Los cinco frentes abiertos que amenazan el futuro de la OTAN

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Rusia, la hostilidad de Trump contra Europa, la crisis en Oriente Próximo o la guerra híbrida provocan grandes tensiones en una Alianza Atlántica que analiza a qué velocidad pueda cambiar sin romperse

Hay organizaciones que envejecen despacio y otras a las que un solo año les cambia el rostro para siempre. A sus 77 años, la OTAN vive una transformación sustancial. Esta semana, en Ankara, los líderes de sus 32 miembros se sentarán con la misma pompa y ceremonia que llevan desplegando desde la Guerra Fría y que habla de “unidad inquebrantable”. Y, sin embargo, nada será igual. Detrás de los apretones de manos, la foto de familia y los contratos multimillonarios de armamento se libran cinco batallas simultáneas que explican la nueva realidad que amenaza la Alianza. La casa construida en 1949 y que unía a Estados Unidos con la seguridad de Europa está aprendiendo, sin haberlo pedido, a separarse de la gran potencia.

Las amenazas son variadas: la volatilidad de Donald Trump, que con sus exabruptos y resentimiento hacia Europa y hacia el multilateralismo, hace tambalearse a la organización mientras vacía la casa que fundó su país; la amenaza de Rusia y de un Vladímir Putin que ha emprendido una huída hacia adelante en su guerra contra Ucrania; Europa, que tropieza consigo misma al intentar ocupar el vacío que deja Washington; la crisis de Oriente Próximo, y la amenaza silenciosa de la guerra híbrida y las vulnerabilidades por las materias críticas, cables submarinos y telecomunicaciones. Son las principales tensiones en una Alianza Atlántica que analiza a qué velocidad puede cambiar sin romperse.

El enemigo interno: Donald Trump. El presidente del principal miembro de la Alianza es un factor de disrupción en cada cumbre debido a sus constantes críticas contra la OTAN, que el año pasado se sumaron a sus amenazas de tomar Groenlandia. A esta cita en Turquía viene con ganas de sacar los colores al resto de los países socios, no solo por su queja constante: lo que considera el ramplón gasto militar pese al compromiso de alcanzar el 5% del PIB en defensa para 2035. Ahora también se molesta por lo que percibe como nula colaboración con Estados Unidos en su guerra contra Irán.

Washington ha anunciado, como aparente represalia a esa supuesta desidia europea, una revisión de su posición militar en Europa. Ya ha confirmado la retirada de cerca de 5.000 de los soldados estadounidenses desplegados en bases en Alemania y el recorte de equipamientos que asigna a los planes de defensa de la OTAN, incluido un portaaviones, aeronaves cisterna, cazas y drones. Además, Trump sigue coqueteando con la idea de retirar a su país de la Alianza por completo. O, cuando menos, vaciar la institución de contenido: ha puesto en duda que, en caso de que alguno de los países a los que considera más díscolos resultara agredido, Washington fuera a salir en su ayuda, pese a la obligación de asistencia mutua que recoge el Artículo 5 del tratado fundacional. Sin ese “uno para todos, y todos para uno”, la organización militar más poderosa del mundo quedaría convertida en un mero cascarón burocrático.

“La esperanza fundamental de los líderes europeos es que la cumbre de Ankara sea básicamente parecida a una comida de Navidad. Que haya algún comentario molesto o desdeñoso aquí y allá, pero nada que degenere en una pelea a puñetazos”, apuntaba Max Bergmann, director del programa para Europa del think tank CSIS, en una rueda de prensa telefónica esta semana.

El presidente Donald Trump, y el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en el Despacho Oval el 29 de junio.Daniel Torok/White House / Zuma (Daniel Torok/White House / Zuma )

Trump ya dejó claro su enfado durante la reunión en la Casa Blanca con el secretario general de la institución, Mark Rutte, el 24 de junio. Sobre todo por lo que definió como “deslealtad” por no apoyar su guerra junto a Israel contra Irán. El ex primer ministro holandés, uno de los líderes europeos que mejor se entienden con el republicano, había llegado con la misión de aplacarle para que la cumbre de Ankara se celebre sin incidentes, tal y como ocurrió en junio en la del G-7 en Évian-les-Baines (Francia).

