Los países petroleros de fuera del Golfo hacen caja con la crisis de Ormuz

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A los mayores precios de venta se suman aumentos modestos de la producción que ayudan a cubrir el boquete global abierto por la guerra. Estados Unidos y Rusia, entre los beneficiados

La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha sumido al golfo Pérsico en una sequía económica sin precedentes. La región del planeta que más combustibles pone ―ponía― en el mercado se está teniendo que conformar con exportar una pequeñísima parte de lo que comercializaba antes del 28 de febrero: lo poco que pueden vender por oleoducto Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos e Irak. El resto ―entre ellos, varios nombres esculpidos en bronce en el imaginario fósil: Kuwait, Baréin o Qatar― han pasado de hacer dinero a manos llenas a no poder colocar prácticamente ni un solo barril de petróleo ni un megavatio hora de gas natural.

Las consecuencias de este parón forzoso son infinitas. Una drástica caída en su renta energética. Crecientes dificultades para almacenar lo que se extrae y no se puede vender: los tanques están llenos y los pozos están teniendo que cerrar temporalmente, con potentes interrogantes sobre el impacto de esta medida a medio y largo plazo. Preocupación sobre el suministro en las principales regiones importadoras, con Asia y Europa a la cabeza. Y también una ocasión de oro para el resto de países petroleros, para quienes se abre una oportunidad de hacer caja antes de que llegue lo inexorable: el ocaso definitivo de su negocio.

Estados Unidos, Canadá, Brasil y también la Rusia de Vladímir Putin, los únicos nombres ajenos al Golfo que se cuelan en el Olimpo mundial de productores de crudo, están aprovechando el fortísimo estirón de los precios, que en un abrir y cerrar de ojos han pasado de 70 a 110 dólares por barril. También lo están capitalizando, y de qué manera, Kazajistán, Noruega, Nigeria, Libia, Argelia, México, Venezuela, Argentina u Omán, que sí tiene salida directa al océano Índico. Y Guyana, que pasará a la historia como protagonista del último milagro petrolero mundial al haber esquivado la recesión en el año de la pandemia

Frente al desplome de la producción de quienes sufren el embudo de Ormuz, todos los nombres citados han aumentado o, al menos, mantenido sus bombeos en marzo, según los datos de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) y de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Con saltos particularmente reseñables. Estados Unidos y Kazajistán están poniendo en el mercado alrededor de medio millón de barriles diarios más que en febrero: 55 millones de dólares (47 millones de euros) de ingresos adicionales. Cada jornada. Aunque golpeada por los recientes ataques de Ucrania sobre sus infraestructuras energéticas, Rusia ha elevado su techo de extracción en casi 300.000 barriles al día. Venezuela, con sus propias particularidades, que son muchas, en 120.000. Brasil, en 100.000. Canadá, en 70.000.

Con todo, el margen para capitalizar la oportunidad es relativamente bajo desde el punto de vista del aumento de la producción. Por tiempos ―la técnica de los pozos no es precisamente sencilla, y el grifo no se abre o se cierra de la noche a la mañana― y porque la mayor capacidad ociosa está en el golfo Pérsico y no fuera de él.

Estas alzas combinadas de producción en los países petroleros ajenos a Ormuz son relevantes, pero insuficientes para llenar el boquete dejado por el cierre de ese estrecho que da entrada y salida al Golfo. La propia AIE calcula en unos ocho millones de barriles diarios, algo menos de la décima parte del consumo total. Según sus cálculos, en las primeras semanas de clausura por parte de Irán, por el estrecho pasaron de transitar 20 millones de barriles al día a algo menos de cuatro. Con el doble candado estadounidense, tienden prácticamente cero, lo que agudiza la escasez global.

“El beneficio es particularmente claro en el caso de los países petroleros latinoamericanos y en el de varios africanos: Nigeria, Congo, Angola o Argelia”, subraya Gian Maria Milesi-Ferretti, durante muchos años detrás del gran estudio semestral del Fondo Monetario Internacional (FMI) y hoy investigador en la Brookings Institution. “Al sector petrolero de EE UU y de Canadá también le está viniendo bien, pero ahí el efecto neto no es tan evidente porque los precios altos de los carburantes golpean a sus consumidores”, añade por teléfono. Los datos de balanza por cuenta corriente recién publicados por el Fondo refrendan ese cuadro general, con mejoras particularmente acusadas en tres casos: Guyana, Argelia ―por el gas― y Venezuela.

El regreso a la normalidad del sector fósil tras la crisis de Ormuz, augura Milesi-Ferretti, “va a llevar mucho más tiempo del previsto, y eso lleva a pensar que la oportunidad para los países exportadores de petróleo y gas se va a extender más en el tiempo”.

Previsiones al alza

Frente a los avisos generalizados de recesión en los países importadores si el tapón de Ormuz no se resuelve pronto y ―consecuencia directa― la crisis energética va a mayores, el FMI acaba de pintar un cuadro bien distinto para los exportadores netos de petróleo y derivados que no se ven afectados por el cerrojazo de Ormuz.

El organismo que dirige Kristalina Georgieva elevó en abril la previsión de crecimiento en 2027 de EE UU ―que se asienta, además, como primer exportador de gas licuado del mundo, aprovechando que Qatar está fuera de juego―, Rusia ―que recibe un inesperado balón de oxígeno en plena crisis―, Kazajistán, México o Nigeria, llamada a ser una de las mayores beneficiadas en el continente africano. Brasil también crecerá más de lo previsto en 2026.

Ocasión para los refineros

Empresas al margen ―como en 2022 y 2023, las petroleras se están haciendo de oro―, la segunda oportunidad de capitalizar el cierre de Ormuz es para los países que cuentan con una mayor capacidad de refino, el proceso industrial que convierte el crudo en diésel, gasolina, queroseno para aviones o fuelóleo para el transporte marítimo. En especial, para aquellos enfocados en la exportación y que no tenían como primer proveedor a los países del golfo Pérsico, sino que dependen de su propia capacidad de extracción: de nuevo, Estados Unidos y Rusia.

Tanto el país norteamericano como el euroasiático cuentan, además, con una notable capacidad de refino de los llamados destilados medios, una gama de carburantes que va del gasóleo al queroseno, donde se concentra el mayor cuello de botella de esta crisis y que se ha visto particularmente afectada por el cierre de instalaciones en los últimos tiempos.

El otro potencial ganador en el flanco es la India, que aunque se las está viendo y deseando para garantizar el suministro interno de gas licuado del petróleo (GLP, muy usado en sus cocinas) cuenta con una potente red de refinerías orientada al diésel y al combustible de aviones. En marzo, último mes para el que hay cifras, ya disparó en un 20% sus exportaciones. Su ventaja competitiva, sin embargo, es menor: aunque sus costes de refino son bajos, el grueso del petróleo con el que alimenta estas instalaciones procede del exterior. De Rusia, en gran medida, pero también de Oriente Medio. Una vía, esta última, muerta por la gracia de Donald Trump.

Fuente: EL PAIS