Escrito Por: Pablo McKinney
Ante lo ocurrido el domingo en Brasil, quiero recordar a José Ernesto Oviedo Landestoy (Gordo), el único ciudadano de la isla que en el año 2022 confió, con una fe cercana a la de un monje, en el regreso triunfal de Lula da Silva al gobierno.
Aunque hace ya algunos años se nos adelantó en el viaje —y aunque fuera porque, según mis fuentes, estaba conectado con una médium con poderes—, me hubiera gustado haber perdido el domingo frente al Gordo la apuesta de un buen vino. Hasta entonces, todo indicaba que la parafernalia mafiosa que en todo el continente americano ha montado el desgobierno de Trump y sus tecnológicos secuaces tendría éxito, y la hecatombe se aceleraría. Pero ocurrió el milagro.
Se puso en acción un genio político (Lula), un brillante asesor político de excepción (André Janones) y el pueblo brasileño (cercano a Dios, pero alejado de ciertas mafias pseudo cristianas de la mentira y la manipulación, explotadoras de las pobrezas, carencias y debilidades humanas), y ocurrió el milagro… “Se echó al monte la utopía”.
Aunque es de justos decir que desde que a inicios de los 90 ocurrió el triunfo global del neoliberalismo, y más tarde la crisis financiera de las subprime de 2008, el mundo empezó a andar escaso de utopías. Mientras tanto, uno recordaba las consignas de aquel Mayo del 68: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”.
Hoy, la magnitud de la crisis global de la democracia es tal que, en menos de 38 días, en 12 países de Europa se realizaron 177 protestas, dirigidas casi todas por unos jóvenes “para quienes el futuro ha dejado de ser una promesa”. Lo que nos regresa a la nostalgia de aquella inolvidable sentencia de los Indignados del 15M de Madrid: “Ustedes serán los capitanes, señores. Pero nosotros somos el mar”.
Así de piantaos andábamos, cuando en Brasil, a la hora de la cena, fue derrotado el neofascismo imperial que nos van imponiendo. Y abrazada a Joan Manuel Serrat, en una playa de Río, “se echó al monte la utopía”. Esa utopía sin la cual, como ocurre con el amor, “la vida sería un ensayo para la muerte”.
Había que “reincidir en la esperanza” y Brasil lo ha hecho. Advertido de que, cuando el futuro deja de ser una promesa, el pasado más atroz puede llegar a ser la realidad.

