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El señor de los mangos es poeta, filósofo, científico y admirador de esta fruta

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Luego de haber cultivado 300 tipos de mangos como horticultor, Kaleem Ullah Khan puede discutir con cualquier persona en la India, y en el mundo, sobre el infinito potencial de la fruta y su árbol, incluso como medicina.

MALIHABAD, India — La suya es una amistad de más de medio siglo, la del anciano y su árbol de mango.

Sus días, que transcurren con la satisfacción monacal de saber que cada uno podría ser el último, se reducen en gran medida a la sombra del árbol y al cuidado del árbol.

El árbol, de al menos 120 años, estaba allí mucho antes de que Kaleem Ullah Khan, de 82 años, llegara a este campo de Malihabad, en el estado de Uttar Pradesh, en el norte de la India. Y seguirá ahí mucho después de que él se haya ido.

Pero Khan ha pasado toda una vida injertando cientos de tipos diferentes de mango en este árbol madre, y al hacerlo, también ha injertado su propia historia de vida en él.

Su profundo afecto es evidente cuando pasa la mano por el pliegue de un corte en la corteza del árbol, como si acariciara una vieja cicatriz. Recorre el vivero que rodea al árbol con el mismo cuidado con el que caminaría de puntillas sobre la tierra sagrada, mientras comprueba los nuevos arbolitos, preparados para ser vendidos en todas partes. Trasladó su dormitorio al borde del vivero; y cerca de ahí guarda las tablas para su futuro ataúd.

“Si lo miras de lejos, es un árbol. Pero cuando asoma la fruta, te quedas asombrado: ¿qué es este espectáculo?”, dice, señalando las densas ramas del árbol que se enroscan como los tentáculos de un pulpo. “Si ves a través del ojo de tu mente, verás que esto es a la vez un árbol, un huerto y, sobre todo, una universidad para los mangos del mundo”.

El mango no solo ha sido el medio de vida de Khan, sino su identidad. Se ha ganado la fama nacional, incluso mundial, de ser el “hombre del mango” por sus décadas de experimentación.

Los tipos de mangos injertados durante décadas en una rama tras otra del árbol madre, que ahora está lleno de dulces frutas, son tantos que le cuesta recordar todos sus nombres.

Está el mango NaMo, nombrado por el nombre del primer ministro Narendra Modi en 2014, cuando llegó al poder con la promesa de crecimiento y desarrollo para la India; un mango que lleva el nombre de Sachin Tendulkar, que dirigió el equipo nacional de cricket y es considerado uno de los bateadores más destacados del deporte; otro que lleva el nombre de la legendaria bailarina y cortesana de la época mogol Anarkali, cuya historia se cuenta en muchos cuentos y películas. La pulpa de cada lado de un mango Anarkali tiene un color diferente, un aroma diferente y un sabor diferente.

Una de las primeras variedades de Khan lleva el nombre de Aishwarya Rai, la actriz y modelo coronada como Miss Mundo en 1994.

Por sus esfuerzos, el gobierno indio le concedió uno de los más altos honores civiles del país, el Padma Shri, en 2008.

Khan se muestra filosófico con la fruta y obsesivo, como un científico que, al final de toda una vida de descubrimientos, se resigna a la inmensidad de los que aún están fuera de su alcance. Repite a todo el mundo su fe en el potencial infinito de la fruta.

Los numerosos trofeos de Khan en su casa de MalihabadCredit…

Una tarde reciente, salió del vivero para asistir a la ceremonia de investidura de Yogi Adityanath, el poderoso ministro jefe de Uttar Pradesh. Khan esperaba tener un minuto con Modi, el invitado de honor, para exponerle a qué está dedicando los días que le quedan de vida: un esfuerzo por demostrar que los extractos de la flor del mango y la savia del árbol (a la que se refiere con insistencia como “la sangre del árbol”) pueden curar cualquier cosa, desde la impotencia hasta las enfermedades del corazón.

Pero nunca llegó al evento, porque se quedó atrapado en medio del tránsito.

“Mi intención era anunciar allí que cinco hombres que tengan problemas de fuerza, los curaré gratis”, dijo, refiriéndose a la disfunción eréctil.

