¿Estamos preparados?

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Dolor, devastación, muerte, es el saldo que ha puesto a prueba la solidaridad de aliados y adversarios.

Escrito Por: Carmen Imbert Brugal

El Ciclo Festivo Alrededor de la Devoción y Culto por San Juan Bautista en Venezuela- Fiesta de San Juan- fue declarado patrimonio cultural inmaterial de la humanidad por la UNESCO. Tradición que pervive, convoca, sin importar vaivenes políticos ni represión, intervención ni carencias.

Coincide la fiesta con la celebración de “La Batalla de Carabobo” decisiva para la Independencia liderada por Simón Bolívar inspirador de la Revolución Bolivariana.

De fiesta y en fiesta estaba la población el Día de San Juan -miércoles 24- cuando ocurrió algo inenarrable, el aterrador “doblete sísmico” que estremeció a Venezuela y ha provocado una conmoción regional.

Dolor, devastación, muerte, es el saldo que ha puesto a prueba la solidaridad de aliados y adversarios. El pesar es compartido con la apreciada comunidad venezolana residente en el territorio. El Gobierno dominicano, con la presteza que la circunstancia exige, fue el primero en disponer asistencia cónsona con la urgencia.

Y el viernes pasado, mientras los centros de acopio recibían ayuda para enviar a Venezuela y el recuento del horror era comentario obligado, después del mediodía, un temblor magnitud 5.0- con epicentro a 58 kilómetros al sur de Boca de Yuma- alteró la tranquilidad de la ciudanía en el Gran Santo Domingo. Las personas reaccionaron asustadas por el movimiento, atemorizadas, imaginando una experiencia sísmica similar a la de Venezuela.

Y de nuevo la admonición más que premonición porque el presentimiento de cataclismo tiene soporte científico. Cada susto reaviva el tema, los especialistas se esmeran exponiendo sus teorías. Enseguida la vida continúa, gracias a la indiferencia y a la anarquía que ayuda a la gobernanza.

Después del terremoto magnitud 6.4 que afectó a Puerto Plata-22.09.2003- el más importante del siglo XXI, el día de la catástrofe fue designado “Día Nacional de la Prevención de Desastres y Atención a las Emergencias”.

Grande fue el sobresalto también la destrucción. 59 réplicas aumentaron el pánico. La hora de la ocurrencia evitó que miles de estudiantes sucumbieran atrapados entre las vigas y columnas caídas en las escuelas.

Entonces escribí: Vivimos en una zona sísmica, sin asumirlo. Fallas importantísimas atraviesan la isla. Si la indiferencia persiste nos queda temblar con el temblor o hacer como las hormiguitas de Tracey. Aludía un relato de Eduardo Galeano que cuenta la sorpresa de Tracey Hill, niña de Connecticut cuando comprobó, luego de incendiar un hormiguero, que, ante el fuego, ante el peligro, las hormigas se separaban en parejas, bien juntas y de a dos esperaban la muerte.

A partir de entonces la decisión oficial fue dedicar recursos y atención a las construcciones, reconocer la necesidad de evaluar las infraestructuras, quimera irrealizable cuando el interés de algunos sectores puede más que avizorar y prevenir una tragedia.

La contingencia exige aplicar las normas o revisarlas para la adecuación correspondiente en lugar de retomar la ficción de la seguridad y previsión antisísmica. Es importante ponderar la afirmación de la sismóloga mexicana Gina Paola Villalobos “Los terremotos no matan gente. El peligro real reside en las estructuras civiles, son los edificios que no cumplen con los requerimientos de ingeniería sismorresistente los que colapsan y provocan las tragedias humanas”. 

Fuente: Hoy