La igualdad como punto de partida

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Escrito Por: Margarita Cedeño@Margaritacdf

La Declaración de Independencia de los Estados Unidos fue, sobre todo, la formulación política de una idea que cambiaría la historia moderna, sustentada en la idea de que todos los hombres nacen iguales y que existen derechos anteriores y superiores al poder del Estado.

Esa afirmación, escrita en 1776, no resolvió por sí sola las profundas contradicciones de la sociedad norteamericana. La esclavitud continuó, las mujeres quedaron excluidas de la ciudadanía política y la igualdad proclamada tardó generaciones en abrirse camino en la realidad social. Pero aun con esas contradicciones, la Declaración sembró la revolucionaria idea de que la legitimidad del gobierno no provenía de la sangre, del linaje, del privilegio ni de la fuerza, sino del consentimiento de los gobernados.

Es decir, la igualdad dejó de ser una aspiración moral abstracta y pasó a convertirse en un principio político, positivizado en un documento disponible para todos. Desde entonces, ningún poder podía justificarse plenamente si no reconocía que la persona humana tenía dignidad propia, derechos naturales y capacidad de participar en la construcción de su destino colectivo.

Ese principio cruzó fronteras. Los países más cercanos a los Estados Unidos, especialmente en América Latina y el Caribe, abrevaron de esa fuente. No siempre de manera lineal, ni siempre con los mismos resultados, pero sí como parte de una corriente histórica que vinculó independencia, república, derechos y desarrollo.

La República Dominicana no fue ajena a esa influencia. Nuestra construcción nacional tuvo raíces propias, marcadas por la experiencia colonial, la ocupación haitiana, la lucha trinitaria y el pensamiento de Juan Pablo Duarte. Pero también formó parte de un ambiente regional donde la idea republicana se alimentaba de grandes referencias como la independencia estadounidense, la Revolución Francesa, la independencia haitiana y las guerras emancipadoras hispanoamericanas.

En ese sentido, el ideal de igualdad proclamado en Estados Unidos ayudó a consolidar la convicción de que los pueblos tienen derecho a gobernarse a sí mismos y que la independencia no era solo separación territorial. Para países como la República Dominicana, esa noción fue esencial. El camino hacia el desarrollo económico y social exigía algo más que soberanía formal. Requería construir un Estado capaz de reconocer derechos, ampliar oportunidades, promover educación, garantizar propiedad, organizar mercados, proteger libertades y crear condiciones para que la igualdad jurídica se tradujera gradualmente en movilidad social.

Desde ese punto de vista, la Declaración de Independencia de los Estados Unidos sigue siendo importante porque nos recuerda que el desarrollo comienza con una idea política que se sustenta en la dignidad de la persona. La igualdad no significa uniformidad ni eliminación del mérito. Significa que el punto de partida de una sociedad decente debe ser el reconocimiento de que ningún ser humano nace destinado a obedecer, a depender o a quedar excluido. Significa que el Estado existe para servir al ciudadano, no el ciudadano para servir al Estado.

Por eso, más de dos siglos después, aquella declaración conserva vigencia. Su promesa sigue incompleta, incluso en el país que la produjo. Pero su fuerza descansa en la idea de que el mundo requiere un lenguaje para reclamar derechos, limitar el poder y construir naciones donde la libertad y la igualdad sean punto de partida para el desarrollo.

Fuente: Listín Diario