Trump ha roto sus promesas de no involucrar al país en “guerras innecesarias” y ha tomado una decisión unilateral sin consultar al Congreso, lo que ha generado protestas tanto entre demócratas como entre algunos republicanos.
Escrito Por: Jorge Luis Sierra
El ataque con bombas anti-búnker contra instalaciones nucleares iraníes representa un punto de inflexión en la doctrina militar de Estados Unidos y marca un precedente de alto riesgo para la estabilidad internacional. La operación llamada “Martillo de medianoche”, liderada por el presidente Donald Trump, revela no solo un viraje táctico, sino un mensaje estratégico que pone en alerta a otras potencias globales, desafía a las Naciones Unidas y alimenta la inestabilidad internacional.
Estados Unidos utilizó por primera vez bombas GBU-57 Massive Ordnance Penetrator (MOP), artefactos guiados, de alta precisión, que contienen una carga explosiva de más de 14 toneladas y están consideradas entre las armas convencionales más destructivas del mundo. Su uso extendió las capacidades bélicas de Israel, que hasta ahora disponía de modelos de fabricación estadounidense con menor potencia como la GBU-28 y la BLU-109.
La decisión rompió la promesa de búsqueda de una solución diplomática al conflicto Israel-Irán y se basa en una justificación operativa: Irán ha construido instalaciones subterráneas, como las de Fordo, a más de 80 metros de profundidad. El principal argumento es que éstas no podían ser destruidas con municiones convencionales. Aunque el programa MOP comenzó en 2003 tras la invasión a Irak, fue bajo la administración de Barack Obama cuando se consolidó un arsenal inicial de 20 unidades. Ni las administraciones de Trump (2017-2021) ni la de Joe Biden (2021-2025) habían ordenado su uso… hasta ahora.
Lo relevante no es únicamente el despliegue táctico ni la demostración evidente de poderío militar, sino la señal política: la Casa Blanca cerró la vía diplomática con Irán y optó por una intervención militar conjunta con Israel sin declarar formalmente la guerra.
Muy temprano en la madrugada del 22 de junio de 2025, hora de Irán, siete bombarderos B-2 Spirit provenientes de bases militares en Estados Unidos lanzaron bombas GBU-57 sobre plantas nucleares iraníes. El New York Times contó sólo siete bombas, aunque el Departamento de Defensa mencionó un total de 14. El objetivo principal de esta acción fue la destrucción de la planta nuclear de Fordo, ubicada en una zona montañosa a 200 kilómetros al sur de Teherán. Estados Unidos también atacó la planta de Natanz, mientras que un submarino del Comando Central lanzó docenas de misiles Tomahawk contra objetivos en la planta de Isfahán.
Si Diario Red puede publicar lo que casi nadie más se atreve, con una línea editorial de izquierdas y todo el rigor periodístico, es gracias al apoyo de nuestros socios y socias.
Lo relevante no es únicamente el despliegue táctico ni la demostración evidente de poderío militar, sino la señal política: la Casa Blanca cerró la vía diplomática con Irán y optó por una intervención militar conjunta con Israel sin declarar formalmente la guerra. Trump ha roto sus promesas de no involucrar al país en “guerras innecesarias” y ha tomado una decisión unilateral sin consultar al Congreso, lo que ha generado protestas tanto entre demócratas como entre algunos republicanos.
La condena de otros países fue inmediata. El gobierno chino calificó el ataque como una violación de la Carta de las Naciones Unidas, advirtió sobre el riesgo de expansión regional y exigió al gobierno israelí un cese inmediato de las hostilidades. Analistas del Global Times, un diario en inglés de la República Popular China, cuestionaron si las instalaciones nucleares fueron efectivamente destruidas y alertaron sobre el posible arrastre de otras naciones al conflicto. Mientras tanto, Irán ha comenzado consultas con Rusia, su principal aliado en materia de tecnología militar.
Irán y Rusia han mantenido relaciones de apoyo sostenido con base en la adquisición de drones militares fabricados en Irán. Aunque Rusia no considera esa alianza como un pacto de defensa común, el apoyo iraní ha sido crucial para sostener su ofensiva contra Ucrania.
Con las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos, Irán ha tratado de compensar la imposibilidad de desarrollar su propia fuerza aérea con la producción de misiles de alcance corto y mediano y la fabricación de drones armados. Según informes de inteligencia militar estadounidense, Rusia ha usado drones Shahid-131 en la guerra de Ucrania. Estas naves no tripuladas, renombradas Geran-1 por las fuerzas armadas rusas, son capaces de lanzar explosivos de 15 kilogramos contra objetivos localizados a 900 kilómetros de distancia. La última generación de drones iraníes, el Mohajer-10 (que significa migrante), es capaz de atacar objetivos a dos mil kilómetros de distancia. El gobierno de Moscú ha expresado su disposición a fungir como mediador en el conflicto Israel-Irán, algo que el propio Trump mencionó recientemente en la cumbre del G-7.
La respuesta iraní podría no ser inmediata ni frontal, pero sí estratégica. Independientemente de la naturaleza del apoyo ruso, Irán mantiene el ataque con misiles contra objetivos israelíes y podría intensificar operaciones de represalia a través de milicias aliadas o mediante el uso de drones de largo alcance más allá del teatro de operaciones en Medio Oriente, ampliando el conflicto a otras zonas geopolíticas.
La respuesta iraní podría no ser inmediata ni frontal, pero sí estratégica
Por su parte, Israel no sólo busca destruir las capacidades nucleares de Irán, sino descabezar sus fuerzas armadas y deshacerse del liderazgo del ayatolá Ali Khamenei. El líder supremo iraní ya ha designado a por lo menos tres de sus posibles reemplazos y está preparando sus fuerzas para las siguientes fases de la guerra.
Aunque los misiles iraníes no representan una amenaza directa para el territorio continental estadounidense, la estrategia de Trump implica una preparación del terreno para una confrontación con potencias como China, Rusia o Corea del Norte. Eso explica la petición apresurada de un presupuesto de 900 mil millones de dólares para ampliar la fuerza naval, aumentar el arsenal nuclear y crear domos antimisiles.
La aprobación de este presupuesto por un Congreso controlado por los republicanos podría institucionalizar una doctrina militar ofensiva sin precedentes. Las bombas GBU-57, pensadas como disuasión extrema, han sido usadas no como último recurso, sino como primer acto de guerra.
Fuente: DIARIO RED

