Luchemos al menos para evitar vernos de regreso al mundo feudal que dejamos atrás hace seis siglos
Escrito Por: Lídia Jorge
Una pluma de ganso puso fin a la muerte que había puesto fin a las conversaciones
(Dylan Thomas)
1. Siempre tuve la idea de que entre la mano y el cerebro había una relación misteriosa, aunque al principio no supiera cómo enunciar semejante premisa. Pero recuerdo cómo se me quedó grabada la cuestión desde muy pequeña. Fue durante el Estado Novo, la dictadura de Salazar. Yo era una niña, alumna de primaria, con mis nueve años, y ya sabía leer y escribir con la corrección exigida para mi edad, cuando, un día, empezaron a aparecer adultos analfabetos a media tarde, que acudían al colegio por primera vez. Fue todo un acontecimiento. Se trataba de una campaña de alfabetización, muy necesaria en Portugal, pero no se habían asignado recursos para llevarla a cabo. La maestra, docente de Primaria, sin ninguna preparación ni método, era la encargada de instruir a estos alumnos suplentes que venían a aprender las primeras letras. A aquella mujer, agobiada por la tarea que había recaído sobre sus espaldas, se le ocurrió una idea: bajo su supervisión, recurriría a los alumnos más aventajados en lectura y escritura para que enseñaran a los adultos. Así fue como me reclutaron para la difícil tarea. La crueldad de los niños es proverbial. Los tres que fuimos seleccionados mirábamos a nuestros vecinos adultos con la superioridad de reyes. Abríamos la cartilla con presunción y les enseñábamos a reconocer las letras, gritando mucho e imitando los gestos de la maestra con nosotros. Y ellos aprendían a reconocer las letras y a formar palabras. Lo peor era la escritura. Poníamos nuestras manitas sobre las suyas para guiar así los movimientos circulares de las letras mayúsculas y minúsculas, pero resultaba muy difícil que las copiaran en línea recta. Las letras saltaban del margen, se invertían, se esparcían por la página; una dificultad poco habitual. Algunos se rindieron, otros lograron firmar con su nombre, y fueron pocos los que terminaron su instrucción forzada logrando escribir un mensaje.
2. Pero lo que me desconcertaba era por qué razón las encajeras, que manejaban la aguja de ganchillo con extraordinaria destreza, eran incapaces de dibujar una b o una f. El carpintero, que tallaba ranuras rectas en tablones de madera y dibujaba la cerradura de la llave con precisión milimétrica, era incapaz de escribir la G mayúscula de su nombre con los trazos correctos. La bordadora, con la ayuda de la máquina de coser Singer, transformaba hilos de diversos colores en mariposas y flores multicolores, pero era incapaz, en una hoja en blanco, de escribir la M y la N de forma distinta. En mi cabeza infantil, pensaba que esas personas pertenecían a otra especie. Estar alfabetizado o no estarlo dividía a la especie humana. Y un día oí a un campesino que quería aprender a leer y escribir, pero no podía, preguntarle a la maestra: “Saber leer y escribir ¿vale tanto como los 500.000 escudos que tengo?“. Se trata de una escena arcaica, es obvio. Pero vale la pena revisar escenas arcaicas cuando nos aportan evidencias que nos ayudan a comprender el presente e imaginar el futuro.
3. No merece la pena discurrir en exceso sobre lo que ocurre con la lectura entre los jóvenes; es de sobra conocido. Todos los días aparecen textos con las debidas dosis de alarma para quienes se interesan por el asunto. Pero dado que lo que proviene de los Estados Unidos de América siempre llega cargado de un estatuto científico que ilumina incluso a los europeos más iluminados, y entre ellos a quienes previeron sabiamente hace mucho la anunciada capitulación, merece la pena leer el extenso artículo que Rose Horowitch publicó en The Atlantic el mes pasado, titulado The end of Reading is here. Quizá la catástrofe, escrita en inglés, consiga parecer más dramática y la advertencia resulte más convincente.
Además, en esos mismos días, en relación con el Informe PISA 2025, que citaba la pandemia como causa del descenso del rendimiento escolar en Europa, también se vinculó la relación entre la cultura digital y la hiperconectividad con la pérdida de la capacidad lectora, así como con bajos niveles de razonamiento deductivo y una capacidad de cálculo matemático deficiente. Y, por último, también se hizo mención a que la incapacidad para leer libros y comprender textos complejos, o para descifrar el significado metafórico de una oración, está estrechamente relacionada con la pérdida de la habilidad para escribir a mano. Casualmente, en medio de la controversia, apareció en las librerías Escrever à Mão (Escribir a mano), obra del neurólogo Alexandre Castro Caldas, especialista en neurociencia cognitiva, que explica con diáfana claridad la relación entre la habilidad para dibujar letras con las que formar palabras y las capacidades de reacción y rendimiento del cerebro.
4. A lo largo de 200 páginas, se detalla la demostración científica con una buena base histórica y filosófica, pero yo diría, en resumen, que lo que queda bastante claro es que las capacidades operativas del cerebro aumentan con la práctica de la escritura manual y disminuyen con su reducción. Lo que Castro Caldas plantea es la inminente pérdida de los gestos fundadores que nos hicieron humanos modernos, en esta violenta fase de cambio de paradigma a través del surgimiento de novísimos instrumentos cuyo poder parece ilimitado para el usuario, transformando a quien debería ser un sujeto activo en un patético ser pasivo. El autor nunca se deja llevar por el dramatismo, comprende el rumbo del cambio, pero aun así anuncia que nos enfrentamos a un cambio estructural en la naturaleza de nuestra especie.
En su voz se oyen campanas que doblan por un tiempo que tal vez esté en vías de desaparición. Sin embargo, como verdadero humanista, sabe que, naturalmente, una nueva era llegará por sí sola. Lo que no le impide llamar a la resistencia. Cita a Anaxágoras: “El hombre es el más inteligente de los seres vivos a causa de tener manos”. Por lo tanto, luchemos al menos para evitar vernos de regreso al mundo feudal que dejamos atrás hace seis siglos, iluminado ahora por la luz cegadora y totalitaria de la inteligencia artificial. El autor escribe en un momento dado: “No podemos permitir que nuestras mentes se conviertan en esclavas de un sistema artificial, que viene de quién sabe dónde”. Con todo, una de las mayores sorpresas que me deparó este libro fue encontrar en él la explicación a las dudas que me habían acompañado desde que fui una maestra niña para mis vecinos adultos.
5. Castro Caldas está especializado en el funcionamiento cerebral del adulto analfabeto en contraste con el del alfabetizado. Lo que cualquiera de nosotros imagina de forma empírica queda demostrado mediante la experimentación. Resulta conmovedor darse cuenta de cómo la falta del aprendizaje de la escritura durante la primera infancia obstaculiza el mecanismo neurológico que permite el almacenamiento de datos y condiciona el desempeño mental del analfabeto a lo largo de la vida, reduciendo su capacidad de desciframiento silogístico. Lo que está en juego hoy, con el progresivo distanciamiento del uso de la mano como ayuda para el cerebro, es la amenaza de un retroceso en la capacidad de imaginación, expresión, determinación y en el ejercicio del derecho a la libertad. Pronto comprenderemos hacia dónde nos dirigimos. Creo que estamos viviendo uno de esos momentos decisivos en los que el progreso exige detenerse y perder significa ganar. Ojalá que los jóvenes de hoy, que serán adultos en un futuro próximo, no tengan que volver a aprender a juntar letras y a deletrear palabras para salvar su propia humanidad.
Fuente: EL PAIS

