Entre Chumbivilcas y San Isidro, las fracturas de Perú en las elecciones

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El resultado de la votación presidencial, con el 95% escrutado, no se conocerá hasta dentro de días o semanas

El escrutinio de los votos para elegir presidente en Perú ha avanzado rápido en esta segunda vuelta hasta el 95,1%, pero todavía llevará días o semanas saber si los peruanos han escogido al izquierdista Roberto Sánchez o a la derechista Keiko Fujimori, que se presentaba por cuarta vez consecutiva. Mientras se libra una batalla voto a voto, en la que él tiene ahora una ventaja mínima, por poco más de 40.000 papeletas, algunas fracturas del país se han hecho nítidas en la imagen del día después del voto.

La más evidente es la inestabilidad institucional. En la última década, ha habido ocho presidentes incapaces de acabar su mandato, de los cuales dos están en prisión, uno por corrupción y otro por intentar dar un autogolpe. Todo ese vaivén arrastra cambios en los ministerios y arrasa cualquier plan a medio plazo. En un país en el que la criminalidad está en auge y es la principal preocupación ciudadana, con extorsiones a pequeños comerciantes y conductores del transporte urbano bajo amenaza de muerte, ha habido en ese lapso 29 ministros del Interior, 18 desde las últimas elecciones en 2021, que entre otras cosas están al frente de la policía.

“Esta elección es una fecha más en la trayectoria de inestabilidad crónica del país, con una degradación institucional que ninguno parece tener interés en cambiar”, dice el politólogo Alberto Vergara. En las encuestas del Instituto de Estudios Peruanos, el Congreso, en el que el partido de Fujimori, Fuerza Popular, es el principal, suscita porcentajes de rechazo entre la ciudadanía no inferiores al 85% en los últimos años, y ha entrado en rumbo de colisión con la erosionada figura presidencial.

Portadas de los diarios de este lunes, en Lima (Perú).Paolo Aguilar (EFE)

Tiene el poder de tumbar presidentes bajo la vaga figura de la “incapacidad moral permanente” y así lo ha hecho en cinco años con tres de ellos. El partido del izquierdista Roberto Sánchez, Juntos por el Perú, tiene mucha menos fuerza que Fujimori en el Congreso y Senado, lo que le obligaría a tejer alianzas más complicadas que las de ella. Keiko “tiene la bancada más experimentada y disciplinada, es el movimiento alrededor del que gira todo, en un país donde hay mucho transfuguismo y los demás partidos son más frágiles”, explica el politólogo Fernando Tuesta. Si gana Fujimori la presidencia sería muy poderosa, al tener también control de su partido en el Senado y el Congreso. En cambio, “si gana Sánchez, se encontrará en las dos cámaras con una fiscalización y una oposición frontal desde el primer día”, afirma. “Es un país partido en dos, llevamos tres elecciones consecutivas en las que quien gana lo hace por menos del 1% del voto”.

En la campaña, ambos candidatos centraron el discurso en sus bases electorales ―aunque Sánchez al final fue suavizando su posición― de dos proyectos muy diferentes, como si hablaran a dos países. En cierto modo, lo hacían. Mil kilómetros y un mundo es la brecha que hay entre Chumbivilcas, una provincia de la región Cusco situada a 3.660 metros sobre el nivel del mar, donde la pobreza extrema supera el 54% en algunas zonas y la desnutrición crónica afecta al 17,4% de los niños menores de cinco años, y San Isidro, el distrito más rico de Lima. Aquí Keiko Fujimori alcanzó el 84,19% de los votos, y en Chumbivilcas, Sánchez obtuvo el 94,1%.

No es casual que Sánchez, nacido en Huaral pero con raíces familiares andinas, no haya logrado imponerse en ninguno de los 43 distritos de Lima. Tampoco que haya arrasado en amplias zonas de la sierra sur. En una mesa del distrito puneño de Azángaro, por ejemplo, obtuvo el 100% de los votos válidos: 257 de 257. En muchas comunidades rurales persisten dinámicas colectivas de deliberación que contrastan con el comportamiento más individual de las grandes ciudades. Las decisiones políticas suelen discutirse en asambleas comunales y, una vez alcanzado un consenso, se vota en bloque.

Para Patricia Zárate, jefa de estudios del Instituto de Estudios Peruanos (IEP), estos contrastes reflejan la profunda heterogeneidad del país. Algunos investigadores, como César Martinelli, describen a Perú como un “archipiélago conectado”: territorios con intereses y expectativas diferentes que conviven bajo un mismo Estado. “Mientras unos buscan mantener el statu quo, otros quieren cambios porque consideran que el crecimiento no se ha distribuido de manera equitativa”, explica.

Casilla de votación en Huaral (Perú), el 7 de junio.Leslie Moreno (REUTERS)

Sin embargo, advierte que la explicación económica por sí sola ―en las zonas pobres gana la izquierda de Sánchez y en las ricas, la derecha de Fujimori― es insuficiente. También intervienen la historia, la identidad territorial y las visiones sobre el país. Por algo Sánchez lleva el sombrero de campesino que usaba el expresidente Pedro Castillo, que arrasaba en las zonas rurales y cuya figura reivindica en campaña ―está encarcelado por intentar dar un autogolpe―, y por algo Fujimori usa el apellido y la mano dura contra la criminalidad, aludiendo a la lucha de su padre contra el terrorismo, pese a la carga autoritaria y de violaciones de derechos humanos que implica su legado.

La pregunta es si un Perú tan fracturado puede construir consensos después de una campaña tan polarizada para ir ganando estabilidad. Aunque tanto Fujimori como Sánchez han prometido respetar los resultados, Zárate ve difícil una colaboración política genuina en las actuales condiciones. “Falta una construcción de partidos de derecha y de izquierda que busquen representar al conjunto del país. Que las segundas vueltas dejen de ser enfrentamientos entre ‘antis’. Cuando eso ocurra, probablemente podremos discutir en términos verdaderamente políticos”, sostiene.

El politólogo Vergara cree que “al no ver al otro como actor legítimo, pasa la elección y no cesa el conflicto, por eso hace falta forjar un consenso político que pueda ir a la raíz de estas fracturas. Si no hay políticos dispuestos a la colaboración para construir a medio plazo, serán solo pactos para destruir, para depredar lo público y disminuir la capacidad regulatoria del Estado. Para eso sí que hay pactos entre distintas bancadas”, dice.

El escritor Paco Moreno sostiene que la fractura que reflejan las urnas no es únicamente electoral, sino también histórica, económica y cultural. A su juicio, cualquier intento de tender puentes entre ambos bloques requeriría de un liderazgo capaz de reconocer las demandas legítimas de cada lado sin caricaturizarlas ni convertirlas en amenazas existenciales.

Estos dos candidatos presidenciales juntos no obtuvieron más del 20% de los votos en primera vuelta, en la que competían contra otros 34. Solo al pasar a segunda vuelta ganaron fuerza, en parte derivada del miedo al otro, de que se activara el antifujimorismo y el rechazo a la izquierda. “También sería necesario que las élites políticas abandonen la lógica de la confrontación permanente, que tantas veces les ha resultado rentable en términos electorales”, señala.

Para quien haya ganado las elecciones, agotar el mandato será, en sí mismo, un logro. Más difícil será conectar Chumbivilcas y San Isidro, aunque sigan ahí esos mil kilómetros que los separan.

Fuente: EL PAIS