Los riesgos políticos de un país en sábado

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Escrito Por: Pablo McKinney

El presidente Luis Abinader me ha brindado todo su apoyo, lo que también han hecho el Profesor Leonel y el licenciado Medina. Hipólito Mejía me dijo que no se opone, pero la Mejía y Gómez, Carolina,  prometió convencerlo entre hoy y mañana. Es algo importante y ocurrirá este sábado primero de mayo. Ese día habrá fiesta en los cuarteles, (el ministro de Defensa me dio su palabra), Nikita Magaloff interpretará los Nocturnos de Chopin en los colmadones, se llenarán de belleza los salones y dormirán hasta el lunes los guachimanes con sueño. Por el hecho en cuestión, se permitirán los abrazos en La Zona para que se amé la gente apoyada en las farolas, y los adoquines de la calle Hostos recuerden felices a los amantes, caminantes de algún día, cuando las caricias de emergencia conducían a amores de paso que duraban toda la vida… hasta un día. 

Lo que habrá de ocurrir el sábado podría cambiar la política antes de las diez, pues Danilo y Leonel (por homenajear a Bosch) se reunirán amigos para escuchar a la Nana Mouskouri cantar boleros, mientras los dueños de bancas cerrarán sus locales para instalar en ellos bibliotecas infantiles con IPad, y dulces banilejos. No es para menos. El sábado, los miembros de la directiva de la ADP, en reunión de urgencia, jurarán ante Monseñor Castro Marte, que jamás dejarán sin clases a los niños pobres para resolver sus querellas con el gobierno. Será un día especial donde influencers y comunicadores, sin decir “habemos” ni “hubieron”, fornicio ni fellatio con otras palabras, transmitirán sin insultos, descalificaciones ni abusos. Ya esto ha sido debidamente coordinado con sus líderes más malapalabrosos. 

Bendito sábado, donde la Embajada de Estados Unidos, en un formalísimo Tedeum en la mismísima Catedral, entre cantos y rezos prometerá al altísimo y a su amada de Magdala, la María, que ya nunca jamás actuará como si fuera un ministerio de colonia, ni irrespetará dignidades ni mancillará la gloria bendita de nuestra historia y sus héroes. 

Estén alerta. Todo esto y algo más podría ocurrir el sábado, pues ese día, Doña Yolanda Ortiz, viuda del profesor McKinney, llegará feliz y distraída a sus 97 años, todavía dispuesta a colarle el café a su hijo, o en el peor de los casos, ordenar que se le cuele y bien fuerte, “porque el café claro, mijo, no es café”.