alternativa para reducir la presencia de haitianos indocumentados es la mecanización, la cual se está llevando a cabo en la industria azucarera y tal vez en otros sectores, pero mientras los salarios sean tan bajos, la mecanización resultará más costosa para el patrón. En la Florida, por ejemplo, ya el sector azucarero está mecanizado cuando hasta hace pocos años utilizaba mano de obra jamaiquina importada. En el caso del guineo la Unión Europea ofrece mejores precios para esa mercancía si la mano de obra haitiana está documentada y recibe otros beneficios.
Una de las principales causas de la distancia entre pobres y ricos en nuestro país está representado por bajos salarios y estos, a su vez, no suben por la alternativa del uso de la mano de obra haitiana indocumentada. La solución no es volver al régimen de 1952, pero tampoco quedarnos en la total informalidad actual. Está en algún punto intermedio entre ambos extremos.
Fuente: Hoy

