La victoria de Zohran Mamdani marca el fin del papel central de Israel en la política estadounidense

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La victoria de Zohran Mamdani sobre Andrew Cuomo supone un punto de inflexión histórico para Palestina en la política estadounidense. Refleja un creciente cansancio ante el papel de Israel en la vida estadounidense y la lenta implosión del sionismo bajo el peso de sus propios excesos

primera vista, puede parecer irrelevante, incluso absurdo, que una contienda por la alcaldía de la ciudad de Nueva York o el destino electoral de una concejala de Brooklyn dependan de la posición de cada uno respecto a Palestina. Después de todo, ¿qué tiene que ver la gobernanza municipal –la zonificación, el saneamiento, la asequibilidad de la vivienda– con la devastación de Gaza, el hambre de un pueblo, el espectáculo de muerte a cámara lenta bajo los bombardeos? Y, sin embargo, esta aparente desconexión entre la proximidad de los asuntos locales y la enormidad de la violencia geopolítica es precisamente la condición en la que opera la política estadounidense. Es también en esta disyuntiva entre escala e intensidad, entre distancia geográfica y proximidad ideológica, donde se hace visible algo más fundamental.

En este contexto la victoria de Zohran Mamdani sobre una figura tan emblemática de la continuidad institucional y del poder dinástico como Andrew Cuomo no es una mera anécdota electoral. Es un acontecimiento político. Un acontecimiento político que debe interpretarse no a través de los parámetros de la personalidad o la mecánica de la campaña, sino a través de la gramática simbólica de lo que ahora es expresable, representable y electoralmente viable. El triunfo de Mamdani indica un horizonte en proceso de cambio en el que Palestina, durante mucho tiempo tratada en la política estadounidense como un asunto letal para quien abordara su situación, ya no electrocuta a quienes se atreven a tocarla. Quizá aún no sea un consenso moral mayoritario, pero ya no es una garantía de suicidio político.

Evidentemente, Mamdani no se presentó como un agitador en pro de un antisionismo impenitente. Cedió, simbólica y retóricamente, a las inquietudes de parte del electorado sionista liberal. Buscó el término medio, templando sus compromisos morales con gestos de tranquilidad y adoptando una postura, que no se alejaba de su historia de solidaridad con Palestina ni abrazaba por completo la claridad intransigente que Palestina a menudo exige. Y ello también es revelador, porque han sido precisamente esta ambivalencia calibrada, esta oscilación entre la afirmación contundente y la tranquilidad reparadora, las que has provocado las críticas incluso entre las propias bases de Mamdani y entre quienes trabajaron con él en la construcción y difusión del movimiento palestino.

Las ambigüedades de su campaña en torno a la cuestión del «derecho a existir» de Israel y su vacilante invocación de una larga trayectoria en la política pro palestina provocaron malestar. Para algunos, ello se asemejaba a la conocida coreografía de la retirada moral: un gesto de concesión, que corre el riesgo de convertirse en postura, luego en posición y, finalmente, en principio. El temor, expresado no por cinismo, sino por pura memoria histórica, es que una concesión traiga de la mano a otra y que, con el paso del tiempo, el peso acumulado de estas concesiones acabe por doblar a Mamdani ante el mismo establishment al que su victoria parecía desafiar. En otras palabras, existe una profunda ansiedad de que la dialéctica de la incorporación ya esté en marcha: que el sistema, incapaz de neutralizar por completo a Palestina como una cuestión política, la absorba en cambio como discurso, desinfectada, despojada de su fuerza y legible solo a través de la gramática del «equilibrio», de entre equidistancia de ambos lados y de la falta de empatía hacia Palestina.

