Estas son las pistas digitales de lo que Musk trama realmente

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Escrito Por: Zeynep Tufekci

Al ver a Elon Musk, y a su banda de acólitos jóvenes, abrirse paso a cuchilladas a través del gobierno federal, muchos observadores se han esforzado por comprender cómo un grupo tan pequeño podía hacer tanto daño en tan poco tiempo.

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El error es tratar de situar a Musk en el contexto de la política. No está abordando este reto como un funcionario preocupado por el presupuesto. Lo está abordando como un ingeniero, explotando vulnerabilidades incorporadas a los sistemas tecnológicos de la nación, operando como lo que los expertos en ciberseguridad definen como una amenaza interna. Se nos advirtió de estas vulnerabilidades, pero nadie escuchó, y las consecuencias —para Estados Unidos y el mundo— serán enormes.

Las amenazas internas existen desde hace mucho tiempo: el topo de la CIA que trabajaba silenciosamente en la oficina del gobierno soviético, el ingeniero de Boeing que llevaba en secreto información sobre el programa del transbordador espacial al gobierno chino. Los sistemas digitales modernos potencian esa amenaza al consolidar cada vez más información procedente de muchos ámbitos distintos.

Este enfoque ha aportado ventajas evidentes en términos de comodidad, acceso, integración y rapidez. Cuando la comisión bipartidista del 11 de septiembre describió cómo la segmentación de la información entre agencias había obstaculizado los esfuerzos de inteligencia, la solución fue crear sistemas integrados para recopilar y compartir enormes cantidades de datos.

Sin embargo, la gestión de sistemas digitales integrados requiere dotar a unos pocos individuos de amplios privilegios. Son los administradores de sistema o sysadmin, quienes gestionan toda la red, incluida su seguridad. Tienen privilegios de superusuario, la jerga para el nivel más alto de acceso. Tienen acceso a la “Vista de Dios”, el nombre que Uber dio a su herramienta interna que permitía a un número escandalosamente grande de empleados ver los viajes en Uber de cualquier persona.

Por eso, cuando Edward Snowden estaba en la NSA, pudo obtener tanta información, incluidas extensas bases de datos que poco tenían que ver con las operaciones concretas que quería exponer como denunciante. Era un administrador de sistema, el sujeto que vigila a los usuarios que abusan de su acceso, pero que tiene un amplio margen de maniobra para ejercer el suyo propio.

“A ciertos niveles, tú eres la auditoría”, así explicaba un funcionario de inteligencia a NBC News la facilidad con la que una sola persona podía llevarse montones de datos clasificados en una unidad de memoria USB. Es la versión moderna de uno de los problemas más antiguos de la gobernanza: “Quis custodiet ipsos custodes?”, como preguntó el poeta romano Juvenal hace unos 2000 años. ¿Quién vigila al administrador del sistema?

Hay que considerar el escándalo que supone el sistema de jubilación de los empleados federales, un programa torpe que Musk señaló recientemente. Toda la operación funciona casi exclusivamente en papel, cada expediente de jubilación procesado a mano por cientos de trabajadores en una mina de piedra caliza a 70 metros bajo tierra, quienes transportan trozos de papel entre las cavernas para colocarlos en la carpeta de papel correcta. Como no podía haber una llama encendida en la mina, informó The Washington Post en 2014, toda la comida tenía que proceder del exterior. Así que el pizzero tenía una autorización de seguridad. Múltiples intentos de modernización fracasaron, lo que originó un proceso frustrantemente lento en el que las búsquedas sencillas a menudo tardan meses.

No ocurre lo mismo con el proceso de contratación y despido de la Oficina de Administración de Personal (OPM, por su sigla en inglés), donde todos los expedientes de empleo están perfectamente digitalizados en un departamento de recursos humanos para todo el gobierno federal. Por eso, un equipo del llamado Departamento de Eficiencia Gubernamental de Musk se dirigió directamente a la OPM, arrastrando sofás-cama para dormir en ellos y poder estar allí las veinticuatro horas del día. La OPM es el acceso de superusuario a todo el gobierno de Estados Unidos.

Con ese tipo de acceso, incluso un pequeño equipo puede buscar en todo el gobierno empleados cuyos cargos contengan sugerencias de ideas erróneas, o que puedan resistirse a las tomas de poder o utilizar herramientas burocráticas para ralentizar el ritmo del cambio.