La opinión de Khan sobre el mango —que todos somos efímeros, pero que la fruta es casi eterna— encarna la pasión que se siente por esa fruta en gran parte de la India. La nación es la mayor productora de mango del mundo, gran parte del cual se consume en el país, a menudo durante acalorados debates sobre qué región produce la variedad más deliciosa, o cómo debe comerse exactamente el mango. ¿En rodajas? ¿Cortado en cubos? ¿O exprimido lentamente hasta convertirlo en pulpa en el puño y luego succionar el jugo —dulce, ácido, vivo— a través de un agujero en la parte superior?

“Venimos, comemos mangos y dejamos el mundo”, dijo Khan. “Pero mientras el mundo esté ahí, esta fruta estará ahí”.

Nació en 1940 en Malihabad, donde su padre, Abdullah, dirigía el vivero y criaba a 11 hijos.

El hijo era un estudiante distraído e infeliz. Antes de que la noticia de su fracaso en séptimo grado —por segunda vez— llegara a oídos de su padre, Khan empaquetó una cesta de mangos y tomó un tren antes del amanecer para ir al pueblo de su abuela, a unos 320 kilómetros de distancia.

“Me quedé allí 17 días para no recibir una paliza”, dijo con una sonrisa. “Cuando volví, me reuní en silencio con mi padre en el vivero. No dijo nada”.

Ese fue el comienzo de su experimentación con la fruta: cruces, injertos de ramas, cultivo de nuevos arbolitos.

Uno de los primeros árboles con los que experimentó en su adolescencia se secó poco después, dejándolo marcado, y con preguntas a las que quería dar respuesta. Pero pasarían décadas antes de que pudiera volver a lidiar con esos misterios, ya que tuvo que centrarse en el trabajo comercial del vivero, para criar y mantener a su propia familia.

Khan presumiendo un fruto en su vivero de mangos de Malihabad, en junio.
Khan presumiendo un fruto en su vivero de mangos de Malihabad, en junio.

No fue sino hasta los años ochenta cuando volvió a centrar su atención en el desarrollo de nuevos tipos de mangos, principalmente en el árbol de 120 años del que se ha hecho tan amigo.

El tipo de mango original del árbol —el “Asl-e-mukarar”, que se traduce en algo así como “el original, repetido”— recibe su nombre de una tradición en los recitales de poesía locales en los que el público, con gritos de “Mukarar, Mukarar”, pide que se vuelva a leer su línea favorita.

Khan continuó haciendo injertos en el viejo árbol, hasta producir 300 tipos diferentes de mangos, cada uno de los cuales varía en color, tamaño, sabor, densidad y aroma. Su método es exigente. Primero corta cuidadosamente una muesca en una de las muchas ramas rizadas del árbol, luego inserta un trozo cortado de la rama de otro tipo de mango y los une para que generen nuevo tejido.

Cuando se corrió la voz de su éxito, el palacio presidencial de Nueva Delhi quiso uno de sus árboles. Khan dijo que estaba eufórico porque “un árbol de un pequeño hombre, de la tierra de este pequeño lugar, Malihabad” llegara a la capital de la India. Eligió un árbol más joven en el que había injertado 54 tipos diferentes de mangos.

“Durante tres días estuve inquieto: ¿cómo lo movemos? Es una cosa delicada”, recuerda Khan que pensó. “Igual que cuando una madre está poniendo a dormir a un bebé, dándole leche, y el bebé se duerme y se le quita el biberón y el bebé ni siquiera se da cuenta, tenemos que remover el árbol así”.

Las fotos de los archivos del palacio presidencial muestran la ceremonia de siembra en agosto de 1999: un orgulloso Khan, con su habitual traje kurta blanco y gorra blanca, observaba cómo el presidente K. R. Narayanan y otros dignatarios removían la tierra.

“El presidente bromeó con su mujer diciendo que ‘este hombre es un científico sin estudios’”, recuerda Khan. “Le dije que no soy un científico: solamente soy un servidor de este árbol”.

En todo caso, Khan tiene un asunto pendiente con los científicos.

