El cuaderno de Carolina

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Cuándo denunciar el maltrato se convierte en una sentencia de muerte

Escrito Por: Clotilde Parra

Los feminicidios que ensangrientan mayo parecen —solo parecen— haber conmovido a una sociedad que, cuando lo hizo, reaccionó muy tímidamente a los veintitrés ocurridos en los cuatro meses anteriores. Los medios y las redes sociales han sido ahora desbordados por opiniones diversas, una buena parte de ellas revictimizando a las mujeres muertas. Muestra del desparpajo de la misoginia de nuestra cultura.

Este quiebre circunstancial de la complicidad social con el feminicidio puede explicarse por dos cosas: la imagen de una desesperada Esmeralda Moronta corriendo de la muerte, y que la encontrara en los aledaños de la Unidad Integral de Atención a la Violencia de Género, Intrafamiliar y Delitos Sexuales de SDE, a donde acudió para depositar una denuncia contra su maltratador. El lugar de su feminicidio tiene una carga simbólica que ha gravitado sobre el imaginario social: nada protege a las potenciales víctimas. Denunciar no es solo inútil, también aumenta el riesgo. Fue este el mensaje dejado por el feminicida de Esmeralda a todas las mujeres violentadas.

Este jueves, Diario Libre publicó el cuaderno en el que Carolina Beltré, asesinada el pasado domingo, volcó en seis páginas su particular angustia. Al final de la última, una pregunta: «¿qué se puede hacer en ese caso?», y una flecha apuntando hacia una página en blanco, también simbólica, esta vez de su desolación por no tener respuesta. De su vacío y su soledad.

El cuaderno contiene una advertencia. Llama a «no tocar». El dolor como drama inconfesado, ese que los vecinos consultados por los medios niegan con sus testimonios sobre relaciones idílicas. Con el blanqueamiento del feminicida que abona el pasto de la duda de qué habrá hecho ella para llevarlo al límite. Ella como culpable de su propia muerte, él como alguien arrastrado a un destino inverosímil e inmerecido.

Carolina calló el maltrato psicológico y emocional que recibía: «Algunas veces las cosas no son como las pintan». En algún momento, decidió romper el círculo de la violencia y abandonó la relación. Pese al sufrimiento, se empeñó en ser «buena persona». Tan buena que, en su cuaderno, no llama por su nombre al feminicida, no lo denuesta. Se limita a describir los mecanismos de control y las amenazas que ensombrecían su vida todavía mucho después de una separación aparentemente consentida. Grita a través de la escritura con un grito destinado a no ser escuchado.

En su libro homónimo de 2025, la filósofa francesa Hélène Frappat describe el término gaslight (luz de gas) como «un asesinato del lenguaje», como una estrategia que, en el caso de las mujeres, las reduce al silencio, destruye las palabras y los pensamientos que salen de su boca, que ahoga su voz.

Una estrategia concretada de distintas maneras, pero todas conducen a la mudez femenina. A pintar las cosas de manera distinta a lo que realmente son, como escribió Carolina. Algo así como «los hechos alternativos» puestos en la escena política por el neoconservadurismo. Dejamos de creer en la verdad para creer en las apariencias. Sobre todo, si la verdad la dice una mujer.

Ahora, cuando ya no puede hacerlo, esas páginas hablan por ella y por todas aquellas a quienes, antes de matarlas, los feminicidas dejaron sin voz que los denunciara. Quizá también sea simbólico que el feminicida de Carolina le cortara la garganta.

Fuente: Diario Libre