Escrito Por: Pablo McKinney
Lo del buen desempeño de la juventud en nuestra democracia comenzó con la llegada de Leonel Fernández a la Presidencia de la República, en 1996, con apenas 42 años. En 2010, con solo 32, David Collado ganó una curul de diputado para, posteriormente, y con tan solo tres meses de campaña, vencer a un entonces favorito, Roberto Salcedo, en la contienda por la alcaldía del DN. En 2018, los abuelos del PRM escucharon los banilejos consejos e inyectaron sangre nueva a la dirección de la organización, entregando la presidencia a José Ignacio Paliza y la secretaría general a Carolina Mejía Gómez.
En 2019, un joven economista, Juan Ariel Jiménez Núñez, fue nombrado ministro de la cosa. También en julio, pero de 2020, con 28 años, Omar Leonel asumió una diputación que, en 2024, lo llevaría a ganar la senaduría del DN, unificando los dos PLD en su candidatura y sorprendiendo al país con su buen desenvolvimiento en el debate electoral frente al experimentado Guillermo Moreno.
Al presidente Abinader le ha ido bien con más de un joven funcionario, comenzando con el director de RD-Vial, Hostos Rizik, a quien, al conocerlo camino a la avenida Circunvalación de Baní —en construcción— confundí con un sobrino del ministro Estrella. (Insana virtud, la de meter la pata).
¿En qué coinciden Leonel, David, Paliza, Carolina, Juan Ariel, Hostos y Omar? En que todos tuvieron un buen desempeño en su ópera prima como servidores públicos. Ahora toca el turno a Juan Garrigó Mejía, de 31 años, juramentado como secretario general del gubernamental PRM, en un momento en que su gobierno no está para sustos, sorpresitas ni chistes malos. Para orgullo de sus padres y su abuelo, por sus palabras y su saber esperar, todo indica que el joven Juan de Jesús tiene muy claro el tamaño y el peso de la responsabilidad que acaba de asumir.
La juventud no es una bondad en sí misma. Ella no puede ser una patente de corso para ascender, ni un hándicap para frenar el talento en crecimiento. Los jóvenes tienen brío, curiosidad, ilusión y fuerza. Solo les falta la experiencia que, -si la arrogancia no les vence-, tienen a su disposición en la sabiduría de los viejos que, con don Alberto, cantan: “Y uno es una isla desierta/ un médano en el mar, un espejismo/ Empieza por abrir todas las puertas/ y termina a solas con sí mismo”.