No muy lejos de su vivero, en Malihabad, está el Instituto Central de Horticultura Subtropical, que empezó como instituto de investigación del mango en los años setenta. Los científicos rechazan la afirmación de Khan de que existen cientos de variedades, diciendo que sus esfuerzos deberían considerarse solamente “nuevos híbridos”, una distinción científica que indigna a Khan. Desarrollar una nueva variedad, dicen los científicos, requiere años de experimentación y pruebas, hasta dos décadas de trabajo antes de la certificación.

Pero ellos también admiran la dedicación de Khan.

“Lo que está haciendo es un arte”, dijo Neelima Garg, la directora del centro que tiene una carrera científica de 34 años.

Mientras Khan se prepara para lo que considera la última etapa de su vida, pasa la mayor parte del tiempo alrededor del viejo árbol. Hace unos dos meses, se mudó de la casa donde viven su esposa, sus hijos y sus nietos a otra vivienda situada en el borde del vivero, y se instaló en un dormitorio que tiene un balcón con vistas al árbol.

“A veces, el árbol me hace preguntas, y me siento a pensar en ellas”, dice. “Me deja inquieto: ¿qué quiere? Pienso en las preguntas durante horas”.

Ha aconsejado a sus hijos que completen su funeral y su entierro lo antes posible después de su muerte; de ahí que los tablones para el ataúd estén en el almacén del vivero, listos para su rápido montaje.

A través de su trabajo con el mango, Khan ha hecho muchos amigos y ha influido en muchas personas, pero insistió en que no quería multitudes en su funeral. “No quiero que la gente se moleste por tener que venir de visita”, dijo.

Khan está contento con el hecho de que pronto partirá. De confesión musulmana, cree en la vida después de la muerte, y allí, también, ve la perspectiva de los mangos.

“Mi verdadero hogar está allí”, dijo. “Y está escrito: que todos los frutos del mundo están allí”.

“Lo que me molesta es que todo esto se irá a la tumba conmigo”, añadió sobre su forma de desarrollar nuevos mangos. “Pero lo que me hace feliz es que toda esa gente que se llevó arbolitos, cuando sus árboles den frutos, pensarán en mí”.

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Fuente: The New York Times.

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Luego de haber cultivado 300 tipos de mangos como horticultor, Kaleem Ullah Khan puede discutir con cualquier persona en la India, y en el mundo, sobre el infinito potencial de la fruta y su árbol, incluso como medicina.

MALIHABAD, India — La suya es una amistad de más de medio siglo, la del anciano y su árbol de mango.

Sus días, que transcurren con la satisfacción monacal de saber que cada uno podría ser el último, se reducen en gran medida a la sombra del árbol y al cuidado del árbol.

El árbol, de al menos 120 años, estaba allí mucho antes de que Kaleem Ullah Khan, de 82 años, llegara a este campo de Malihabad, en el estado de Uttar Pradesh, en el norte de la India. Y seguirá ahí mucho después de que él se haya ido.

Pero Khan ha pasado toda una vida injertando cientos de tipos diferentes de mango en este árbol madre, y al hacerlo, también ha injertado su propia historia de vida en él.

Su profundo afecto es evidente cuando pasa la mano por el pliegue de un corte en la corteza del árbol, como si acariciara una vieja cicatriz. Recorre el vivero que rodea al árbol con el mismo cuidado con el que caminaría de puntillas sobre la tierra sagrada, mientras comprueba los nuevos arbolitos, preparados para ser vendidos en todas partes. Trasladó su dormitorio al borde del vivero; y cerca de ahí guarda las tablas para su futuro ataúd.

“Si lo miras de lejos, es un árbol. Pero cuando asoma la fruta, te quedas asombrado: ¿qué es este espectáculo?”, dice, señalando las densas ramas del árbol que se enroscan como los tentáculos de un pulpo. “Si ves a través del ojo de tu mente, verás que esto es a la vez un árbol, un huerto y, sobre todo, una universidad para los mangos del mundo”.

El mango no solo ha sido el medio de vida de Khan, sino su identidad. Se ha ganado la fama nacional, incluso mundial, de ser el “hombre del mango” por sus décadas de experimentación.

