Escrito Por: Pablo McKinney
A unos, un cargo les da prestigio, nombradía, notoriedad. Otras hay que prestigian cualquier cargo. Son los imprescindibles de los que habla Bertolt Brecht y a los que canta Sor Silvio Cardenal Rodríguez, en La Habana. Esos indispensables son los que necesita y agradece cualquier presidente. Por ejemplo, cómo no mencionar a Eduardo La Torre, el canciller por excelencia de la República; a mi dilecto admirable y admirado Miguel Cocco, al Juan Hernández de la sonrisa eterna y la eficiencia terca. ¡Qué tipazo! De las últimas décadas y gobiernos, Valdez Albizu (de los Valdez de Nizao, Peravia tenía que ser) es el paradigma de servidor público. Y es que la confianza, como la credibilidad, no es algo que se pida por delivery ni se adquiera por decreto. De su trabajo a su paso por el Estado, habla un Jaime David, que con los años ve brillar su estrella de funcionario eficiente y duro. Honesto como un cura de barrio, eficiente como un bombero. Todavía queda en la nostalgia de los mayores, su Quisqueya Verde con dos centavos y tres cheles, sus años duros y frontales contra el ecocidio, en el Ministerio de Medio Ambiente. Olivo Rodríguez Huertas es considerado el embajador por excelencia de todas las Españas. Hasta la reina Leticia apreció su entrega, y el Rey Felipe destacó su dedicación y celebró el éxito dominicano en aquella inolvidable Feria de Madrid de mayo de 2019, en la que el país fue invitado de honor. Del gobierno actual, Alejandro Fernández W. es el modelo de servidor público, centrado en lo suyo, austero y eficiente como un pulpero banilejo. David Collado puede darse el lujo de la timidez, porque los datos y las estadísticas del turismo dominicano hablan por él.
Todo esto lo he contado, porque mientras escribo este Bulevar, y Franjul, Thomas, Fabio y Salazar esperan, Luis Abinader está relanzando su gobierno. Solo el tiempo dirá si los que llegan, los que continúan o han sido cambiados, verán su nuevo puesto como un botín o como una oportunidad de servir a la única patria que tienen. Al fin, qué es un hombre sin una patria, quiero decir, sin sus amigos, el barrio, un amor, el bar de la esquina, un elixir para los dioses, la sonrisa de una niña (o mejor de dos)… ¿Lo demás? Lo demás es la nada. Un erial vacío en el baldío tiempo del olvido.