En efecto, este pequeño equipo del DOGE se ha convertido en administradores de sistemas de todo el gobierno. Poco después de la OPM, descendieron sobre el Departamento del Tesoro, donde se almacenan todos los pagos realizados por el gobierno: acceso de superusuario a la economía (incluidas muchas empresas que son competidoras directas de las de Musk). Sus esfuerzos se han extendido recientemente al Servicio de Impuestos Internos y a la Administración del Seguro Social, que guardan información extremadamente personal y sensible: acceso de superusuario a prácticamente toda la población estadounidense.

The Atlantic informa que un antiguo ingeniero de Tesla nombrado director de los Servicios de Transformación Tecnológica —una entidad poco conocida que gestiona servicios digitales para muchas partes del gobierno— ha solicitado “acceso privilegiado” a 19 sistemas informáticos diferentes, al parecer sin ni siquiera completar una comprobación de antecedentes, lo que lo hace menos investigado que la persona que reparte pizza en esa mina.

Todo esto se ha fusionado y amplificado con otro tipo de amenaza interna que se viene gestando desde hace décadas en el ámbito político: la expansión del poder ejecutivo sin control.

“Con dinero conseguiremos hombres, dijo César, y con hombres conseguiremos dinero”, escribió una vez Thomas Jefferson, para advertir contra las formas en que lo que él llamaba despotismo electo puede convertirse en un ciclo que se autoalimenta. Temía que un autoritario electo no solo pulverizara las instituciones destinadas a limitar su poder, sino que se apoderara de ellas para blandirlas como armas, atrincherándose así aún más.

Ni siquiera Jefferson podría haber imaginado un futuro en el que el arsenal desplegado incluyera bases de datos centralizadas con registros exhaustivos sobre el empleo, las finanzas, los impuestos y, para algunos, incluso el estado de salud de cada ciudadano.

Después de que un juez bloqueara una orden ejecutiva de Trump, Elon Musk compartió una publicación con sus más de 200 millones de seguidores en X que incluía el nombre, la foto y el trabajo de la hija del juez, supuestamente en el Departamento de Educación. No hay indicios de que accediera a bases de datos gubernamentales sobre ella, pero ¿cómo sabríamos si lo hizo, o si lo hace en el futuro?

¿Cuántas personas se preguntan ahora por información privada sobre sí mismas o sobre sus seres queridos? ¿Cuántas empresas se preguntan si sus datos financieros sensibles están ahora en manos de un rival? ¿Cuántos jueces se preguntan si su familia es la siguiente?

No tenía por qué ser así. A lo largo de los años, experto tras experto y organización tras organización advirtieron de los peligros de consolidar tantos datos en manos de los gobiernos (y las empresas). Ya en 1975 Jerome Wiesner, entonces presidente del MIT, advirtió que la tecnología de la información pone “muchísimo más poder en manos del gobierno y de intereses privados” y que “la recopilación generalizada de información personal supondría una amenaza para la propia Constitución”, con el riesgo de que surgiera una “tiranía de la información en la inocente búsqueda de una sociedad más eficiente”.

No se trata de elegir entre la eficiencia y las carpetas de papel en minas subterráneas. Ha habido muchos esfuerzos prometedores para desarrollar tecnologías digitales que preserven nuestra intimidad a la vez que ofrecen sus comodidades. Tienen nombres como pruebas de conocimiento cero, aprendizaje federado, privacidad diferencial, enclaves seguros, encriptación homomórfica, pero lo más probable es que nunca hayas oído hablar de ninguna de ellas. En la prisa por crear tecnologías más nuevas, más rápidas y más monetizables —y por permitir el tipo de imperios corporativos cuyos jefes ejecutivos estaban junto a Donald Trump en su toma de posesión—, las normas de privacidad y seguridad parecían un aburrimiento.

Ahora estamos atrapados en un sistema que ofrece la misma eficiencia a quien desea ejercer las funciones legítimas del gobierno y a quien desea desmantelarlo, o convertirlo en un arma para sus propios fines. Ni siquiera parece existir un mecanismo para saber quién ha accedido a qué base de datos y con qué privilegios. Los jueces preguntan y no siempre obtienen respuestas claras. Los únicos que lo saben son los administradores de sistema, y no lo dicen.

Fuente: The New York Times