Desde su fundación en 1776, Estados Unidos ha intervenido más de medio millar de veces en el exterior. Una tercera parte de las ocasiones, desde 1999
Madeleine Albright, la primera mujer secretaria de Estado, la definió como “la potencia indispensable”. Sus rivales prefieren epítetos como “el gran Satán”, el apodo que le dio el ayatolá Jomeini. Admirada o vilipendiada, defensora de los derechos humanos o responsable de abusos gravísimos, instigadora de golpes de Estado o adalid de la democracia, Estados Unidos, el país que dio forma al orden mundial, atraviesa una fase clave 250 años después de que los fundadores estamparan sus firmas en la Declaración de Independencia en Filadelfia. En medio de un profundo giro en sus posiciones geopolíticas, afronta una competencia global cada vez mayor, incertidumbre económica y dudas sobre su futuro papel en el mundo.
El protagonismo mundial de Estados Unidos habría sorprendido a sus fundadores. “Es nuestra política auténtica alejarnos de cualquier alianza permanente con ninguna parte del mundo extranjero”, sostenía el primer presidente, George Washington, temeroso de implicar al nuevo país en los sempiternos conflictos de los grandes imperios europeos. Desde entonces, la política exterior de Washington ha tenido un carácter pendular, oscilando entre el aislacionismo y el intervencionismo. Esta última tendencia se había impuesto desde la Segunda Guerra Mundial, acelerada por la competencia con la Unión Soviética durante la Guerra Fría y por la creación de un nuevo orden mundial del que Washington, su principal promotor y beneficiario, se convertía en garante.
Desde su independencia, Estados Unidos ha lanzado más de 500 intervenciones en el extranjero, según un cálculo del Centro Fletcher de Estudios Estratégicos de la Universidad Tufts. Un 60% del total en esos 250 años ha tenido lugar desde 1950. Y se dispararon al final de la Guerra Fría, pese a las grandilocuentes tesis de entonces sobre el final de la Historia y la supuesta llegada de una benévola Pax Americana: un tercio del total de operaciones ha ocurrido desde 1999. La mayoría del total, en América Latina, aunque desde la era de la Guerra Fría los escenarios en Asia u Oriente Próximo se han ido haciendo más frecuentes.
En la posguerra, la mayor parte de esas operaciones se relacionaron con el enfrentamiento contra la Unión Soviética y la división del mundo en dos bloques. Tras la caída de la otra superpotencia, al intervencionismo se le dio un barniz humanitario y de lucha contra crisis globales, al menos sobre el papel. Fue la etapa de las operaciones en Somalia, en los Balcanes, de la guerra contra la droga en América Latina. Entonces, la mayoría de los estadounidenses, un 71% según una encuesta de Gallup de la época, se declaraban satisfechos con la imagen de Estados Unidos en el exterior. Hoy en día esa cifra se ha precipitado al 38%.
El mundo tampoco es ya el de entonces. En 1960, Estados Unidos representaba el 40% de la economía global. En la actualidad, esa proporción ha descendido al 25%. China, un país paupérrimo hace siete décadas, aporta ahora el 17%. La economía industrial abre paso a la economía digital. El protagonismo geopolítico se traslada del Atlántico Norte hacia Asia Pacífico y el sur global.
Una percepción empeorada
La percepción es recíproca en el resto del mundo. Un sondeo del Pew Research Center en 36 países encontraba que un 50% de los consultados opinan que Estados Unidos no es un país fiable como socio, por un 47% que cree lo contrario; un 63% considera que contribuye muy poco o nada a la paz y estabilidad, frente a un 35% que piensa que sí lo hace. Solo en siete de las 36 naciones de la encuesta una mayoría de los adultos tiene una visión favorable de la primera economía mundial. Israel es donde Washington está mejor vista, con un 81% de israelíes que la ven con buenos ojos; en países tan distintos entre sí como Italia, Indonesia, Nigeria o Turquía, la buena opinión sobre Estados Unidos ha caído al menos un 10% en poco más de un año.

Un momento clave en esta deriva llegó en 2003, cuando un Estados Unidos que ya ocupaba Afganistán tras los atentados del 11-S optó por ir a la guerra contra Irak con una serie de argumentos espurios que aseguraban que el régimen de Sadam Husein disponía de armas de destrucción masiva. Una decisión que costó más de medio millón de vidas, 1,7 billones de dólares, graves consecuencias geopolíticas —el nacimiento del Estado Islámico, entre otras cosas— y que azuzó el malestar de una parte de la población estadounidense que se sentía excluida y cuyo sentimiento de agravio se vio agudizado por la crisis financiera de 2008.
Los afectados por la crisis financiera y la falta de perspectivas veían en sus televisores a unos líderes que no resolvían sus problemas, pero sí destinaban generosas cantidades a conflictos muy lejanos. Esas “guerras eternas” y esa desigualdad rampante abonaron el terreno para las victorias electorales de Donald Trump en 2016 y 2024 con su promesa de “Hacer a Estados Unidos grande de nuevo” y de evitar inmiscuirse en conflictos en el exterior.
Pese a aquel compromiso, la política exterior estadounidense bajo Trump no ha esquivado el intervencionismo. Más bien, al contrario. Estados Unidos ha intensificado su afán por promover cambios de régimen. Este año ha intervenido en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro; ha lanzado una guerra contra Irán, cuyo primer objetivo declarado —y no conseguido— era acabar con el régimen de los ayatolás; este miércoles, en un discurso en Dakota del Norte, insistía en que la Cuba castrista está a punto “de caer de nuestro lado”.
