Libros, cultura y Nueva York

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Escrito Por: Roberto Ángel Salcedo-Columnas

El recién pasado fin de semana la cultura dominicana vibró con toda intensidad en una propuesta abarcadora, representativa y diversa, alrededor de los libros, las más amplias vertientes culturales y la emblemática ciudad de los rascacielos que por años ha acogido a los dominicanos con orgullo y profundo respeto.

En mis palabras, durante del acto inaugural, hice un repaso sobre el fenómeno social de la migración. Desde el primer migrante certificado en el XVII, Juan Rodríguez, que llegó en un barco mercante holandés al llamado New Amsterdam, hoy convertido en la mundialmente famosa isla de Manhattan, hasta el boom de dominicanos de los años 80 del pasado siglo XX, es indudable el impacto que ha tenido para la costa este de los Estados Unidos la presencia dominicana, que por décadas ha consolidado una comunidad laboriosa, resiliente, respetuosa, empoderada, que les ha permitido construir familia y patrimonio. Por ello, crear espacios para que la base cultural sea expuesta se constituyó en un propósito de gran calado para el Gobierno dominicano.

Washington Heights, durante tres jornadas, fue convertida en una extensión viva de República Dominicana. Entre el 10 y el 12 de julio, el George Washington Educational Campus se transformó en el escenario del Festival del Libro y la Cultura Dominicana, un encuentro que reunió a cientos de asistentes cada día y a miles de participantes a través de plataformas digitales, que concluye con un balance que confirma el criterio que hemos impulsado: la cultura dominicana no tiene fronteras; nos queda el reto por delante de conquistar nuevos territorios.

Libros, cultura y Nueva York
Roberto Ángel Salcedo

El festival fue la materialización de una convicción que hemos sostenido desde el ministerio de Cultura, la promoción del libro y la lectura no puede seguir concentrada exclusivamente en los más poblados centros urbanos dominicanos, más bien, debe descentralizarse hacia donde vive y se respira la dominicanidad. Washington Heights, con su densa estela de historia, comercio, música y memoria compartida, fue el enclave escogido. Es, junto a otros puntos vitales de la diáspora, uno de los principales centros culturales de la nación dominicana fuera de nuestra geografía insular.
Durante tres días de programación continua, más de 120 actividades literarias, culturales y artísticas dieron cuerpo a esta idea: presentaciones de libros, paneles y coloquios, lecturas poéticas, música en vivo, teatro, danza y exposiciones de artistas de la diáspora.

La conferencia “El poder de las buenas palabras” abrió un espacio de reflexión sobre el lenguaje como herramienta de identidad y de diáfana comunicación, mientras los paneles literarios con la participación de escritoras como Aurora Arias, Zaida Corniel, Marianela Medrano, Gladys Montolio e Irene Santos, confirmaron la vitalidad de una literatura dominicana que se escribe tanto en Santo Domingo como en Nueva Jersey, Florida, Rhode Island y en distintos condados neoyorquinos.

El Pabellón de Mujeres Emprendedoras, novedad de esta edición, combinó liderazgo femenino, moda dominicana y actividades artísticas y literarias en un mismo espacio, mientras el bazar artesanal trajo hasta Nueva York las manos y el oficio de una delegación de artesanos que representó cada pieza como un pedazo de identidad nacional puesto ante el comercio y la Admiración pública.

Hubo, de igual modo, un elocuente homenaje a nuestra historia republicana: representaciones de estatuas vivientes rindieron tributo a figuras como Juan Pablo Duarte, Rosa Duarte y Ercilia Pepín, recordando a nuestros connacionales que la esencia dominicana no se agota en el presente, sino que se sostiene sobre los hombros de quienes forjaron plena conciencia cívica.

Los espacios infantiles y familiares, pensados para sembrar el hábito de la lectura desde temprana edad, fueron el corazón del festival. Allí, niñas y niños de la diáspora —nacidos en suelo estadounidense— tuvieron su primer contacto formal con la literatura dominicana, un gesto que trasciende lo cultural para convertirse en un acto de continuidad y empalme generacional.

El festival abrió también sus puertas a la dimensión internacional de nuestra cultura, con delegaciones de escritores y gestores procedentes de República Dominicana, España y Puerto Rico, además de distintos estados de esta nación anfitriona. Este cruce de voces y procedencias ratificó que la cultura dominicana, lejos de replegarse sobre sí misma, dialoga con el mundo desde una identidad firme y desprovista de complejos.

Descentralizar no es simplemente llevar actividades fuera de la capital; es reconocer que la identidad dominicana, en el siglo XXI, se construye tanto dentro como fuera de sus fronteras físicas, y que el Estado tiene la responsabilidad de acompañar a esa nación dispersa geográficamente, pero unida en identidad. Washington Heights, con este festival, consolidó su condición de plaza mayor domínico-neoyorquina.

El verdadero logro que atesoramos trasciende el mapa: cada libro presentado, cada verso recitado, cada pieza artesanal exhibida, cada niño que se acercó por vez primera a la lectura, constituyó un acto de defensa de nuestros mejores valores como pueblo, sembrado deliberadamente en el corazón de la diáspora.

El Festival del Libro y la Cultura Dominicana ha concluido, pero su propósito continúa: consolidar una plataforma permanente de promoción de la cultura dominicana en el exterior, capaz de fortalecer, edición tras edición, los lazos entre quienes viven la dominicanidad desde la distancia y las raíces que nunca los dejaron partir del todo. Porque, al final, los libros y la cultura no conocen visa ni residencia: solo reconocen pertenencia.

El 11, 12 y 13 de junio de 2027, una nueva versión de este festival irrumpirá la escena, cargado de nuevos elementos, de mayores innovaciones y más amplios propósitos. Mientras se cumplen los plazos, nos queda el buen sabor de un fin de semana inolvidable entre libros, cultura y Nueva York.

Fuente: EL DIA