El éxito electoral de Mamdani puede marcar el fin simbólico de Palestina como tema políticamente letal para quien lo aborda, pero también plantea la inquietante posibilidad de que esta normalización se produzca a costa de su carácter radical. Entrar en la corriente política predominante también supone arriesgarse a ser filtrado por ella y a ceder demasiado terreno. Su victoria, por lo tanto, no es solo un respaldo a Palestina como causa, sino un testimonio del cambio de estatus de Palestina como cuestión. Palestina ya no es una línea que no se puede cruzar, sino que se ha convertido en un terreno disputado, en el que los candidatos pueden participar, eludir, afirmar o circunvalar sin ser automáticamente descalificados. Ese cambio es monumental. Habla de la fuerza acumulada de décadas de organización, de las secuelas morales de la insoportable visibilidad de Gaza y del cansancio de los votantes más jóvenes y de muchos progresistas ante las frías evasivas procedimentales de sus predecesores. En ese sentido, el éxito de Mamdani no se debe solo a lo que dijo, sino a lo que ya no es necesario callar. Los silencios impuestos se están resquebrajando, no con una ruptura revolucionaria, sino con el lento y agotador desgaste del consenso imperial. Lo que antes había que ocultar, ahora se puede nombrar tímidamente, aunque se hagan concesiones simbólicas. Lo que antes marcaba el límite de lo aceptable ahora se ha entrelazado –de forma torpe, cautelosa, pero definitiva– en el ámbito de lo político.

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Para evitar toda ambigüedad es preciso reconocer que hay contingencias en esta victoria, muchas, de hecho. La victoria de Mamdani no puede abstraerse de las particularidades de esta carrera prelectoral. Al fin y al cabo, se enfrentaba a un exgobernador desacreditado, cuyo nombre, que en su día fue sinónimo del dominio indiscutido en Nueva York, ahora perdura con el olor rancio del escándalo y la teatralidad agotada de la redención del establishment. Además, la campaña de Mamdani fue inusualmente precisa en su arquitectura. Se movió con claridad, con disciplina y con un ritmo comunicativo distintivo: serio pero sereno, claro, pero tácticamente ágil. Su atractivo no se cultivó mediante la demagogia o el carisma sectario, sino a través de una fidelidad casi anacrónica al programa: autobuses públicos gratuitos, ampliación de la atención infantil, estabilización de los alquileres, no como demandas políticas aisladas, sino como parte de un imaginario moral y político más amplio moldeado por sus compromisos socialistas.

El hecho de que este mensaje haya resonado y que lo haya hecho no solo en enclaves progresistas, sino también en grupos electorales urbanos dispares –jóvenes, inmigrantes, inquilinos, trabajadores culturales, gente desencantados de la política– es en sí mismo una señal: no se ha tratado de una candidatura mesiánica, sino de un hambre más profunda. Un hambre de coherencia, de principios y de una política que no tema nombrar al poder, pero también lo suficientemente disciplinada como para hablar de lo que se puede construir.

Pero lo que también se está haciendo cada vez más palpable, si bien expresada en tonos silenciosos e implícitos, es una creciente fatiga presente en Estados Unidos

Pero lo que también se está haciendo cada vez más palpable, si bien expresada en tonos silenciosos e implícitos, es una creciente fatiga presente en Estados Unidos. Un tipo de un agotamiento político y psíquico emergente, tenue en un primer momento, pero ahora innegable, que ha comenzado a suscitarse en torno al lugar que ocupa Israel en la vida pública estadounidense. Entre los expertos, los podcasters y la constelación de personajes mediáticos que orbitan en torno a los centros de los medios alternativos, existe un malestar creciente, incluso una irritación, por la obsesiva centralidad de Israel en la identidad estadounidense, en sus rituales políticos y en las compulsivas muestras de lealtad que exige. No se trata solo del enfrentamiento imperante en el seno de la derecha entre un «America First» de cuyo significado está excluido Israel y otro que lo incluye. No se trata solo de las voces cada vez más numerosas que se centran en Palestina, todavía marginales, pero cada vez más poderosas. Ello se manifiesta también en la propia emergencia de la pregunta –la pregunta sobre el «derecho a existir» de Israel, sobre la lealtad obligatoria de los políticos, sobre las declaraciones rituales de apoyo– donde se hace patente un malestar más profundo. Lo que antes se consideraba establecido, axiomático, sagrado, ahora se ve lastrado por su propia carga performativa. Estas cuestiones ya no flotan como verdades evidentes, sino que caen bajo el peso de su propio agotamiento. El mero hecho de plantearlas ahora es reconocer que algo ha cambiado, que estas afirmaciones, repetidas hasta la saciedad, se han convertido en significantes no de claridad moral, sino de bancarrota ideológica.