La nueva etapa se caracteriza no tanto por un regreso al aislacionismo -esas intervenciones lo demuestran- como por hacer caso omiso de los ideales prodemocracia y proderechos humanos que, al menos de puertas para afuera, habían guiado la política exterior estadounidense. Lo que prima es el interés de Washington puro y duro. La estrategia de Seguridad Nacional publicada en diciembre lo deja claro: “La era en la que Estados Unidos se echaba la espalda al mundo entero como el titán mitológico Atlas se ha acabado”, se lee en ese documento en el que la Administración Trump explica su política exterior.
“Al presidente Trump no le gusta usar el poderío estadounidense para promover los ideales estadounidenses. Es todo transaccional”, señalaba Eliot Abrams —antiguo secretario adjunto de Estado en la muy intervencionista Administración de Ronald Reagan, uno de los protagonistas del escándalo Irán-Contra de aquel entonces y ahora en el Consejo de Relaciones Exteriores— en una charla organizada por el think tank británico Chatham House. “Habitualmente, cada gobierno equilibra sus ideales con sus intereses comerciales, de seguridad, financieros… el problema es que ahora nosotros no equilibramos, simplemente desdeñamos los intereses idealistas o ideológicos”.
Así, Washington dinamita las instituciones internacionales —en enero anunció la salida de una docena de ellas— y la red de alianzas que cuidadosamente tejió durante 75 años tras la II Guerra Mundial. Ha amenazado con arrancar Groenlandia de la soberanía de Dinamarca, aliado en la OTAN; sus críticas contra la Organización y sus miembros son casi diarias. Este miércoles anunció que no renovará el tratado de libre comercio con México y Canadá que él mismo renegoció y describió como “el mejor acuerdo jamás logrado”.

El multilateralismo que Washington defendía, al menos de boquilla, se ha convertido en una preferencia por los pactos bilaterales, en los que resulta mucho más fácil presionar para obtener términos más favorables. Aumenta la predisposición a utilizar la fuerza militar como herramienta de política exterior, y no solo como último recurso: los soldados estadounidenses bombardean supuestas narcolanchas en el Caribe y en el Pacífico y asesinan a dirigentes del narcotráfico para combatir la lacra de las drogas.
América Latina, cuestión de política interna
América Latina, a la que la Estrategia de Seguridad Nacional declara la gran prioridad de la política exterior estadounidense, pasa a ser concebida casi como una cuestión de política interna estadounidense, de vuelta a los tiempos en los que Washington no se avergonzaba de pensar en la región como su patio trasero. No es solo la intervención en Venezuela, las presiones sobre Cuba o el recurso a la fuerza militar contra el narcotráfico. Son las intervenciones de Trump en favor de candidatos de extrema derecha en los procesos electorales, la imposición de sanciones en Brasil, las amenazas y los insultos contra el presidente colombiano Gustavo Petro.
“Las políticas internas en América Latina están ahora insertadas en la política estadounidense de tal modo que ya no son política exterior”, sino política nacional, señala Francisco Rodríguez, de la Universidad de Colorado.
El mundo ha comenzado a responder ante este cambio de paradigma. Rusia, donde el presidente Vladimir Putin recibe un trato de guante blanco por parte de Trump, mantiene su ofensiva en Ucrania. Xi Jinping, en China, toma buena nota de los acontecimientos en Oriente Próximo y mira hacia Taiwán. Europa se refuerza y busca otras alianzas: La Unión Europea y Canadá se acercan; Europa ha firmado un acuerdo de libre comercio con India; el Reino Unido, Japón e Italia han acordado colaborar en la construcción de una nueva generación de cazas, mientras Londres y París sopesan la creación de un paraguas nuclear propio.
Tras la marcha de Trump, es posible que el péndulo vuelva a cambiar de dirección. Que haya movimientos para recuperar el orden mundial que imperó durante ocho décadas. Pero ya lo decía Heráclito y lo recuerdan los expertos: no es posible nadar dos veces en el mismo río. “No será posible volver al liderazgo estadounidense tal y como estaba”, reconocía Mira Rapp-Hooper, responsable para Asia Pacífico en el Consejo de Seguridad Nacional del demócrata Joe Biden, en el mencionado simposio en Chicago.
Según la experta, aunque permanezca el deseo entre los socios de Washington de retomar las alianzas y los acuerdos previos a 2024, los mandatos de Trump han creado un problema de confianza: “¿Cómo estructurar la cooperación con unos Estados Unidos tan volátiles? El horizonte temporal para los acuerdos internacionales y otras formas de cooperación se han reducido a solo cuatro años», dado el riesgo de que lo pactado por una Administración lo deshaga la siguiente.
“Habrá alguna forma de regreso de Estados Unidos, pero tendrá que ocurrir en términos distintos”, opina Rapp-Hooper, actualmente en la consultora The Asia Group. “Estados Unidos sigue siendo globalmente muy poderosa. Una de las claves de si podremos perdurar es tenerr amigos que se mantendrán de nuestro lado, y creo que los tenemos. Y la otra, lo efectivos que sean nuestros rivales en llenar nuestro hueco en esta etapa de caos. La China de Xi Jinping ha mostrado muy poco interés en asuntos como la gobernanza global y otras formas de liderazgo global que demuestren que están de verdad dispuestos a tomar el relevo como superpotencia”.
Fuente: EL PAIS