Los tipos de mangos injertados durante décadas en una rama tras otra del árbol madre, que ahora está lleno de dulces frutas, son tantos que le cuesta recordar todos sus nombres.

Está el mango NaMo, nombrado por el nombre del primer ministro Narendra Modi en 2014, cuando llegó al poder con la promesa de crecimiento y desarrollo para la India; un mango que lleva el nombre de Sachin Tendulkar, que dirigió el equipo nacional de cricket y es considerado uno de los bateadores más destacados del deporte; otro que lleva el nombre de la legendaria bailarina y cortesana de la época mogol Anarkali, cuya historia se cuenta en muchos cuentos y películas. La pulpa de cada lado de un mango Anarkali tiene un color diferente, un aroma diferente y un sabor diferente.

Una de las primeras variedades de Khan lleva el nombre de Aishwarya Rai, la actriz y modelo coronada como Miss Mundo en 1994.

Por sus esfuerzos, el gobierno indio le concedió uno de los más altos honores civiles del país, el Padma Shri, en 2008.

Khan se muestra filosófico con la fruta y obsesivo, como un científico que, al final de toda una vida de descubrimientos, se resigna a la inmensidad de los que aún están fuera de su alcance. Repite a todo el mundo su fe en el potencial infinito de la fruta.

Los numerosos trofeos de Khan en su casa de MalihabadCredit…

Una tarde reciente, salió del vivero para asistir a la ceremonia de investidura de Yogi Adityanath, el poderoso ministro jefe de Uttar Pradesh. Khan esperaba tener un minuto con Modi, el invitado de honor, para exponerle a qué está dedicando los días que le quedan de vida: un esfuerzo por demostrar que los extractos de la flor del mango y la savia del árbol (a la que se refiere con insistencia como “la sangre del árbol”) pueden curar cualquier cosa, desde la impotencia hasta las enfermedades del corazón.

Pero nunca llegó al evento, porque se quedó atrapado en medio del tránsito.

“Mi intención era anunciar allí que cinco hombres que tengan problemas de fuerza, los curaré gratis”, dijo, refiriéndose a la disfunción eréctil.

La opinión de Khan sobre el mango —que todos somos efímeros, pero que la fruta es casi eterna— encarna la pasión que se siente por esa fruta en gran parte de la India. La nación es la mayor productora de mango del mundo, gran parte del cual se consume en el país, a menudo durante acalorados debates sobre qué región produce la variedad más deliciosa, o cómo debe comerse exactamente el mango. ¿En rodajas? ¿Cortado en cubos? ¿O exprimido lentamente hasta convertirlo en pulpa en el puño y luego succionar el jugo —dulce, ácido, vivo— a través de un agujero en la parte superior?

“Venimos, comemos mangos y dejamos el mundo”, dijo Khan. “Pero mientras el mundo esté ahí, esta fruta estará ahí”.

Nació en 1940 en Malihabad, donde su padre, Abdullah, dirigía el vivero y criaba a 11 hijos.

El hijo era un estudiante distraído e infeliz. Antes de que la noticia de su fracaso en séptimo grado —por segunda vez— llegara a oídos de su padre, Khan empaquetó una cesta de mangos y tomó un tren antes del amanecer para ir al pueblo de su abuela, a unos 320 kilómetros de distancia.

“Me quedé allí 17 días para no recibir una paliza”, dijo con una sonrisa. “Cuando volví, me reuní en silencio con mi padre en el vivero. No dijo nada”.

Ese fue el comienzo de su experimentación con la fruta: cruces, injertos de ramas, cultivo de nuevos arbolitos.

Uno de los primeros árboles con los que experimentó en su adolescencia se secó poco después, dejándolo marcado, y con preguntas a las que quería dar respuesta. Pero pasarían décadas antes de que pudiera volver a lidiar con esos misterios, ya que tuvo que centrarse en el trabajo comercial del vivero, para criar y mantener a su propia familia.

Khan presumiendo un fruto en su vivero de mangos de Malihabad, en junio.
Khan presumiendo un fruto en su vivero de mangos de Malihabad, en junio.

No fue sino hasta los años ochenta cuando volvió a centrar su atención en el desarrollo de nuevos tipos de mangos, principalmente en el árbol de 120 años del que se ha hecho tan amigo.

