La democracia liberal va herida de muerte… y lo sabe

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Escrito por: Pablo McKinney

Contaba el filósofo Julián Marías que, cuando la obra La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset, apareció en inglés, la revista Atlantic Monthly escribió: “Lo que El contrato social de Rousseau fue para el siglo XVIII y Das Kapital de Karl Marx para el XIX, debería ser La rebelión de las masas del señor Ortega para el siglo XX”, y así fue. Sin embargo, lo que no podía imaginar la revista estadounidense era que, además, la obra sería fundamental para interpretar el primer cuarto del siglo XXI.

Para Ortega y Gasset, cuando las instituciones tradicionales pierden autoridad, quien domina los nuevos canales de comunicación puede convertirse en una fuente alternativa, aunque hoy sean otros los canales. Así, de la llamada Telecracia, que inauguró el primer debate presidencial televisado de la historia, celebrado el 26 de septiembre de 1960 en Chicago, entre John F. Kennedy y Richard Nixon, pasamos al reinado de las redes sociales y a la sociedad de la información y de la atención que se inició durante la campaña presidencial de Barack Obama en 2008.

Gracias al profesor Manuel Castells y su obra fundamental, La era de la información, hoy sabemos que la verdadera riqueza política no es tanto el conocimiento ni el número de afiliados de un partido, sino la capacidad de éste para captar y mantener la atención pública. Para el académico español, el poder en las sociedades en red se construye a través del control de los flujos de información y la visibilidad pública. Más que administrar planteamientos técnicos o ideológicos, la política de hoy administra la atención. 

Quien controla la atención posee el poder de crear sentido de pertenencia. Pero resulta que, precisamente por Ortega y Castells, entro otros, sabemos que, por pertenecer, el ciudadano está dispuesto a sacrificar la verdad, lo que nos lleva al mundo de la posverdad, que es donde se miente sabiendo que se miente. Por eso, las mentiras de la posverdad van dirigidas a los miembros de una comunidad fanatizada en su necesidad de pertenecer. El mejor ejemplo de esto en los últimos años han sido las mentiras del presidente estadounidense Donald Trump —a las que la cadena FOX llama “verdades alternativas”—, fácilmente demostrables como falsas. Precisamente, porque ha dejado de ser importante la verdad, en todo Occidente la democracia “va herida de muerte… y lo sabe”.