Pero el magnate inmobiliario aprovechó para criticar a los socios europeos que cree más culpables de insolidaridad: Alemania, Reino Unido, Italia y España, un aliado “terrible”, según él. Contra España volvía a arremeter esta semana, en medio de un discurso en Dakota del Norte, en el que recordaba una derrota del siglo XIX para mencionar: “Los españoles, miembros de la OTAN, pero no muy buenos miembros. Dicen ‘no, no queremos ayudar a otros”. Y añadía, en tono amenazador: “No se están portando muy bien, pero pronto aprenderán”.

En vísperas de la reunión en Ankara, ha publicado en su red social, Truth, dos andanadas contra la organización. En ellas retomó su viejo argumento de que Estados Unidos paga mucho por la protección del resto de los socios “sin recibir ningún beneficio por hacerlo”. Y aportó un gráfico con una serie de cifras de gasto que, según él, lo demuestran. Lo que no precisó es que esos datos representan el total del presupuesto militar de cada país —Estados Unidos es, de muy lejos, el país que más dinero total destina a defensa, cerca de 850.000 millones de dólares en el último ejercicio fiscal—, no los fondos que destina a la Alianza.

El peligro de Rusia. El frente más antiguo de la OTAN se mantiene como “amenaza a largo plazo para la seguridad y estabilidad euroatlántica”, según define a Rusia el borrador de la cumbre de Ankara, al que ha tenido acceso EL PAÍS. Mientras Europa se rearma, el autócrata Vladímir Putin ve cerrarse su ventana de oportunidad en Ucrania, y eso, lejos de disuadirle, podría empujarlo hacia una agresión contra algún país aliado, según temen varias fuentes diplomáticas.

Los números que aporta el laboratorio de ideas ECFR no son tranquilizadores: pese a alrededor de 1,2 millones de bajas en el frente ucranio en más de cuatro años de guerra, Rusia aumentó su personal militar en 234.000 efectivos solo en 2025, y formó cinco divisiones nuevas, 13 brigadas y 30 regimientos ese mismo año. La guerra imperialista contra Ucrania no parece tener visos de terminar pronto, pese a que Trump prometió antes incluso de su retorno a la Casa Blanca que pondría fin al conflicto en 24 horas.

Los aliados europeos empiezan a prepararse para unas hipotéticas conversaciones de paz con Moscú mientras asumen que, en algún momento, la guerra acabará y tendrán que convivir con un vecino voraz. Para Rutte, la cumbre de Ankara será un éxito si consigue enviar el mensaje a Moscú de que si intenta “cualquier tontería” contra la Alianza encontrará a sus miembros dispuestos a defenderla.

El apoyo a la invadida Ucrania, un país que aspira a entrar en la OTAN y en la UE (con la que ya está en proceso de negociación), sigue siendo una de las prioridades estratégicas de la Alianza. Sin embargo, las cosas han cambiado desde la llegada de Trump y ahora son los aliados europeos quienes sostienen económicamente a Kiev con un armamento comprado mayoritariamente a EE UU.

El presidente ruso, Vladímir Putin, durante una visita a un puesto de mando del ejército no desvelado, el 3 de julio.Russian Presidential Press Servi

Ucrania “contribuye a la seguridad transatlántica”, dice el borrador de la declaración de la cumbre, en la que los aliados tienen previsto comprometer 70.000 millones de euros para Kiev para este año. Esos fondos, sin embargo, que solo desembolsarán los europeos y Canadá, son en su mayoría un conjunto de millones ya anunciados e incluso ya desembolsados e incluyen parte del préstamo multimillonario de la UE. Apenas 5.000 millones son nuevos, según varias fuentes.

