Abelardo de la Espriella, el ultraderechista con nacionalidad estadounidense que se jactaba del tamaño de sus genitales en entrevistas con periodistas mujeres, es el presidente electo de Colombia…Apoyado abiertamente por Trump se une a la estela de figuras que aupadas por el ecosistema político de Miami se están imponiendo electoralmente en nuestros países.
De modo que Colombia pronto será otra sucursal trumpista en el “patio trasero”. Uniéndose al Ecuador de Noboa, la Argentina de Milei, el Chile de Kast, Honduras, Costa Rica, Panamá y Bolivia. Desde que se lanzó el corolario Trump de la Doctrina Monroe (Donroe) solo han resultado electas las alternativas derechistas en las elecciones que ha habido en América Latina desde entonces. ¿Qué está pasando?
Lo primero que debemos considerar es que hay una ruptura democrática en la región latinoamericana. Estas ultraderechas no están ganando como tal, sino que se están imponiendo mediante la intervención directa de actores y recursos externos para configurar el voto ciudadano.
Se repitió el patrón: Trump interviene pidiendo el voto por candidatos de ultraderecha y a la vez amenazando con que si no ganan el país será castigado con aranceles, límites a las remesas y luego se activa el ecosistema digital ultraderechista regional
Estos actores se encargan de intoxicar el debate para llevarlo al plano de la lucha del bien (la ultraderecha) contra el mal (todo lo que parezca progresista). Las redes sociales, con sus algoritmos intervenidos para favorecer los mensajes reaccionarios, ponen su parte haciendo que los mensajes de los candidatos ultraderechistas tengan amplia audiencia y sean tendencia.
En paralelo se activan figuras de los medios convencionales suavizando el mensaje extremista de los candidatos ultras; para que sea asumido, por parte del ciudadano medio, como algo válido dentro del debate público. Así, los De la Espriella aparecen en la televisión y radio como patriotas preocupados por el país y hombres de familia que creen en valores.
A los candidatos de la ultraderecha se les recibe en oficinas del Congreso federal y en despachos de organismos multilaterales. A fin de proyectarlos como estadistas vinculados a los centros de poder mundiales
Al tiempo que a los candidatos de la ultraderecha se les recibe en oficinas del Congreso federal y en despachos de organismos multilaterales. A fin de proyectarlos como estadistas vinculados a los centros de poder mundiales. Es decir, como los que una vez en el gobierno van a relacionar nuestros países con el mundo para traer “prosperidad”.
Como se puede ver se trata de todo un entramado que va desde la coacción a votantes aprovechando el influjo del Norte sobre nuestras dependientes nacionales del sur, hasta la intoxicación digital y manipulación mediática. Por ello decimos que no es que ganan estas ultraderechas, sino que se imponen.
Porque en escenarios electorales caracterizados por la injerencia extranjera abierta (que, por cierto, en México ya acertadamente se adelantaron aprobando una ley contra el intervencionismo electoral extranjero), la guerra sucia en redes sociales cuyos dueños son simpatizantes del ultraderechismo y medios de comunicación inclinados a un solo lado se puede hablar de cualquier cosa menos de democracia.
Las que de verdad ganan las pocas veces que lo hacen estos días son las izquierdas. Porque ahí sí de verdad se trata de un voto libre de ciudadanos que, a pesar de la manipulación masiva y coacción, optan por estas alternativas.
Quien de verdad gana una elección es aquel que lo hace con base en el voto realmente libre de la gente. Porque la democracia no es solo la formalidad institucional, implica también aspectos sustanciales. Los cuales, estos últimos, están siendo olímpicamente violentados en este tiempo de intervencionismo trumpista.
Así pues, estamos en un momento de ruptura democrática en América Latina. No es que la democracia esté muriendo como dice Steven Levitsky; es que ya fue desmontada en los hechos. Desmontada en nombre de la libertad derechista, es decir, en nombre de garantizar derechos de propiedad de élites tradicionales y el gran capital.
Las pocas veces que lo hacen, las que de verdad ganan estos días, son las izquierdas, porque ahí sí de verdad se trata de un voto libre de ciudadanos que, a pesar de la manipulación masiva y coacción, optan por estas alternativas
Por ello es que Noboa, un dictador, abiertamente se toma todas las instituciones en Ecuador y mete preso a todo oponente que le puede hacer sombra. Y nadie dice nada porque no es Venezuela ni Cuba. Ni tampoco México. Milei en Argentina, a su vez, demoniza y criminaliza la prensa que no se le somete y gobierna por decretos.
Pero tanto el uno como el otro son aliados del “escudo de las Américas”. Recibidos en Washington por el perínclito Marco Rubio (hombre de indudables credenciales democráticas) y auspiciados por el ecosistema mediático con sede en Miami como líderes ejemplares.
La democracia fue desmantelada no por la maldita izquierda aliada de Cuba y Venezuela a la que tanto le temen los pulcros liberales de estos lares. Sino por los hombres de bien que defienden las “ideas de la libertad”.
Quienes reciben portaaviones del comando sur para ejercicios antinarcóticos en nuestras costas. Ejercicios promovidos por un Trump que está tan preocupado por el narcotráfico que indultó a un expresidente hondureño condenado por un tribunal estadounidense de traficar 400 toneladas de cocaína hacia EE.UU.
Todo esto es tan grotesco que diera risa. Pero es demasiado grave. Nos han dejado sin democracia. Y allí donde todavía más o menos se puede votar hay democracias de tan baja intensidad y tan intervenidas que en última instancia no es el voto libre lo que se impone.
En el siglo XX cerrar la vía electoral a las izquierdas costó guerras civiles que dejaron cientos de miles de muertos por toda América Latina. En este siglo XXI de nuevo, al amparo de la doctrina Donroe, en los hechos se le está cerrando el espacio electoral al progresismo.
Si no queremos volver a ser una región en guerra debe detenerse este proceso de asalto a las democracias para que a la fuerza solo ganen las ultraderechas.
Fuente: Diario Red

