EE. UU. puede ganar la guerra ¿podrá diseñar la paz?

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Escrito Por: Nelson Espinal Báez

La gestión de la inestabilidad en el pulso entre Irán y Estados Unidos

En 1956, el Reino Unido hizo exactamente lo que una gran potencia sabe hacer.

Junto a Israel y Francia, lanzó una operación militar para retomar el control del Canal de Suez. La ofensiva fue rápida, precisa, eficaz. En términos tácticos, contundente.

Durante unos días, todo indicaba que lo había logrado.

Y, sin embargo, casi de inmediato, el resultado empezó a revertirse.

No en el campo de batalla.

Sino bajo presión financiera —liderada por Estados Unidos—, aislamiento político y pérdida de legitimidad.

El Reino Unido había ganado la operación… pero no pudo sostener sus consecuencias ni convertir esa victoria en estabilidad.

Ese punto de inflexión sigue siendo relevante. Porque el poder de una gran potencia no se mide solo por su capacidad de intervenir, sino por su capacidad de cerrar el ciclo que abre, de producir un orden que se sostenga después de intervenir.

Hoy, lo que ocurre entre Estados Unidos e Irán no encaja en las categorías tradicionales de la guerra y la negociación.

Sí hay pausas. Sí hay negociaciones. Pero no estamos ante una resolución.

Estamos ante una dinámica que se administra, donde el mayor riesgo no es la escalada deliberada, sino la que ninguno de los actores controla completamente.

El Estrecho de Ormuz vuelve operativo este cambio. No es solo un punto geográfico. Es lo que en geoestrategia se denomina un chokepoint: un punto de estrangulamiento que condiciona el sistema en su conjunto.

Por sus aguas transita una parte significativa de la energía que sostiene la economía global —petróleo, gas y los flujos logísticos asociados—, y su alteración no produce un impacto localizado, sino una perturbación inmediata en precios, expectativas y decisiones.

Pero esa realidad no es unidireccional.

Ormuz no es solo una palanca para Irán.

Es también su vulnerabilidad.

Le permite afectar al sistema global y elevar el costo del conflicto.

Pero, a su vez, más del 90 % de su propio comercio marítimo depende de ese mismo paso.

Es decir, puede presionar… pero también está expuesto.

No es un arma decisiva.

Es una palanca costosa.

Y ese impacto, además, no es homogéneo: se distribuye de forma desigual entre quienes dependen del flujo —principalmente en Asia—, quienes dependen del precio —en mayor medida en Europa— y quienes dependen de la estabilidad del sistema —como Estados Unidos—.

Basta un amago de cierre para que el precio, la logística y las decisiones cambien en horas. En ese contexto, el conflicto deja de ser únicamente militar.

Pasa a ser una fuente de inestabilidad sistémica.

Estados Unidos mantiene una ventaja clara en el plano militar. Puede imponer costos, degradar capacidades y responder con precisión, pero eso no equivale a controlar la dinámica del conflicto.

Porque el problema ya no es solo la confrontación, sino lo que ocurre después.

En el fondo, lo que falta es la definición de un objetivo político claro que permita transformar la acción en resultado.

La dificultad no está en actuar. Está en estabilizar.

Irán, por su parte, no necesita una victoria en términos clásicos.

Le basta con mantenerse operativo y conservar la capacidad de afectar puntos sensibles.

En ese tipo de configuración, resistir puede ser suficiente.

No para ganar, pero sí para impedir que el otro cierre.

Ahí ocurre el giro. No en la guerra. En la negociación.

La negociación ya no cumple, de forma consistente, la función que históricamente se le atribuía.

No organiza una salida ni redefine el equilibrio.

Funciona, más bien, como un mecanismo de gestiónreduce presión, evita escaladas y gana tiempo.

Gana tiempono soluciones.

Esto no implica que la negociación haya desaparecido, sino que su papel ha cambiado.

En ausencia de objetivos políticos definidos, la negociación deja de ser un instrumento de cierre y pasa a ser un mecanismo de contención.

Hoy, en muchos de los conflictos más relevantes, la negociación no está orientada a producir un resultado final, sino a evitar que la situación se desborde.

No cierra ciclosContiene procesos. Suele expresarse en arreglos parcialespausas operativas, entendimientos tácitos sobre líneas que no deben cruzarse.

No son acuerdos de paz.

Son mecanismos de regulación del conflicto.

Permiten que la confrontación continúe… sin desbordarse.

Y eso explica una preocupación creciente: que el resultado no sea una solución estructural, sino una forma más ordenada de inestabilidad.

No porque no se haya negociado, sino porque lo negociado no fue diseñado para cerrar.

Pero no está claro que Estados Unidos pueda traducir su ventaja en un orden y una paz estable.

Y esa tarea ya no ocurre dentro de un marco de coordinación internacional suficientemente robusto y legítimo como para sostener un cierre duradero.

No es que la coordinación haya desaparecido.

Es insuficiencia de arquitectura.

En ese contexto, la pregunta central cambia.

Ya no es únicamente quién tiene la ventaja en el campo de batalla. Es si existe capacidad para transformar esa ventaja en un resultado estable.

Esa es la verdadera medida del poder.

No la capacidad de abrir un conflicto, sino la de darle un cierre que reorganice el entorno.

Estados Unidos puede ganar esta guerra. Pero el problema no es solo si puede ganar, sino para qué.

Porque incluso cuando la superioridad militar es clara, la ausencia de un objetivo político definido vuelve incierto cualquier resultado estratégico.

En ese tipo de escenario, la fuerza sigue siendo relevante. Pero deja de ser suficiente.

Porque el desafío no es solo imponerse. Es construir algo que se sostenga después.

Esa es la diferencia entre intervenir y ordenar.

Y es también la diferencia entre ganar una guerra… y poder, realmente, diseñar la paz.

Fuente: Diario Libre