Las tensiones entre los aliados. “La OTAN es, y siempre será, una alianza transatlántica, pero necesitamos reequilibrarla para mejor”, remarcó la semana pasada Rutte en Berlín. La Administración de Trump ha anunciado una revisión de seis meses de sus fuerzas presentes en Europa y asignadas al continente pero con base en Washington. De momento, ya ha anunciado repliegues y que dejará de poner a disposición de los europeos capacidades fundamentales. Y probablemente llegarán más recortes en el camino hacia esa OTAN 3.0 más europea y en la que la carga de la seguridad del Viejo Continente recaerá mayoritariamente en los aliados de Europa y en Canadá. Pero mientras la organización militar se reconfigura han empezado las primeras tensiones entre sus miembros. Y no solo por el gasto militar.

La reunión del canciller alemán, Friedrich Merz, y el presidente francés, Emmanuel Macron, con el ucranio Volodímir Zelenski, en un formato reducido —sin Italia ni Polonia— sentó bastante mal en Roma y en Varsovia. Ese desaire de protocolo anticipa que a medida que Europa se ve forzada a asumir su propia defensa, tendrá también que decidir quién ocupa la cabecera de la mesa. Esa discusión —quién lidera un continente que durante ocho décadas dejó que Washington lo hiciera por él— apenas ha empezado, y promete ser más larga y más amarga que cualquier negociación con Trump.

“Si bien aún existen numerosos obstáculos políticos y prácticos, una mayor integración de la defensa a nivel europeo es inevitable”, señala Katja Bego, investigadora del laboratorio de ideas Chatham House. “Esto alterará radicalmente el equilibrio de poder en la OTAN tal como lo hemos conocido durante los últimos 80 años. Será necesario gestionar cuidadosamente la relación transatlántica para afrontar este cambio”, añade.

La guerra en Irán y el estrecho de Ormuz. Serán otros de los protagonistas en la cumbre. Turquía, uno de los países mediadores en el conflicto, ha invitado a representantes de Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Qatar y Baréin, los países integrantes de la Iniciativa de Cooperación de Estambul. Esta guerra no es una cuestión de la Alianza, pero Trump lo ha convertido en uno de los grandes puntos de fricción con sus aliados, y los europeos temen que el estadounidense pueda sacarlo a relucir durante la cumbre.

El petrolero ‘Odessa’, tras pasar el estrecho de Ormuz el pasado 8 de mayo.Kim Soo-hyeon (REUTERS)

Trump ha dado a entender que la falta de respuesta de los aliados para ayudar a Estados Unidos ―aunque Washington no les advirtiera por adelantado que se planteaba atacar a Teherán― le libera de salir en ayuda de otros miembros en caso de ataque. Y la ausencia de aportaciones, y la prohibición de algunos países de utilizar las bases en sus territorios para misiones relacionadas con la guerra, han tensado las relaciones personales con otros líderes, incluida la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, previamente una de sus grandes aliadas en Europa, o el primer ministro saliente británico, Keir Starmer.

Las amenazas emergentes: infraestructura crítica, ciberseguridad. La OTAN ya no libra una sola guerra invisible, sino varias a la vez. Rusia recurre a interferencias políticas, ciberataques y coerción económica; China combina operaciones híbridas propias con desinformación y el control de sectores tecnológicos e infraestructuras críticas; y actores no estatales explotan las mismas grietas —redes sociales, cadenas de suministro, inteligencia artificial y deepfakes— para sembrar dudas sin cruzar nunca el umbral de un conflicto declarado. La Alianza lo llama “zona gris”: el terreno donde la propaganda, el sabotaje y la presión económica sustituyen al tanque y al misil.

“La Alianza continúa respondiendo y adaptándose a la competencia estratégica, la inestabilidad generalizada, las amenazas híbridas y las crisis recurrentes que definen nuestro entorno de seguridad más amplio”, dice el borrador de la cumbre de Ankara. Tras los sobrevuelos de drones vinculados a Rusia en varios países, que paralizaron aeropuertos e instalaciones estratégicas, y sabotajes a cables submarinos de gas y telecomunicaciones, la organización militar trata de reforzar su flanco oriental, proteger infraestructuras críticas, ordenar una estrategia sobre tecnologías emergentes, fortalecer la base industrial de defensa y vigilar la cooperación, cada vez más estrecha entre China y Rusia, con ejercicios conjuntos en el mar Báltico.

Fuente: EL PAIS