Escrito Por: Pablo McKinney
La 81.ª Asamblea General de la ONU fue la liturgia gris de un mundo que, como el de Berlín en 1933, corre desesperado hacia la barbarie. El fascismo avanza. Donald Trump confiesa, sin vergüenza ni prurito, que está saqueando el petróleo venezolano y utiliza a quienes antes calificaba de corruptos y narcoterroristas —los Rodríguez y el Cabello— para hacerlo. (Al Mr. la democracia nunca le ha importado). Confiesa que, si no le obedecen, no respetará a ningún país (salvo a los que tienen armas nucleares para disuadirlo) y, en especial, no respetará a los pueblos soberanos con quienes comparte el continente americano. A nosotros, los hijos de Bolívar y de Whitman.
En su discurso de aspirante a carcelero global, el señor Trump reafirmó que no permitirá que ninguna nación desobedezca sus mandatos. Y llegó al exceso de negar, en la propia sede, los valores que inspiraron la creación de la ONU: la promoción de la democracia, y el respeto a los derechos humanos y la soberanía de los pueblos.
Amenazó con desaparecer, invadir, encarcelar y derrocar a quien se atreva a desobedecer sus caprichos de niño malcriado, incluido el hacer negocios con China, que es hoy la gran factoría tecnológica e industrial del mundo, en buena medida por la ambición de las élites empresariales estadounidenses que, en los años 90, estrecharon relaciones diplomáticas y comerciales con el dragón asiático para aprovechar su mano de obra barata, disciplinada y educada, sin derechos laborales. Sólo que olvidaron a Confucio, cuya influencia en China es mayor que la de Mao o Marx.
Como resultado de ese acercamiento, hoy una de cada cuatro mercancías que se venden en el mundo es china. Hacia China miran las empresas tecnológicas del mundo, no atraídas por su sistema comunista, sino por el precio y la calidad de sus productos. Nuestras telefónicas lo saben. Carlos Slim, como los dueños de Altice, está lejos de ser sospechoso de comunismo. Don Carlos es sólo un empresario que gusta de las leyes del mercado, de la libertad de comercio y de la libre competencia.
No hay espacio en este bulevar para contar las “absurdidades” que el mundo tuvo que presenciar en esta Asamblea, con una ONU tan “fañé y descangayada” que, irrespetándose a sí misma, invitó a hablar allí a su verdugo y al otro innombrable genocida exterminador, convicto de la Corte Penal Internacional.