El tipo de mango original del árbol —el “Asl-e-mukarar”, que se traduce en algo así como “el original, repetido”— recibe su nombre de una tradición en los recitales de poesía locales en los que el público, con gritos de “Mukarar, Mukarar”, pide que se vuelva a leer su línea favorita.

Khan continuó haciendo injertos en el viejo árbol, hasta producir 300 tipos diferentes de mangos, cada uno de los cuales varía en color, tamaño, sabor, densidad y aroma. Su método es exigente. Primero corta cuidadosamente una muesca en una de las muchas ramas rizadas del árbol, luego inserta un trozo cortado de la rama de otro tipo de mango y los une para que generen nuevo tejido.

Cuando se corrió la voz de su éxito, el palacio presidencial de Nueva Delhi quiso uno de sus árboles. Khan dijo que estaba eufórico porque “un árbol de un pequeño hombre, de la tierra de este pequeño lugar, Malihabad” llegara a la capital de la India. Eligió un árbol más joven en el que había injertado 54 tipos diferentes de mangos.

“Durante tres días estuve inquieto: ¿cómo lo movemos? Es una cosa delicada”, recuerda Khan que pensó. “Igual que cuando una madre está poniendo a dormir a un bebé, dándole leche, y el bebé se duerme y se le quita el biberón y el bebé ni siquiera se da cuenta, tenemos que remover el árbol así”.

Las fotos de los archivos del palacio presidencial muestran la ceremonia de siembra en agosto de 1999: un orgulloso Khan, con su habitual traje kurta blanco y gorra blanca, observaba cómo el presidente K. R. Narayanan y otros dignatarios removían la tierra.

“El presidente bromeó con su mujer diciendo que ‘este hombre es un científico sin estudios’”, recuerda Khan. “Le dije que no soy un científico: solamente soy un servidor de este árbol”.

En todo caso, Khan tiene un asunto pendiente con los científicos.

No muy lejos de su vivero, en Malihabad, está el Instituto Central de Horticultura Subtropical, que empezó como instituto de investigación del mango en los años setenta. Los científicos rechazan la afirmación de Khan de que existen cientos de variedades, diciendo que sus esfuerzos deberían considerarse solamente “nuevos híbridos”, una distinción científica que indigna a Khan. Desarrollar una nueva variedad, dicen los científicos, requiere años de experimentación y pruebas, hasta dos décadas de trabajo antes de la certificación.

Pero ellos también admiran la dedicación de Khan.

“Lo que está haciendo es un arte”, dijo Neelima Garg, la directora del centro que tiene una carrera científica de 34 años.

Mientras Khan se prepara para lo que considera la última etapa de su vida, pasa la mayor parte del tiempo alrededor del viejo árbol. Hace unos dos meses, se mudó de la casa donde viven su esposa, sus hijos y sus nietos a otra vivienda situada en el borde del vivero, y se instaló en un dormitorio que tiene un balcón con vistas al árbol.

“A veces, el árbol me hace preguntas, y me siento a pensar en ellas”, dice. “Me deja inquieto: ¿qué quiere? Pienso en las preguntas durante horas”.

Ha aconsejado a sus hijos que completen su funeral y su entierro lo antes posible después de su muerte; de ahí que los tablones para el ataúd estén en el almacén del vivero, listos para su rápido montaje.

A través de su trabajo con el mango, Khan ha hecho muchos amigos y ha influido en muchas personas, pero insistió en que no quería multitudes en su funeral. “No quiero que la gente se moleste por tener que venir de visita”, dijo.

Khan está contento con el hecho de que pronto partirá. De confesión musulmana, cree en la vida después de la muerte, y allí, también, ve la perspectiva de los mangos.

“Mi verdadero hogar está allí”, dijo. “Y está escrito: que todos los frutos del mundo están allí”.

“Lo que me molesta es que todo esto se irá a la tumba conmigo”, añadió sobre su forma de desarrollar nuevos mangos. “Pero lo que me hace feliz es que toda esa gente que se llevó arbolitos, cuando sus árboles den frutos, pensarán en mí”.

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Fuente: The New York Times.

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