Cada vez más, la insistencia en Israel como la prueba de fuego por antonomasia ya no se percibe como una señal de seriedad moral, sino como el reflejo gastado de una clase dominante, política, mediática e institucional, cuyas coordenadas éticas se derrumban bajo el peso de sus propias contradicciones. La repetición de la lealtad funciona ahora menos como un indicador de convicción que como un síntoma: un síntoma de miedo, de decadencia ideológica, de un aferramiento desesperado a un orden, cuyos mitos fundacionales están empezando a desmoronarse. Basta con examinar el respaldo implícito de The New York Times a Andrew Cuomo y su aversión apenas velada hacia Zohran Mamdani, un gesto que no denota un desacuerdo político, sino una muestra de desprecio vengativo por el mero hecho de su historial pro palestino. O podemos recurrir, sin ilusión alguna, a personajes como Tucker Carlson, cuyas observaciones sobre la obsesiva centralidad de Israel en la vida política estadounidense dirigidas al senador Ted Cruz no nacen de la solidaridad con Palestina, sino del agotamiento, un agotamiento que, sin embargo, es sintomático de un malestar más amplio. Seamos claros: no se trata del surgimiento de una corriente pro palestina coherente. Ni mucho menos. Pero lo que está empezando a erosionarse es la santidad del lugar que ocupa Israel en la vida moral estadounidense. El cambio, en esta etapa, no se verifica del paso de la marginalidad de Palestina a su centralidad, sino de la centralidad incuestionable de Israel a su desplazamiento incómodo.

Por ejemplo, debemos resistir la tentación de suponer que el despliegue implacable de acusaciones de antisemitismo por parte de la hasbara israelí tiene como objetivo principal silenciar las críticas a Israel. Por el contrario, lo que estamos presenciando es algo mucho más interesante: el obsceno exceso de esta estrategia retórica está empezando a volverse en su contra, no porque la gente se haya vuelto de repente más pro palestina, sino porque está cansándose, incluso disgustándose, de verse obligada a realizar el ritual de la preocupación excepcional por la centralidad simbólica de Israel. Dicho taxativamente: este agotamiento no es el resultado de un despertar decolonial. Es, en realidad, el resultado inevitable de la sobreproducción ideológica. Cuando toda crítica se convierte en un posible delito de odio, cuando todo llamamiento al alto el fuego se tilda de incitación y cuando toda protesta se presenta como una reunión antisemita, algo comienza a cambiar en el orden simbólico. La propia maquinaria destinada a preservar la posición hegemónica de Israel en la vida moral estadounidense comienza a desmoronarla. Cuanto más insiste Israel en su estatus único, más visible se vuelve su violencia. Cuanto más acusa, más revela, cuanto más exige silencio o lealtad, más se debilita. Y aquí está el giro: la actual dislocación del lugar simbólico de Israel en el imaginario estadounidense no es solo el resultado del activismo pro palestino. Es también y quizá principalmente el resultado de las propias acciones de Israel: su insistencia en el excepcionalismo, su genocidio en curso en Gaza y su intento de arrastrar a Estados Unidos a una guerra regional.

El cambio que estamos presenciando no es el triunfo de una narrativa alternativa, sino la lenta implosión de la narrativa dominante bajo el peso de sus propios excesos

A la postre, el cambio que estamos presenciando no es el triunfo de una narrativa alternativa, sino la lenta implosión de la narrativa dominante bajo el peso de sus propios excesos. Lo que estamos viviendo no es solo una crisis de legitimidad, sino una crisis de legibilidad, un momento en el que las coordenadas que antes hacían que el apoyo a Israel pareciera natural, moral e incluso inevitable comienzan a difuminarse. Y, paradójicamente, no es el discurso antisionista el que ha producido esta ruptura, sino el propio sionismo: su saturación del espacio simbólico, su exigencia de ser el centro de todo juicio moral, su compulsión por hablar incluso cuando nadie le pregunta. Esta es la lógica de la sobreproducción ideológica: cuando un sistema ya no puede sostener sus propias ficciones, no porque hayan sido refutadas, sino porque se han repetido con demasiada frecuencia, con demasiada fuerza y con muy poca vergüenza. En ese momento, la ideología deja de funcionar como creencia y comienza a cuajar en farsa. Y quizá ahí es donde nos encontramos ahora: no ante una contrahegemonía victoriosa, sino en medio de las ruinas de una narrativa, que se ha agotado en sí misma por insistir demasiado, con demasiada frecuencia y a costa de todo lo demás.

Fuente: Diario Red