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La escritura como placer

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Dos grandes conclusiones dominan la coyuntura. Una primera: la situación es tan complicada que reclama de grandes acuerdos para afrontarla. Y una segunda: esto, ahora, no es posible. Se desea un amplio consenso, pero se acepta que esta es una vía cerrada. ¿Por qué? Pueden adivinarse muchas razones, pero ninguna descansa o se fundamenta en el interés general. Serán razones partidistas o intereses electorales o dosis excesivas de egos descontrolados o, incluso, de una disimulada incompetencia. Pero el interés general, el que se concreta en servir al bienestar de la gente, no se valora ni se tiene en cuenta. ¡Lamentable, pero es así!

Y no será porque la necesidad no sea evidente, aparatosa, urgente. De hecho, estamos ante una situación de guerra. No única ni principalmente en Ucrania, la de ahora es una guerra que nos alcanza a todos, mucho más allá de las fronteras ruso-ucranianas. Una guerra diferente, no solo con cañones y tanques, también con gas y cereales, con medidas financieras y tipos de interés. Pero, al fin y al cabo, guerra con víctimas, con miseria y destrozo. Una guerra que se alarga en el tiempo y que condiciona nuestro futuro.

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  Efe

Una guerra que nos hace más pobres, más desvalidos, más vulnerables. Cuando justo nos recuperábamos de las consecuencias de la pandemia, hemos recordado que teníamos que luchar contra el cambio climático. Y, últimamente, con tiempo por delante, hemos recuperado el gusto amargo de la inflación depredadora, de la pérdida de la capacidad ­adquisitiva, de la ralentización del crecimiento, de la amenaza de una recesión empobrecedora. Esto no comporta, necesariamente, la aceptación derrotista de la situación. Las visiones apocalípticas son las más fáciles: así no hace falta ni luchar ni buscar soluciones.

Hay motivos para creer que la crisis puede superarse, que la guerra acabará con la derrota de los que la han provocado. Pero, si el escenario es de guerra, ¿ni para evitarla somos capaces de llegar a acuerdos? Normalmente, la historia nos dice que las grandes crisis solo se superan con grandes acuerdos. Esto también es memoria histórica. Las diferencias ideológicas no solo son legítimas, sino también la expresión de una vida en libertad. Pero cuando los problemas son muy aparatosos, urgentes y evidentes, el acuerdo se hace, o debería hacerse, más fácil. No hacerlo no es simplemente olvidarse del interés general, es abierta y queridamente ir en contra.

La historia nos dice que las grandes crisis solo se superan con grandes acuerdos

La voluntad de acuerdo es el termómetro del compromiso con el futuro de la gente y de su bienestar. Y ahora, este compromiso no se ve. Se invocan muchas excusas, se construyen muchos pretextos para rehuirlo, pero sería bueno que nadie se engañara. Sin cultura de acuerdo las medias imprescindibles no se tomarán; las reformas necesarias se aplazarán. Porque medidas y reformas requieren tiempo, pueden tener costes electorales, pueden afectar a la popularidad y esto no se quiere aceptar. Se prefiere cargar, simplemente, al adversario, la responsabilidad del fracaso.

La crisis es importante y aceptarlo es la primera obligación del liderazgo. La confrontación ha de reservarse para ganar la guerra, para salir de la crisis, no para pelearse internamente. La crisis se alimenta de la desunión; aquí y en todos lados. Todo el mundo lo sabe, pero requiere fuerza y coraje. El acuerdo es el privilegio de los fuertes. La cultura del acuerdo es tan necesaria que no se entiende que no se practique. Ni se entiende ni tiene justificación. Ahora, es uno de estos momentos.

¿Posible? ¿Imposible? ¡Necesario!

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Dos grandes conclusiones dominan la coyuntura. Una primera: la situación es tan complicada que reclama de grandes acuerdos para afrontarla. Y una segunda: esto, ahora, no es posible. Se desea un amplio consenso, pero se acepta que esta es una vía cerrada. ¿Por qué? Pueden adivinarse muchas razones, pero ninguna descansa o se fundamenta en el interés general. Serán razones partidistas o intereses electorales o dosis excesivas de egos descontrolados o, incluso, de una disimulada incompetencia. Pero el interés general, el que se concreta en servir al bienestar de la gente, no se valora ni se tiene en cuenta. ¡Lamentable, pero es así!

Y no será porque la necesidad no sea evidente, aparatosa, urgente. De hecho, estamos ante una situación de guerra. No única ni principalmente en Ucrania, la de ahora es una guerra que nos alcanza a todos, mucho más allá de las fronteras ruso-ucranianas. Una guerra diferente, no solo con cañones y tanques, también con gas y cereales, con medidas financieras y tipos de interés. Pero, al fin y al cabo, guerra con víctimas, con miseria y destrozo. Una guerra que se alarga en el tiempo y que condiciona nuestro futuro.

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  Efe

Una guerra que nos hace más pobres, más desvalidos, más vulnerables. Cuando justo nos recuperábamos de las consecuencias de la pandemia, hemos recordado que teníamos que luchar contra el cambio climático. Y, últimamente, con tiempo por delante, hemos recuperado el gusto amargo de la inflación depredadora, de la pérdida de la capacidad ­adquisitiva, de la ralentización del crecimiento, de la amenaza de una recesión empobrecedora. Esto no comporta, necesariamente, la aceptación derrotista de la situación. Las visiones apocalípticas son las más fáciles: así no hace falta ni luchar ni buscar soluciones.

Hay motivos para creer que la crisis puede superarse, que la guerra acabará con la derrota de los que la han provocado. Pero, si el escenario es de guerra, ¿ni para evitarla somos capaces de llegar a acuerdos? Normalmente, la historia nos dice que las grandes crisis solo se superan con grandes acuerdos. Esto también es memoria histórica. Las diferencias ideológicas no solo son legítimas, sino también la expresión de una vida en libertad. Pero cuando los problemas son muy aparatosos, urgentes y evidentes, el acuerdo se hace, o debería hacerse, más fácil. No hacerlo no es simplemente olvidarse del interés general, es abierta y queridamente ir en contra.

La historia nos dice que las grandes crisis solo se superan con grandes acuerdos

La voluntad de acuerdo es el termómetro del compromiso con el futuro de la gente y de su bienestar. Y ahora, este compromiso no se ve. Se invocan muchas excusas, se construyen muchos pretextos para rehuirlo, pero sería bueno que nadie se engañara. Sin cultura de acuerdo las medias imprescindibles no se tomarán; las reformas necesarias se aplazarán. Porque medidas y reformas requieren tiempo, pueden tener costes electorales, pueden afectar a la popularidad y esto no se quiere aceptar. Se prefiere cargar, simplemente, al adversario, la responsabilidad del fracaso.

La crisis es importante y aceptarlo es la primera obligación del liderazgo. La confrontación ha de reservarse para ganar la guerra, para salir de la crisis, no para pelearse internamente. La crisis se alimenta de la desunión; aquí y en todos lados. Todo el mundo lo sabe, pero requiere fuerza y coraje. El acuerdo es el privilegio de los fuertes. La cultura del acuerdo es tan necesaria que no se entiende que no se practique. Ni se entiende ni tiene justificación. Ahora, es uno de estos momentos.

¿Posible? ¿Imposible? ¡Necesario!

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